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La paridad como reforma política

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La idoneidad es la excusa que se utilizó históricamente para desplazar a las mujeres de la posibilidad de estudiar, trabajar y votar. O no queríamos, o no podíamos o no sabíamos. Todo en nombre de una exaltada naturaleza femenina y a través de una mirada masculina que presupone una verdad inmutable y un destino irremediable en el hogar.
 A medida que ocupamos espacios conseguimos desplazar el concepto, pero apenas un escalón más alto. Porque hay una realidad que habla sola.
 Según los últimos censos en las universidades de todo el país, del total de los graduados de cada año, el 60% son mujeres, que finalizan sus estudios en menos tiempo y con mejores promedios que los hombres. Solamente en la carrera de abogacía, la mayoría son mujeres, y esa misma proporción se refleja luego en los estamentos más bajos del escalafón judicial, pero disminuye hacia el vértice de la pirámide, donde peregrina una mujer entre los cinco miembros de la flamante Corte Suprema.
 Quizás sea hora de preguntarse si los dirigentes varones son idóneos para resolver cuestiones básicas del cuidado de sus familias que no sean el del rol de proveedor, o bien por qué los problemas de las mujeres y niños –los dos segmentos etarios más pobres de Argentina– nunca son prioritarios para ninguno de los tres poderes del Estado.
 Ya comenzó el debate sobre la reforma electoral en la Cámara de Diputados, y esa discusión abre una oportunidad para asegurar la representación igualitaria y terminar de una vez por todas con los prejuicios, los mitos y los condicionamientos que exigen a las mujeres idoneidades que no se discuten en los varones.
 Esto no es un diagnóstico: en la práctica, sancionar una ley de paridad cumpliría con los compromisos internacionales y el mandato constitucional. Necesitamos reformar la ley electoral nacional y las provinciales como hicieron Córdoba, Santiago del Estero y Río Negro. Ecuador, Bolivia y Costa Rica, –y recientemente Nicaragua– avanzaron hacia reformas electorales paritarias con la incorporación de mujeres y de hombres en un 50% de manera alternada y secuencial en las listas.
 En 1952, en Argentina las mujeres votaron y pudieron ser elegidas por primera vez. Lograron una representación legislativa del 15% entre 1952 y 1954, y el 22% en 1955. El primer lugar en las democracias parlamentarias del mundo. Más que Finlandia.
 Países como los nórdicos basaron su crecimiento en la incorporación masiva de las mujeres al estudio y al trabajo, y aseguraron la presencia fuerte del Estado para las tareas de cuidado doméstico. Está probado: si mujeres y hombres comparten el poder en las tres dimensiones del Estado, se abre un camino de desarrollo del país y de lucha contra la pobreza.
 Desperdiciamos la mitad de nuestra fuerza de trabajo. En el discurso dominante, pensar en pobreza supone que la ausencia de dinero es lo que la vuelve estructural, pero las familias pobres de más de una generación tienen otras carencias tanto o más importantes, como el capital cultural que les permita aprovechar los complejos servicios de apoyo oficial de los que disponen para conseguir mejores trabajos, para imaginar futuros diferentes y creerlos posibles. Para después de muchísimos años, volver a ascender socialmente, pero de la mano de la fuerza laboral femenina que representan ese 74% de mujeres “ni-ni” que no trabajan ni estudian en la provincia de Buenos Aires.
 Casi la mitad de quienes son diputad@s nacionales del Frente Renovador son mujeres que ven a la paridad como una reforma que trasciende lo estrictamente político. Que busca transformar las desigualdades existentes entre hombres y mujeres al interior de la sociedad y del hogar. El salto de la representación de género que encabeza Sergio Massa en el bloque del Frente Renovador es el verdadero cambio que puede saltar la barrera del ejercicio de los derechos políticos sociales y económicos de las mujeres.

*Licenciada en Ciencia Política.

Malena Galmarini