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La rebelión de Mandela y Fort

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Cuando muere Nelson Mandela está claro qué reglas rigen lo que hay que decir sobre él. Se invita a frases como que “ha muerto un apóstol de la paz”, “un ejemplo para la juventud” o un “símbolo de la tolerancia y la igualdad”, junto con un “hombre de la libertad”. En esa construcción nadie está habilitado a expresar más que eso mismo, y si alguien dijera lo contrario, sería destrozado por el repudio público. En Mandela hay un personaje intocable.

Cuando Ricardo Fort se muere hay otras reglas inmediatas para expresarse sobre él. Lo más esperable es que no sea expuesto como un ejemplo para la humanidad y, en su caso, sí hay tolerancia para variaciones interpretativas sobre su ser. Se habilitan enormes debates sobre el abuso en las cirugías estéticas, la identidad sexual, el uso inmoderado del dinero y la ostentación y hasta la tenencia de sus hijos. Mientras a Mandela no se lo toca, a Fort hasta se le hace una autopsia.

Mandela en realidad hace el camino del prócer y Fort el del personaje público disruptivo. En algún momento el líder sudafricano representó una intensa rebeldía contra el modelo de mundo que lo rodeaba, pero sus victorias y los cambios culturales del siglo XX lo dejaron solidificado como un hombre ejemplar con vínculo de acción en el pasado. Su rebeldía quedó fijada, detenida.

Fort es un personaje del presente con temas del presente. Para Fort, el mundo de los medios de comunicación, que es también a través de donde conocimos a Mandela, fue el escenario de la exposición de su rebeldía. La rebeldía no tiene por qué ser por causas grandilocuentes, de modo que el haberse rebelado contra su destino familiar puede ser un paso hacia alguna alternativa de liberación.

Su rebeldía estaba todavía activa, en pleno desarrollo. Y además de que sus temas son bastante menos intensos que los de Mandela, no hay posibilidad de condensar su imagen en alguna quietud manejable. Pero en todo esto hay una pista, y es que Fort combatía por sí mismo, era una lucha de la modernidad tardía, libraba la batalla por el individuo.

Aunque parezca extraño, la muerte de Fort abre mucho más el debate que la de Mandela, en principio porque son temas actuales. Muy pocas personas defenderían hoy públicamente la segregación racial, pero el mundo habla sin resolución completa sobre las identidades de género, la adopción por parte de personas del mismo sexo y hasta la libertad de hacer con el cuerpo de uno la figura que a uno le dé en gusto, si es que lo puede pagar.

El debate por la libertad tiene caminos complejos pero formas variadas y extremas. El rostro retocado de Fort condensa la modernidad, desde el avance médico hasta los logros democráticos del individuo que le deja supuestamente decidir sobre sus facciones, la exposición en los medios de comunicación y el deseo de trascender en un mundo repleto de seres anónimos. Mandela trascendió hasta tal punto que quiso ser Presidente, una tarea no muy dada para la humildad y el bajo perfil.

En menos de quince días nos quedamos sin los dos y ambos reciben enorme atención (creo que Fort un poco más). Muchos presidentes del mundo, sin mucha opción para la libertad de acción, deberán ir al funeral de Mandela. Al parecer no queda otra más que asistir, ya que no ir es demasiado riesgoso para sus imágenes. Deberían además solo ir aquellos vinculados a la lucha por la paz y las reivindicaciones democráticas. Mientras miles de millones de personas acompañarán a Mandela, casi nadie estuvo en el velorio de Fort. Su rebeldía resultó tan intolerable que sus familiares se rebelaron contra su creación: la exposición mediática.

Para Fort, que murió en su tiempo, la libertad o algo parecido que podría llamarse libertad, tuvo su costo con un cuerpo desarmado y un entierro en solitario. Para Mandela, ya fuera de su tiempo y sin cuestionamientos, tendrá una despedida gloriosa.

*Sociólogo. Director de Ipsos-Mora y Araujo.



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