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La propuesta de Marina: otra política es posible

En su cuarta entrega sobre la candidata brasileña, el politólogo explica la renovación que propone Silva y critica los ataques machistas en su contra.

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Foto:AFP

En los últimos años, cambió todo: la sexualidad, los valores, el sentido de la autoridad, la familia, la música, la percepción de Dios, pero algunos analistas y líderes creyeron que lo único inmutable era la política. Tienen buena voluntad, son revolucionarios, pero se han anquilosado con sus fantasmas. Se resisten a entender que la gente común ha evolucionado y terminó odiando lo que llaman “política”.

Revisemos algunos comerciales de la campaña en Brasil para aclarar estos conceptos. El comercial sobre la biografía de Dilma es arcaico: la presenta llena de méritos, exitosa, con honores que la ubican en una suerte de “pedestal”, lejos de la gente. La mejor alumna de la clase, típico personaje al que odiábamos en la infancia. En otra pieza, Dilma defiende la obra de su gobierno de una manera racional, dura y distante, a través de una especie de informe de gestión realizado por un creativo excelente.

La equivocación estratégica de su campaña se agudiza con el lema “corazón valiente”, que reivindica una épica ya superada. Repite el error de la mexicana Josefina Vázquez Mota, que necesitaba comunicar sentimientos femeninos, pero al decir frases como “tener más pantalones que los hombres” terminó haciendo una elección desastrosa.

Aécio Neves reproduce la comunicación arcaica típica de su partido, se presenta como un político tradicional que repite lo de siempre, como siempre. Nos hemos aburrido con comerciales parecidos los últimos 30 años en varios países del continente.

La publicidad no es la campaña, pero refleja las prioridades del discurso del candidato. Aécio iba segundo hasta que apareció Marina, porque en la mente de los votantes no había otra alternativa. Eduardo Santos era un líder joven, lleno de méritos, no logró crecer y Marina, como candidata a Vicepresidente, no endosaba votos. En ningún país la gente vota por el binomio.

En este análisis no hay nada personal. Conozco gente excelente tanto en el PT como en el PSDB. Creo que Fernando Henrique Cardoso ha sido el mayor estadista que tuvo el continente en mucho tiempo, su libro Relembrando o que escrevi es lectura indispensable para entender la política latinoamericana. Pero eso no quita que las campañas de los dos grandes partidos se basan en un modelo que caducó.

La enorme elección que hizo Marina en 2010, el millón y medio de votos de Tiririca, las Jornadas de junho de 2013, las protestas contra el mundial de fútbol, fueron síntomas de que muchos brasileños estaban hartos de la política tradicional, de los partidos y del viejo sistema. Los partidos de Brasil no supieron escuchar a la gente, como los de otros países, que desaparecieron.

El PT podría haber contado con un análisis político adecuado, impulsar a Lula, haber hecho una campaña distinta con Dilma desde el vamos. Se engañaron con las encuestas, creyeron que el dato que importa son las simulaciones electorales.
Los electores estaban en contra del “presidencialismo de coalición” entre el PT y el PMDB, que servía para que los mismos conservaran el poder. El PMDB es el partido más grande del país, el más anticuado, el que tiene más aparato. Ha instalado que sin su respaldo nadie puede gobernar. El PT ganó con Lula enarbolando la bandera de la ética, pero hubo mucho ruido sobre sus manejos. La mayoría de los votantes nacieron en el período democrático, tienen acceso a información de todo tipo, exigen algo nuevo y  Marina, aunque fue diputada, senadora y Ministra de Estado, encarna la novedad porque es distinta de los políticos tradicionales en su forma de ser, de hablar y en sus propuestas, tan ligadas a su biografía.

Más allá del sexo del candidato, hay estilos masculinos, más fríos, épicos y racionales, y otros más femeninos, cálidos, con sentido común. Lula fue un líder emocional, lloró varias veces ante cámaras sin que eso menguara la fuerza de su liderazgo. Nunca vimos un presidente más popular al término de su mandato.

En el enfrentamiento entre Dilma Rousseff y Marina Silva pesó siempre este factor y la petista no supo cómo enfrentarlo. La comunicación de Marina es femenina, emotiva, transmite autenticidad, entusiasma. Dilma, en cambio, parece fría, racionalista, sin sentimientos, explica. La gente se siente lejana del que explica, supone que oculta algo y se identifica con quien expresa sentimientos, le cree.

Estratégicamente, la credibilidad es esemcial en las campañas. Algunos creen que son cosas sin importancia para el análisis político, pero los electores prefieren líderes a los que sienten creíbles, antes que militantes coherentes que explican porque hay que reconstruir el Muro de Berlín.

Algunos analistas no entendieron a Lula cuando llegó a la presidencia jactándose de no haber terminado la secundaria, de haber sido un obrero que había trabajado, un sindicalista que había luchado por sus compañeros y no un intelectual que se había graduado de proletario leyendo El Capital. Se decepcionaron cuando vieron que manejó bien la economía y sacó de la pobreza a más de veinte millones de brasileños. Creían que debía ser consecuente con lo que llaman “izquierda” y alcanzar la prosperidad de Cuba y Venezuela.

Marina se parece a Lula: no se hizo de izquierda leyendo a Régis Debray, sino luchando con la pobreza, asumiendo con orgullo sus orígenes, haciendo enormes esfuerzos para estudiar y mantenerse viva, tratando de que todos los brasileños tengan esa salud y educación que ella había conseguido con tanto sacrificio. Los neoconservadores, que alentaban a  Marina cuando parecía que no podía ganar, la atacan ahora con los mismos argumentos que usó la derecha contra Lula. Dilma dice que Marina no está preparada, que le faltan títulos, olvidando que llegó a Planalto con los votos de un obrero que, al jurar la presidencia, dijo emocionado que ese día conseguía el primer título de su vida: el de presidente de Brasil.

Marina quiere enfrentar a los aparatos del PMBD y el PT con una nueva política. Dice: “Defender la nueva política es descartar la polarización que desde hace 20 años atrasa al país. El choque entre el PT y el PSDB ya dio todo lo que tenía que dar. Es hora de e incorporar a la gente por sobre los partidos, es así como quiero gobernar, uniendo a Brasil”.

Algunos creen que sus tesis revolucionarias demuestran que carece de la experiencia y la malicia necesarias en un gobernante que actúa en la realidad. Querrían que convoque a dirigentes con experiencia que la ayuden a formar una mayoría parlamentaria. Su negativa ha sido contundente: “Quiero transformar el país, no pretendo ser presidente para mantener los vicios del pasado, buscamos una nueva gobernabilidad. No sirve para nada conseguir la elección de 400 parlamentarios si vamos a seguir en lo mismo, si cada vez que se vota una ley tendremos el dolor de cabeza de satisfacer favores personales y ceder ante chantajes. ¿Qué gobernabilidad sería esa? Queremos una gobernabilidad programática. Aquella en la que, cuando se vota algo importante para el país, los congresistas defiendan principios, dejando de lado intereses personales”.

Utopía o no, sus votantes la respaldan porque quieren el cambio. Si apareciera rodeada de ministros, gobernadores y políticos del pasado, perdería su fuerza y sus votos. La nueva política que plantea sin embargo, no es maniquea, discute ideas, no persigue personas. Marina reconoció siempre los méritos de Cardoso, de Lula y de Dilma. En las últimas semanas, a pesar de los brutales ataques del gobierno, no perdió el control. Dice que los políticos son solo seres humanos con vicios y virtudes, que “los cambios no ocurren en el vacío. No existe lo nuevo puro. El futuro se construye sobre cosas importantes del pasado y que hay que preservar. La idea de que hay personas que salvan a la patria es falsa. No existen héroes salvando a la patria. La patria la construyen todos los días, los hombres y las mujeres con su esfuerzo”.

Marina no es una líder mesiánica ni se cree indispensable. Cuando las encuestas la mostraron como posible ganadora, dijo que no buscará la reelección. La Constitución le permitiría ser candidata, pero recela del poder, porque puede producir sueños totalitarios y no quiere caer en esa trampa.

Muchos políticos reparten cargos públicos entre sus parientes. Marina rechaza vehemente esa práctica. Mantiene una relación excelente con su familia, incluso parte de lo que ganaba como senadora iba a ellos, pero nunca quiso solucionar sus problemas personales abusando del poder. En 2010 su hermana Deuzimar vendía melones, bananas y pimienta por las calles de Rio Branco en una camioneta. Le preguntaron por qué era vendedora ambulante si su hermana era senadora. Respondió: “¿Y cuál es el problema? ¿No es un trabajo honesto? ¿No es mejor vender mercancías que robar? Cada persona debe cumplir su misión. No tiene ningún sentido que porque ella sea senadora o ministra yo deba vivir de otra manera. Cada una hace lo que quiso hacer, o pudo hacer. Habría querido alfabetizarme, pero mi tiempo pasó. Me daría vergüenza vivir de un cargo público por tener una hermana importante. Le estaría robando plata a la gente”.

Los antiguos hacen política alabando o denigrando personas, vivas o muertas, adoran las estatuas y revuelven los albañales del pasado para denigrarse mutuamente. Marina tiene sus ojos puestos en el futuro. Su compromiso con quienes viven en la Amazonía la aleja de supersticiones  nacionalistas, porque sabe que su utopía solo se cumplirá si la entienden todos los países de la cuenca amazónica.

Cuando alguien se interroga si Marina es de izquierda, si es menos radical que Lula, está haciendo una pregunta vacía. Nadie puede dudar de que todo lo que hace pretende favorecer a los más débiles. Dilma dice que Marina es liberal, que revisará las políticas proteccionistas y que generará desempleo. Marina ha dicho que no va a quitar los subsidios, pero quiere avanzar hacia un país en el que todos tengan un trabajo digno y no necesiten regalos. Si para conseguir esa meta debe contradecir a cualquier autor, no dudará en hacerlo porque, para ella, el bienestar de los pobres está por encima de las teorías.

Anunció que concretará acuerdos comerciales bilaterales con países que no pertenecen al Mercosur y que “hay que dinamizar el comercio con Estados Unidos y la Unión Europea y fundar nuevos estándares comerciales con Chile”. Ante una Alianza del Pacífico que crece más que el Mercosur, Marina buscará un acercamiento con ese grupo para cumplir el sueño brasileño salir al gran océano.

Es evangelista y algunos la acusan de fundamentalista. Quieren alejarla de su principal target: jóvenes urbanos, educados, con opiniones liberales.

Un periodista de Folha de São Paulo dijo que Marina toma sus decisiones políticas consultando a la Biblia. Eso es falso. Hay bastante machismo en esos comentarios. Andrés Manuel López Obrador pertenece a la misma iglesia y nadie ha cuestionado su fe, porque es hombre.

Marina es cristiana y fue tan perverso estigmatizar a los ateos, como hoy perseguir a los creyentes. Dilma acusó a Marina de “evangelista fervorosa” por sus ideas sobre el aborto y el matrimonio igualitario. Ella respondió que su “compromiso es con el Estado laico, con el respeto a las libertades individuales y religiosas. El Estado laico está para defender los intereses de todos y no solo los de un grupo”. Marina no se casaría con otra mujer ni abortaría, pero cree que el Estado tiene la obligación de propiciar la felicidad de todos, respetando sus preferencias particulares.

Algunos columnistas dicen que “la nueva política de Silva es arriesgada porque surfea en una ola de antipolítica, lidera la disputa presidencial sin una estructura partidaria sólida, ni apoyos institucionales de peso”. Si Marina no puede ganar las elecciones por falta de un aparato, no se entiende por qué el gobierno ha trabajado tanto para impedir el registro de su partido y por qué pierden su tiempo combatiéndola. Cuando fue candidata del Partido Verde en 2010, la apoyaron artistas, intelectuales, estudiantes y soñadores que despreciaban a los aparatos partidarios. Hasta que apareció la radio, los candidatos no hacían campaña ni pedían el voto a nadie, sino que eran los aparatos partidistas los que nombraban al presidente. Con el desarrollo de las comunicaciones la gente cambió, se siente independiente, quiere votar de acuerdo a sus propias convicciones. No obedece ya a los maestros, a los curas, a los sindicatos, a nadie.

El antiguo esquema se resquebraja. Según las encuestas de hace tres semanas, un 75% de brasileños rechaza la vieja política. Los datos son parecidos a los de la mayoría de países latinoamericanos en los que un 80% dice lo mismo. Cuando los electores no ven otra alternativa, votan por quien les parece menos malo. Cuando aparece un liderazgo diferente, sin estructuras, sin partido, sin comportamientos propios de la política tradicional, arrasan con los partidos históricos. Fue el espacio en que triunfaron Bucaram, Fujimori, Chávez, Correa y Evo, que aplastaron al APRA, COPEI, AD, PSC, ID y MNR.

En el próximo artículo, analizaremos lo que pasará el 5 de octubre, las perspectivas para la segunda vuelta y si en realidad esta nueva política va a ser posible.

*Profesor de la George Washington University.



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