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La palabra más larga del mundo

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Hay quienes sienten el éxtasis al llegar a la cima del Nanga Parbat sin tubo de oxígeno –o con tubo, da igual–, al terminar su obra maestra o “al afeitarse sin un solo tajito” (eso es Cortázar: se lo saluda, maestro). Y también hay quien siente el éxtasis pronunciando la palabra más larga del mundo.
No debe de haber nadie que en algún momento de su vida, o mejor dicho de su infancia, no se haya preguntado, por ejemplo: “¿Por qué la mesa se llama mesa?”. Alguien entonces pudo habernos respondido que la lengua es una convención, que sencillamente todos parecemos estar de acuerdo en llamar mesa a la mesa, aun cuando cada vez que oímos la palabra mesa cada uno de nosotros represente en su mente una mesa distinta. Ahora bien, los biólogos usan nombres científicos para referirse a los grupos de organismos emparentados –los llaman “taxones”, de ahí la taxonomía–, asignándole al grupo un nombre en latín, de modo que ese nombre no tiene nada de convencional: el nombre de la cosa es la cosa. Los compuestos tienen entonces dos nombres: el vulgar, por el que lo conocen los legos, y el taxonómico, que es mucho más preciso y descriptivo. Por ejemplo, el nitruro de hidrógeno no es otra cosa que el amoníaco, el cloruro de sodio no es otra cosa que la sal, etcétera.

Esto viene a cuento porque la palabra más larga del mundo es justamente el nombre científico de una proteína que vulgarmente se llama titina, pero cuyo nombre taxonómico es imposible transcribir aquí, porque está conformado por 189.819 caracteres y para pronunciarla en su totalidad hacen falta tres horas, 33 minutos y 22 segundos. Lo máximo que se puede decir es que empieza con “methionyl” y termina con “isoleucine”.
El hecho es que, suponiendo que un biólogo desconociera la existencia de esta proteína, leyendo esa palabra, la más larga del mundo, tendría una idea acabada acerca de la titina. Todo lo que podría decirse sobre ella está contenido en su nombre científico. Es algo formidable, misterioso y mágico. Pero hay más. Ahora apareció un tal Dmitry Golubovskiy, el director de la versión rusa de la revista Esquire, que decidió pronunciar esa palabra gigantesca. Y como corresponde, se filmó a sí mismo en plena tarea. En realidad digo “ahora” porque ahora lo descubrí, pero Golubovskiy hizo esto en noviembre de 2012. Lo pueden ver en YouTube. (Detalle encantador: Dmitry registra el paso del tiempo con un reloj que está colgado detrás de él, pero también con una planta de flores amarillas que tiene al lado, y que poco a poco se debilitan y caen.)

Poco y nada sabemos de Dmitry, y poco y nada es lo que pude averiguar. Dmitry es el típico tipo de personaje que yo invitaría para una Feria del Libro, o para dar una charla TED verdaderamente cautivante. O, más sencillamente, me gustaría encontrarme con él y preguntarle: “¿Por qué lo hiciste?”. Juro que no puedo imaginarme una respuesta.



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