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La oquedad del símbolo

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Hace unas semanas estuve “en” el Obelisco. Quiero decir que estuve literalmente dentro de él. Hacíamos un programa sobre el arquitecto Alberto Prebisch y lo íbamos a filmar por dentro, pero no valió la pena. Estaba oscuro y desangelado. El interior del símbolo más elocuente y resistido de la ciudad está hueco y no fue concebido para estar en él, sino para verlo siempre desde afuera. La única perspectiva imposible del Obelisco (esa cosa que se ve de todas partes) es su propio interior, ciego, invisible.

Días más tarde oí que alguien intentó suicidarse tirándose desde el Obelisco. No hallé más datos y la noticia no parece haber sido levantada por nadie.
Pero estamos acostumbrados a estas no-noticias que plagan la literatura de los presuntos noticieros.
El rumor me hizo recordar que cuando había visto días atrás el candado de entrada al Obelisco pensé –en algún sustrato de mi mente– en lo fácil que sería entrar en él ilegalmente. Lo difícil era dar con un motivo para hacerlo. Si alguien quiso efectivamente suicidarse, le salió mal: la escalera es complicada, apenas una rústica escala de pintor en la que hay que subir a oscuras apoyando la espalda contra la cara noroeste del monumento.

El suicida se cayó por su propio peso mucho antes de llegar a la cima. Como cayó por dentro y no por fuera, nadie se hizo eco de su macabro plan ni sus heridas. Salvo yo, en este sencillo acto de asombro.
La pregunta es: ¿qué enorme dimensión habría cobrado su acción desesperada si en vez de caer por dentro hubiera caído por fuera? En el interior del símbolo todo es invisible, y el asunto prácticamente no ocurrió.

¿No tienen acaso todos los símbolos este punto ciego, este lugar anclado en su interior –allí donde son huecos– que es precisamente donde dejan de significar, de amplificar, de irradiar su presencia pétrea y permanente?



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