COLUMNISTAS PANCRISTINISMO

La patria soy yo

El caso Boudou y otra demostración de la obsesión presidencial por editar la historia.

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Cuesta creer que el hombre que está parado en posición levemente marcial a unos pasos de la Presidenta sea el mismo que, hace apenas veinticuatro horas, estaba declarando ante un juez federal como imputado por graves delitos de corrupción. Las imágenes son tan contrastantes que un libretista de Hollywood hubiera dudado en incluirlas en la misma secuencia. Pero en Argentina todo ocurre demasiado rápido. Son las 17.30 del martes 10 y Amado Boudou ha tenido tiempo para cumplir con su obligación procesal, realizar un increíble raid mediático –que incluyó un reportaje grabado para TN, canal del demonizado Grupo Clarín–, cambiarse el traje y llegar a horario a la inauguración del Museo y Memorial Malvinas que Cristina Fernández ha decidido implantar en el predio del ex campo de concentración que funcionó en la Escuela de Mecánica de la Armada para demostrar que “la historia no se puede fragmentar ni tomar con beneficio de inventario”.
De verdad la jefa de Estado parece convencida de que ha venido a este mundo con la misión de clausurar la historia, que ella será la bisagra que delimitará entre un antes y un después en la vida de los argentinos. “Por eso digo que esto no es una construcción edilicia –explicó en el acto–, es una construcción histórica y colectiva y, fundamentalmente, un compromiso a no abandonar jamás por parte de ningún gobierno lo que constituye, sin lugar a dudas, una política de Estado y que es terminar con el último vestigio de colonialismo como es el del colonialismo inglés sobre nuestras islas Malvinas”. Son sus palabras, dichas en un ámbito monocromático en el que no se reconocían otros rostros que no fueran los amigos de siempre, incluido, claro está, el vicepresidente de la Nación. No hacen falta complejos debates ni trabajosos acuerdos programáticos. CFK encarna en sí misma la unidad nacional. Lo ha explicitado, como si hiciera falta, la locutora oficial al presentarla por la cadena nacional: “Habla la señora presidenta de los cuarenta millones de argentinos”.
Al referirse al Espacio para la Memoria que funcionará próximamente en el mismo sitio –cuyos detalles son un secreto de Estado– el investigador Hugo Vezzetti dice, en un reciente reportaje, que, por lo que trascendió, no habrá allí “nada que apele al pensamiento, la reflexión o el conocimiento”. Eso –agrega– es un rasgo de una memoria impuesta, “plasmada en las visiones militantes, que cargan todo sobre los criminales y devuelven un halo de inocencia a los demás. No es un museo del horror, pero tampoco tiene nada que responda a los objetivos de un museo histórico. En otras experiencias que buscan darle al museo una función pedagógica y ética se trata de que el visitante se interrogue sobre las responsabilidades de la sociedad y no se contente con indignarse ante los crímenes de los otros, que es lo más fácil que hay”.
No es un detalle menor reparar en la visión que sobre el pasado tiene este gobierno. Simplemente, porque es un rasgo fundamental de su personalidad. La obsesión por protagonizar, escribir y editar simultáneamente los acontecimientos no se puede escindir de la gestión kirchnerista. A todo le otorga carácter fundacional. Por eso va regando su camino de monumentos, mausoleos y panteones. Pero, para hacerlo, debe fabricarse incluso historias personales a medida. No hay discurso presidencial que no incluya datos de su propia biografía. De ella o de su marido. En la ex Esma Cristina contó, en tono confesional, cómo había logrado el matrimonio estar en el lugar justo a la hora señalada durante los convulsionados días previos a la guerra de Malvinas. Néstor participando con valentía de la marcha antidictatorial del 30 de marzo de 1982 hacia Plaza de Mayo y ella, negándose a llevar a su hijo Máximo a la concentración de Río Gallegos organizada para alentar a las tropas que habían desembarcado en Puerto Argentino porque “yo tengo una mirada y una comprensión de que nuestro Ejército, nuestras Fuerzas Armadas, solamente han salido victoriosos, a lo largo de nuestra historia, cuando han combatido junto al pueblo y nunca contra el pueblo”. Casi no se perciben impurezas en la trayectoria de la pareja que llegó del Sur para sentar las bases de un nuevo país. Ahora nos enteramos, además, de que no se confundieron siquiera cuando las mayorías populares anduvieron con el paso cambiado alentando la aventura castrense. No es lo que registraron los vecinos de Santa Cruz ni los testimonios gráficos de la época. Pero ése es otro cantar.
El profesor italiano Loris Zanatta, de visita por estos días en nuestro país para presentar su libro El populismo (Katz Editores), llama “pulsión unanimista” a esa manía de querer incluir en un relato sin fisuras a todos los integrantes de una nación como si fueran las partes de un cuerpo humano. Es el sueño totalizador de la comunidad organizada, que excluye los disensos y que obliga a eliminar las impurezas que contiene cualquier narración que hable sobre personas de carne y hueso. Quizá por esa razón la Presidenta se haya aferrado tanto a las grandes estructuras de hierro y hormigón: debe ser una forma de sepultar los pedazos de la historia que no le agradan.
Contrariamente a lo que declama, se ha reservado para sí misma un exclusivo derecho de inventario. Desde el traslado del monumento de Cristóbal Colón para despejar la vista de su despacho de esa ominosa presencia, hasta la inclusión en la historia oficial de Malvinas del Operativo Cóndor de 1966, aquel secuestro de un avión de línea protagonizado por un puñado de 18 militantes ultranacionalistas para izar el pabellón nacional en las indómitas islas. La recuperación de “los cóndores” incluyó a Alejandro Giovenco, un muchacho que culminaría sus días como miembro de un comando de matones de la derecha peronista y terminaría muriendo, en 1975, cuando portaba una bomba, posiblemente destinada a hacer volar por el aire un local de la Juventud Peronista. Ego te absolvo.
Todas fueron decisiones arbitrarias, inconsultas, tomadas en soledad. Con la arrogancia de quien se considera titular de la patria.
Por eso no es de extrañar que Amado Boudou, el vicepresidente fecundado in vitro por Cristina, haya estado el martes en el estrado oficial de la inauguración más importante de la semana. Los cuadros se suben o se bajan cuando el poder lo determina. ¿Las instituciones? Bien, gracias.

 
*Periodista. Miembro del Club Político Argentino.



Jorge Sigal