COLUMNISTAS

La pelota en sus pies

La renuncia de Juan Carlos Fábrega al frente del Banco Central fue el costo de pensar distinto al ministro de Economía, Axel Kicillof. 

Antes de la llegada de Alejandro Vanoli a la presidencia del Banco Central de la República Argentina, desde el comienzo de la era democrática la entidad que debería ser testigo y observador fiel de los movimientos financieros en la República Argentina tuvo 18 titulares. En verdad, fueron 20 mandatos (el de Vanoli es el 21º) porque dos de ellos fueron reiteraciones. Ahora vamos a hacer la historia de lo que ha sucedido con el Banco Central desde el comienzo del gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Pero antes déjenme comenzar por lo que estimo más pertinente.

El nombramiento de Vanoli, tras el despido francamente agraviante del que fue objeto Juan Carlos Fábrega, es, al menos, una recuperación de la congruencia ideológica del Gobierno. Fábrega había representado para Cristina Kirchner un intento de acercarse al mercado. Es un movimiento que tuvo vinculación con el arreglo con el Club de París, la solución a las disputas en los tribunales del CIADI, y, desde luego, con el pago de una suculenta remuneración a Repsol por la expropiación de la empresa YPF. Pero en caso de Fábrega, la problemática era de orden estrictamente doméstica, interna, argentina. Se trataba de poner un poco de orden en el desorden financiero local; mirar de frente a los ojos a la bestia de la inflación y admitir que no es buena, no es meritoria, no es virtuosa. Es mentira que un poco de inflación sea bueno para el trabajador o para quienes viven de su ingreso mensual.

El intento de Fábrega acaba de naufragar. En este punto, corresponde subrayar algo que es una marca registrada del actual modo de gobernar la Argentina. Fue necesaria una humillación pública por parte de la presidente de la Nación para que Fábrega hoy presentara la renuncia irrevocable. Han desaparecido en nuestro país los mecanismos respetuosos, protocolares, prudentes, sobre todo aquellos que tienen en cuenta el aporte de los seres humanos a una gestión de esta naturaleza. Fábrega no era un improvisado. Era un conocedor. Llegó al Banco Central no como un producto de la disquisición ideológica en las aulas universitarias, sino como alguien que pasó toda su vida profesional al servicio de la banca estatal. Jamás pudo ser acusado de ser un peón de los buitres. No alcanzó. La Presidente ha elegido y ha optado: ella efectivamente se dirige, al menos en palabras, a una radicalización cada vez más evidente y cada vez más innegable de su manera de conducir al país.

Lo cierto es que el nombramiento de Vanoli, que tiene que ser formalmente convalidado por el Senado, pone al frente de la entidad bancaria regulatoria de la Argentina a una persona con una identidad ideológica inconfundible. Vanoli no solo asume que el Estado debe tener un rol prominente y poco menos que hegemónico en la economía, sino que, por el contrario, es un convencido de que se debe avanzar sobre la iniciativa privada, se debe regular, fijar precios, establecer márgenes de ganancias. En una palabra, ir a un “capitalismo de amigos”, como decía en su época Roberto Lavagna, o un capitalismo de Estado, muy parecido al que se practica hoy en la Rusia de Vladimir Putin.

Desde el comienzo de la democracia, el debate sobre el Banco Central siempre ha tenido actualidad. Una corriente de características liberales –palabra y concepto que para mí nada tienen de peyorativo– ha sostenido que el Banco Central tiene que ser, por definición, una entidad independiente de apetitos y opciones políticas. Una corriente hoy dominante no lo ha pensado de esta manera.

El presidente Alfonsín tuvo cuatro presidentes del Banco Central y uno de ellos repitió sobre el final, Enrique García Vázquez, el primer presidente del Central, cuando Alfonsín inició su mandato, seguido por Juan Concepción y José Luis Machinea. Ya en la época de Menem desfilaron por la presidencia del Banco Central, Javier González Fraga, Egidio Ianella, Rodolfo Rossi, Enrique Folcini, Antonio Erman González, otra vez González Fraga, Roque Fernández y Pedro Pou. El gobierno de la Alianza, de una brevedad inusitada, fue tan consecuente con su idea de no cambiar nada de lo recibido que el primer presidente del Banco Central de Fernando de la Rúa era el mismo Pou que había sido presidente del Banco Central con Menem, seguido por Roque Maccarone y por Mario Blejer. En el breve interinato de Eduardo Duhalde presidió el Banco Central el economista hoy massista Aldo Pignanelli. Ya en la época kirchnerista, desfilaron por el Banco Central Alfonso Prat Gay, Martín Redrado y Mercedes Marcó del Pont, antes del penúltimo, Juan Carlos Fábrega, y ahora el más reciente, el postulado hoy, Alejandro Vanoli.

Hay acá un debate importante que hay que dar no solo en el ámbito de la economía, porque admito que la titularidad del Banco Central no es una cuestión que apasiona a las muchedumbres, no ven su impacto en la vida cotidiana de la gente. Sin embargo, la labor del Banco Central en un país con una inflación tan desatada como la Argentina, en donde hemos perdido ya toda pretensión de ser superavitarios en los principales marcadores de las cuentas fiscales, es determinante en cuanto al rumbo que habrá de tomar la economía.

Ya ayer martes 30 de septiembre, de manera muy significativa, la Presidente atacó por su nombre directamente a varios bancos privados, incluyendo dos brasileños, como el Itaú y el Patagonia. Eso no es una buena señal para un Brasil que está a punto de elegir presidente. También es importante subrayar que Vanoli –que, en principio, no merece objeciones profesionales porque es, efectivamente, un economista graduado en la Universidad de Buenos Aires-, pertenece claramente y tiene una empatía muy directa con el equipo que hoy maneja la economía argentina, con la comandancia de Axel Kicillof. Vanoli tiene credenciales académicas. Es un hombre del ámbito universitario. Fábrega, por su cuenta, y al igual que otros presidentes del Central que han desfilado por ese lugar en estos más de treinta años, es un hombre del mercado, en el sentido más desnudo y menos enjuiciador de la palabra, conocido por su versación en los mecanismos que regulan las actividades bancarias.

Esta decisión de en la Casa Rosada, en donde parecía que se estaba disputando un partido de fútbol, a juzgar por la imágenes de la hinchada, y no un mensaje presidencial, va de la mano de un crecimiento cotidiano del enojo presidencial. Esta idea de duplicar la apuesta, subrayar que los empecinamientos son irrenunciables, es la madre del nombramiento y sobre todo es la explicación ideológica del ascenso de Vanoli al frente del Central,unido a un modus operandi penoso, en el que la gente, en lugar de retirarse tras que se le agradezcan los servicios prestados, es literalmente arrojada a los leones. Es algo parecido, sin pretender de ninguna manera comparar las figuras, a lo que Perón hizo con Héctor Cámpora, que cuando renunció a los 49 días de asumir en 1973, su renuncia ni siquiera fue agradeciéndole los servicios prestados, algo que le volvió a hacer Perón a Cámpora cuando lo eliminó de la embajada en México sin decirle gracias. Pareciera estar, de algún modo, en el disco rígido del peronismo este estilo cruento, salvaje, esta manera de cobrarse una vendetta personal.

¿Qué hizo Fábrega? En definitiva, ¿cuál fue su pecado? Tratar de opinar de manera diferente, razonada y razonable, respecto de los caprichos y berretines de Kicillof. Por eso le mostraron la puerta, pero de la peor manera, como ha venido haciendo el Gobierno desde 2003 en adelante, pero sobre todo desde 2007, porque hasta Néstor Kirchner tenía un poco más de templanza y de bonhomía a la hora de desprenderse de un funcionario.

Ahora resta aguardar los resultados de la coherencia. Ya no habrá infiltrados buitres en el equipo nacional y popular. La pelota está en la punta de los botines de ellos. Ellos deben jugarla, y si convierten o no el gol, será responsabilidad de ellos.

(*) Emitido en Radio Mitre, el miércoles 1 de octubre de 2014. 



Pepe Eliaschev