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La reina está desnuda

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Tanto relato, señora, y al final todo resultó un cuento para militantes de La Cámpora. Aún con la venda ajustada, apretada por la fuerza del poder, anudada con amenazas, renuncias, recursos y abogados, la Justicia vio con sus ojos de niño que la ‘tela’ que prometía tejer Boudou con la máquina de tejer billetes se deshacía en las manos de una banda de estafadores. ¿Y ahora, señora, que ya es invierno? ¿Con qué se tapa esto?
¿Recuerda la historia, señora? Es muy conocida. Al parecer, era una de esas típicas fábulas españolas con moraleja que el danés Hans Christian Andersen reescribió y publicó en 1837 como parte de sus Cuentos de hadas para niños. Desde entonces, el cuento es recreado, interpretado, utilizado como alegoría o metáfora y conocido popularmente como El rey desnudo.
Por las dudas de que no la tenga presente ahora, le hago una entretenida adaptación al tiempo que nos toca y a los personajes actuales. En el original, los “pícaros”, como se los llamaba entonces –un par de angelitos ingenuos comparados con la magnitud de los chorros de ahora–, eran dos cómplices, tal vez parientes, porque compartían el mismo apellido, “Farabutto”. Si tiene un diccionario de lunfardo a mano, señora, busque “Farabute”. O, tal vez, la letra de algún tanguito le traiga a la memoria el significado: “chantas”, “buscas”, “rateros”, “pungas”.
En fin, hoy, los Farabutto serían un Massa y un Boudou hermanados por la Anses y la militancia en la Ucedé, donde aprendieron, ya que estamos tangueros, a “vender el alma y rifar el corazón”. A propósito, a mí la anécdota me la contó un tipo que estaba ahí y la escuchó, pero usted debe saber mejor que nadie lo que decía Néstor cuando nombró a uno de ellos como jefe de Gabinete: “Ojo con éste, es más hijo de puta que yo”.
Perdón, señora. No quería hacerla lagrimear. Pero cuánta razón tenía Néstor al confiar sólo en Báez y en las cajas fuertes. Aunque Báez, señora, la verdad, si no fuera porque le llena los hoteles de pasajeros ideales, a los que no hay que darles de comer ni hacerles la cama, no sirve ni para embolsar euros.
Volviendo al cuento. Resulta que el farabute Boudou convence a Néstor de hacerse un traje de billetes. Saco cruzado con fajos de quinientos. “Extasis”, dijo Néstor. Usted sabe lo fácil que era él para eso. El farabute Boudou se aprovechó de esa candidez, de esa ambición desmedida de poder y de guita, y, como una Celestina –historia que le contaré otro día–, le dio la excusa que le cabía: “¿Qué otra cosa se puede desear, que otra cosa hay, más poderosa, que la máquina de imprimir los billetes? Vos sos el único que la ve y la puede tener, ningún otro se animaría a tanto”. Le tocó el orgullo.
Pero pasó, señora, que también el diablo metió la mano, y, en esta versión, la actual, el rey se murió antes de ponerse el traje que lo haría inmortal. Entonces, el farabute, en función de la verdadera tela que pensaba tejer, con la correspondiente “pelusa” a repartir entre los íntimos testas que colaboraron manipulando las agujas, se probó la ropa que le dejaron y no se dio cuenta de que le quedaba grande. Si se fija bien, señora, si revisa las fechas, verá que, al día siguiente del velorio, con el cuerpo todavía caliente, el farabute Boudou ya colgaba pilchas en ropero ajeno.
Pero ¡ahora me avivo!, qué le voy a contar de eso que usted no sepa. ¿Quién lo nombró en el cargo de de-sastre real, quién lo puso ahí, quién lo bancó, ¡quién le permitió cantar y tocar la guitarra!, quién le sacó el procurador, el juez y el fiscal para que no lo molestaran, quién dejó que se llevara puesto el cargo, la institución, el Senado, la imagen, lo poco que quedaba, quién, señora, la dejó desnuda.

*Periodista.



Carlos Ares