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La Plaza

En esas ocasiones observé extrañado las primeras manifestaciones y absorbí la voz de un político que para mi padre encarnaba el futuro de la Argentina, Raúl Alfonsín.

La Plaza.
La Plaza. Foto:toledo

Cada vez que piso Plaza de Mayo vuelvo a la década del 80 y revivo la atmósfera de otra ciudad, con otra luz, otros rostros y otra pesadumbre. No puedo evitar experimentar un tipo de melancolía que ninguna otra zona de Buenos Aires me genera. En la Plaza, para mí es posible recuperar cierto “atonismo” de la infancia. Lo noté de casualidad, el último domingo, un domingo como cualquier otro –sólo matizado por el cambio de temperatura y la ilusión de que ya se va otra estación–, reunido sin pensarlo con unos amigos junto a la fuente que el 17 de octubre de 1945 pasó a ser emblema de la lealtad peronista.

 Así como el tono de ciertas fotos pasadas nos transporta a la época en que fueron tomadas, ciertos lugares quedan impregnados por una tonalidad. Plaza de Mayo para mí conserva tonos opacos, colores pastel gastados en el cemento de los caminos y en los edificios que la rodean. Está detenida en el tiempo, en el origen de mi memoria, los 80. Como si la luz hubiera socavado la consistencia de los materiales, el pasto fuera de un verde apagado, las palomas siguieran balanceándose moribundas, y los transeúntes atravesaran ese espacio público de un modo clandestino. Tal vez la impresión se deba a que nadie vive en las inmediaciones y a que los moradores circunstanciales sienten de forma involuntaria ese desfasaje espacial que irradian los lugares cargados de historia.

 También gravitan en mi memoria imágenes de las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, la vuelta a la democracia, la primavera alfonsinista y luego la Pascua, y los viajes frenéticos junto a mi padre, en un Renault 12 destartalado, hacia la Plaza. Eran traslados repentinos, que por lo inusitado se transformaban en aventuras. Mi padre simplemente me subía al Renault 12 y me explicaba el contexto político en un lenguaje ininteligible. En esa explicación estaba implícito el destino inmediato, aunque nunca terminaba de entender hacia dónde íbamos ni por qué la circunstancia periódicamente se repetía. Casi siempre desembocábamos en Plaza de Mayo o en San Telmo.

En esas ocasiones observé extrañado las primeras manifestaciones y absorbí la voz de un político que para mi padre encarnaba el futuro de la Argentina, Raúl Ricardo Alfonsín. Para un niño, el pueblo reunido todavía no tenía contenido simbólico y era un misterio profundo, más indescifrable y real que el de la religión. Tampoco la voz de un orador hábil, que garantizaba pausas en su discurso y desataba gritos fervorosos, como si a través de una vehemencia afinada insuflara en los manifestantes ese verbo divino que muchos años después, en un espacio similar, se reflejó en los discursos reivindicativos de Néstor Kirchner.

Como durante la dictadura, como durante el fin del alfonsinismo y los albores del menemismo, las caras que se observan hoy en la Plaza traslucen desazón. Nadie parece saber muy bien dónde está: se mezclan los pasados del lugar con el efecto de irrealidad que deja la bestialidad del macrismo. Lo hablo con mis amigos y coinciden: Plaza de Mayo es un lugar extraño para estar sin estar. Un domingo a la tarde puede llegar a ser el museo eterno de la desesperanza. Observo cómo todavía algunas personas, cabizbajas, alimentan palomas. Son fantasmas de la historia. Y quedo atónito, porque todas las épocas, todas las eras del país, aparecen espectralmente superpuestas en ese gesto menor.


Oliverio Coelho


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