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La póliza del peronismo bonaerense

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En Arsenal. La ex presidenta volvió el martes pasado al centro de la escena política en un acto, donde mostró por televisión una estrategia comunicacional diferente.
En Arsenal. La ex presidenta volvió el martes pasado al centro de la escena política en un acto, donde mostró por televisión una estrategia comunicacional diferente. Foto:Cedoc Perfil
Desde que abandonó la presidencia de la Nación hasta el acto en el estadio de Arsenal, Cristina Fernández gozó de una larga vacación política. Salpicada, eso sí, por intervenciones desde Comodoro Py, viajes al exterior y ácidos comentarios en su cuenta de Twitter. Difícil filiar este modo de conducción con los pormenorizados instructivos del general Perón tras su derrocamiento en 1955, en las célebres cartas a John William Cooke.   

Desde una idea institucionalista de la lucha política, con el parlamento como centro privilegiado, quien carece de mayoría parlamentaria no puede más que intentar recuperarla. Por tanto, cada concentración tiene un objetivo preciso: mostrar a los que no se concentran cuántos sí lo hacen. Con el pesimismo fortalecido por una larga práctica, Cristina no cree que se trate de interpelar al resto para sumarlo activamente a la lucha; basta con que en las próximas elecciones una mayoría amorfa arrasada corrija su postura anterior y vote al segmento dinámico de una política estática.

Dos escenas contrapuestas en la tapa de los diarios de la semana que pasó merecen ser inteligidas: en una, la multitud bulliciosa de miles de militantes enfervorizados se convoca en derredor de la jefa; en la otra, el presidente de la Nación, durante 6 minutos, se dirige a la nada misma el Día de la Bandera, en Rosario. Cada uno tiene el perfecto derecho de pensar lo que prefiera del discurso de Mauricio Macri, difícil remitirlo a los prosopopéyicos pronunciamientos de su admirado Arturo Frondizi, o a la precisa argumentación de Rogelio Frigerio. Recuerda más bien a los comentarios de circunstancia que un pater familia, tomado por sorpresa, imparte a sus párvulos. Macri no se propuso impresionar a su auditorio, no porque no pueda hacer que le preparen un discurso erudito, sino porque su estrategia comunicativa consiste en establecer un contacto televisivo llano, en reactuar un acto escolar, en ser un director primario comprensivo frente a padres hartos de la solemnidad inútil del Billiken.

La doctora Fernández tampoco optó por una exposición argumentativa. Desde las presuposiciones compartidas con su auditorio no hace falta demostrar que el gobierno del PRO beneficia a los que beneficia. Desde los instrumentos de un magazine televisivo exhibió las diversas tipologías de víctimas, para que los televidentes se reconozcan y comprueben el desastre social de la profecía autocumplida. Miraban quienes pasan por una situación homologable y quienes sin estarlo son sensibles al dolor ajeno. En catarata también registramos las intervenciones en vivo (tevé, redes sociales) de quienes aún creen que ese dolor es el precio de un futuro mejor. Los dos primeros integran su público potencial, el tercero no será jamás un votante K. Con esta sencilla delimitación Cristina actúa como lo que es, la jefa del peronismo bonaerense; y desde ahí pesa sobre la política nacional.

La influencia en los medios en ambas intervenciones resulta obvia. El presente se volatiliza. Para Macri el pasado impone este presente. Para Fernández votar el mejor pasado inmediato contiene la respuesta correctiva. Ambos parten del ballottage de 2015. El mecanismo no sólo permite sacar de la contienda a Sergio Massa, además reconstruye el discurso hegemónico sobre el pasado; modificando, eso sí, valorativamente su significado. Unos votan por su restitución; los otros tratan de impedir que se repita. El razonamiento tiene un inconveniente: nadie ignora que se trata de una elección parlamentaria; no se decide la continuidad del gobierno amarillo, sino el respaldo que concitará tras casi dos años de gestión. A Mauricio le alcanza con que Cristina no arrase; a Cristina le basta con que Mauricio no tenga la mayoría. Ambos podrían quedar satisfechos.

La lógica de los intendentes. La provincia de Buenos Aires tiene 135 intendencias. El oficialismo gobierna 64, el peronismo que alguna vez integró el Frente para la Victoria, 57. Una decena de intendentes integra las huestes de Massa, uno expresa el socialismo de Santa Fe y tres resultaron vecinalistas.

Para todos los intendentes se trata de no quedar en minoría en los Concejos Deliberantes. Como se vota la renovación de la mitad de los concejales, esa variación resulta posible. En caso de que el oficialismo no atesore la mayoría, conservar las riendas del gobierno se complica. El intendente puede ser destituido, y el municipio cambiar de escudería política. Por tanto, conservar la mayoría constituye una suerte de regla áurea de la política provincial.

Desde que los partidos nacionales son federaciones de intendentes sin programa, la adhesión de cada jefe municipal está determinada por su confianza en conservar el cargo. Por tanto las migraciones en una u otra dirección constituyen moneda corriente. Para asegurar la continuidad cada fuerza requiere un candidato taquillero que arrastre y un aparato electoral que empuje. Cristina tiene un techo electoral próximo a su piso, pero aun así mide más que cualquier otro dirigente de la Provincia. Por cierto este comportamiento no es igual en el interior profundo, en la Pampa Húmeda, que en los cordones del Gran Buenos Aires. En una cancha pesa, en la otra espanta.
Entonces la negociación es aparentemente sencilla. Cristina impone diputados y senadores nacionales donde arrastra; la Legislatura bonaerense es el objeto de una dura negociación, pero los candidatos a concejal de cada distrito pasan a ser resorte de los jefes municipales. La idea de que Cristina pudiera no ser candidata era sencillamente disparatada. Estaban los que hablaban de suicidio político, más bien me inclinaba por la catástrofe. Si Cristina no encabezaba la lista, el peronismo bonaerense corría el riesgo de desmoronarse. Algo saben sus integrantes, sobrevivir... y Cristina es el nombre de la póliza compartida.

*Ensayista y doctor en Ciencias Sociales.