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La negación de lo evidente como práctica política

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El juez Claudio Bonadio investiga una causa por irregularidades de una empresa, que podrían vincularse con el delito de lavado de dinero. La empresa es propiedad de la presidenta Cristina Kirchner. El kirchnerismo reacciona denunciando al juez para lograr apartarlo de la causa. Es evidente: el Gobierno preferiría que la Presidenta no fuera investigada.
El oficialismo logra sancionar la ley de reforma del Código Procesal Penal. Detrás del loable fin de mejorar la Justicia ­–otorgando mayor poder para que los fiscales investiguen– se agazapa un velado intento de controlarla. En efecto, el Anexo II de la ley autoriza a la procuradora general, Alejandra Gils Carbó (quien ha dado sobradas pruebas de su ferviente militancia K), a designar 1.700 cargos sin concurso en el Ministerio Público. Es evidente: la posible designación de funcionarios adictos puede convertirse en un escudo protector para garantizar la futura impunidad de funcionarios acusados de corrupción.
Hace unos días, el ministro Axel Kicillof declaró que una inflación del 40% es una “sensación térmica” que pretenden instalar las consultoras privadas. En septiembre de 2012, cuando la inflación ya orillaba el 25% anual, la Presidenta sentenció, ante un auditorio en la Universidad de Georgetown, que “si la inflación fuera de 25%, el país estallaría por los aires”.
Por su parte, Aníbal Fernández, en sus épocas de ministro, aseveraba que la inseguridad también era apenas una sensación; aunque años más tarde se encargó de negar sus propios dichos a través de las volteretas argumentales a las que es afecto.
Una vez más resulta evidente: el Gobierno kirchnerista ha exhibido una patológica compulsión a negar la realidad y la magnitud de graves problemas, como la inseguridad, la inflación y la corrupción. Hoy lo sigue haciendo. Y probablemente lo hará hasta el fin de su mandato.
La negación es una de las formas más elementales de la mentira. También constituye la base del autoengaño. Uno de los posibles destinos de quien miente es terminar creyendo su propia mentira. Ya lo aludía Borges, citando a Novalis: “El mayor hechicero sería aquel que se embrujara él mismo al punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas”. Podría agregarse: de tanto jugar a ser un personaje, éste termina entonces tomándolo a uno.
¿Creerá realmente el Gobierno en sus propias mentiras o éstas serán apenas la expresión de una orquestada impostura?
Quizás la negación sea la moneda corriente de un tiempo político plagado de relatos y relatores. Acaso sea la expresión más salvaje de un gobierno cuya obsesiva ansia de poder ha anestesiado su conciencia. Al fin y al cabo, la conciencia es el último bastión capaz de inhibir la mentira. Claro, siempre que no esté embriagada por el éxtasis del poder.

*Director de González Valladares Consultores.



Federico Gonzalez