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La patria equivocada

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Existe un lejano parentesco entre la formación de intelectuales por grupos de poder descripta por Gramsci y la relación entre Carta Abierta y el Gobierno, recorrida por la necesidad de cubrir carencias mutuas.

Si la ocupación de posiciones dentro del Estado legitimó la utopía de una representación política autónoma entre quienes desarrollan tal labor, su inclusión en la esfera oficialista liberó a los dirigentes de dedicar tiempo y esfuerzo a la tarea de producir uno afín a sus intereses.

Si el lenguaje elegido para los pronunciamientos marcó un claro límite a la tácita misión encomendada, ampliar la base de consenso en los sectores más reacios a un modelo de gestión que no logró por esa vía disolver el aura de polémica que la rodea, no es justamente un cambio en la forma de expresión lo que permite establecer una distinción entre el último y los anteriores.

Leer el artículo de Horacio González en Página 12 del 1 de febrero, destacado el día 8 por Jorge Fontevecchia en su columna de PERFIL (“Carta Abierta.”) resulta imprescindible para percibir el metafórico certificado de defunción posdatado al vínculo con ese foro que, reunido en la Biblioteca Nacional, pero con la significativa ausencia de su director, omitió cualquier referencia en su más reciente documento.

A diferencia de sus ¿habituales contertulios?, quienes advierten del “peligro” ante la inminente “restauración del viejo país oligárquico” con aliento de los capitales concentrados que predominarían en el agro, González postula “una nueva actitud autorreflexiva” el fin de “la auto justificación permanente, del discurso sin fisuras y de la explicación autocomplaciente.”

También sustituir el término “empoderamiento”, que atribuye a “los peritos de la globalización” por el de “democracia autosustentada.” Herejía en una corriente donde lealtad y verticalismo ofician de sinónimos al tope de una escala de valores a la que se muestra sensible Ricardo Forster: con el mismo ahínco defendió el ascenso del general César Milani y criticó a Ricardo Etchegaray por regalar a su hija un auto importado de altísima gama.

La dialéctica en el campo de la semántica no sería otra cosa que el correlato de una lucha más sórdida: quebrado el hermetismo que supo caracterizarlo, circula en el oficialismo la versión de que González sería reemplazado en la Biblioteca por Forster, frustrado el supuesto plan original: la renuncia de Liliana Mazure a la banca por la que fue electa el año pasado en la ciudad de Buenos Aires para facilitar la materialización de una consigna del desnaturalizado setentismo. El supuesto ascenso de la imaginación al poder en la Cámara de Diputados.

Esta reformulación de la trama epistolar promueve, de modo paradójico, acallar un debate que podría exhibir a sus pioneros en posición incómoda. Más bien lejos del esclarecimiento de las masas confundidas según el mandato de la buena izquierda y en visible evidencia de la mezquina dimensión que adquiere la universal e ineludible pelea por cargos e influencia. Combustibles indispensables para alimentar la acción política.

Lo mismo que la traición: fuente de inspiración en Forster, Foucault la erige en uno de los principios intangibles para establecer relaciones de fuerza y pensar la historia desde la guerra. Quién la ejecuta es el dilema que divide vencedores y vencidos y hace de la paz apenas una tregua precaria. Si hay una batalla cultural, se libra entre fuego amigo No hay acuerdo general sobre cómo batirse en retirada.

A eso refiere entre líneas Carta Abierta con un elaborado texto que abreva en la más antigua tradición de las técnicas distractivas: poner en foco a un potencial enemigo para ganar tiempo y restaurar fisuras por donde podría filtrarse una sensación de desánimo. Tal vez sea la función esencial de su sofisticada prosa: hablar de la Patria equivocada para desacreditar la inoperancia en el arte de construir otra.

* Titular de la cátedra Planificación Comunicacional. UNLZ.



Daniel Bilotta*