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La palabra vacía

La vemos, la oímos, la decimos, la leemos, a la palabra “violencia” me refiero, tantas veces por hora minuto o segundo, que se vacía de significado y ya no nos impresiona.

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La vemos, la oímos, la decimos, la leemos, a la palabra “violencia” me refiero, tantas veces por hora minuto o segundo, que  se vacía de significado y ya no nos impresiona. A menos que venga condimentada con el horror de la infancia, la sufriente. Sí, me refiero al chico que se suicidó por el constante maltrato que le propinaban sus compañeros, esos que deberían haber sido sus amigos, sus compinches, sus cómplices a veces cuando se trataba de escaparle a la dureza de alguna profesora o de ocultar una travesura que podría haberle supuesto un disgusto y hasta un castigo a él o a algún otro. Pues no, no eran ni hubieran llegado a ser eso y, por el contrario, fueron sus verdugos, tanto como si le hubieran efectivamente apoyado el caño del arma en su cabeza y hubieran tirado del gatillo. La palabra “violencia” ahí tiene su lugar y su sentido y al pronunciarla o al callarla pero evocarla, volvemos  a cargarla de sentido. Ese chico sufrió durante mucho tiempo todo el peso del significado de la palabra omnipresente, y creo recordar que lo cambiaron de colegio un par de veces. Fue inútil y lo fue porque era morenito oscuro y en este país que se jacta de no ser racista y que dice aceptar colores de piel distintos, religiones distintas, costumbres distintas, los discursos suelen ser espléndidamente tolerantes y su puesta en acto suele ser todo lo contrario. Tanto que hasta la maestra se equivocó una vez y lo llamó con el mote infamante que le regalaban sus verdugos. Una se pregunta cómo serán los hogares en los que viven esos chicos, cómo.