COLUMNISTAS ENTRE NARCOS

La seducción del mal

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La reciente captura del Chapo Guzmán y las frecuentes reposiciones de la adictiva serie Pablo Escobar, el patrón del mal traen nuevamente a la palestra la fascinación que produce en mucha gente, y sobre todo entre las mujeres, las personalidades de esos temidos y temibles narcotraficantes.
Leí por ahí que el Chapo Guzmán tiene en su haber siete esposas, 18 hijos y, además, un sinfín de acompañantes femeninas pagas.
De Escobar Gaviria se sabe que tuvo tres esposas oficiales, pero que llevó a su alcoba centenares de mujeres, de  las cuales, por ser testigos indeseables, muchas desaparecieron después.
Ambos, el mexicano y el colombiano, seleccionaban a sus amantes entre modelos, reinas de belleza, deportistas, colegialas, presentadoras de televisión, actrices.

Está comprobado que la vida de los dos configura una suerte de temática más que seductora para el público femenino. El presunto carisma –del “Chapo” y del “Patrón”–  ha hecho que se mirara hasta con cierta simpatía a esos tremendos psicópatas, criminales narcos más cercanos a Lucifer que a buenos padres de familia o a recios amadores.
En realidad, esa seducción del mal viene desde lejos y se dio en todas partes  y en todos los campos.
Desde los “padrinos” o “capos” de la mafia italiana, hasta sanguinarias figuras de la política como las de Hitler, Stalin, Idi Amin, Saddam Hussein y otros tiranos, hasta llegar a las sectas y a un siniestro “gurú” como Charles Manson en los Estados Unidos, hubo de todos los colores en este mundo del mando, del dinero, del sexo y de la droga.
En su reciente libro sobre Hitler,  Ha vuelto, el escritor alemán Timur Vermes dice: “El peligro puede ser atractivo. Y si es atractivo, el poder que llega a tener es muy grande”.

Violadores, asesinos, líderes narcos, delincuentes de la más terrible calaña son capaces de enamorar a muchas mujeres y hasta a casarse con ellas (cuando el poder los sustenta).
En los Estados Unidos, a ese tipo de mujeres, vulnerables al extraño encanto del mal, fans de criminales y mafiosos, se las denomina serial killer groupies. Hay incluso un libro titulado Mujeres que aman a hombres que matan, escrito por una autora norteamericana, Sheila Isenberg, donde ésta manifiesta: “Hay mujeres que se acercan a estos asesinos por el afán de notoriedad”. Y sostiene que muchas de ellas albergan en su interior la secreta ilusión de redimir a esos hombres, por lo cual pasan del miedo inicial que les tienen al deseo de cuidarlos y de protegerlos.

“El mal es atractivo y nos puede”, afirma la filósofa catalana Victoria Camps. Algunos psiquiatras creen que la capacidad de seducción forma parte del perfil esencial de los psicópatas y que a través de ese magnetismo que ejercen, manipulan
a las personas y consiguen lo que quieren.
En la Universidad de St. Louis (EE.UU.) se estudió lo que sería “la tríada del mal” y que estaría compuesta por: narcicismo, maquiavelismo y psicopatía.
Estos hombres son, por supuesto, hombres tóxicos, que de psicópatas pasan a ser sociópatas, porque su acción no sólo es un problema individual, sino social.

Lo que resulta de estas historias es que existen ciertas mujeres (sobre todo las que han sufrido violencia de género o que han sido agredidas o abusadas en su infancia),  que se sentirían atraídas por este tipo de hombres. Asociarían de este modo, violencia con virilidad y encontrarían en esos personajes poderosos, tramposos, crueles y pasionales, la intensidad de experiencias pasadas que le son familiares: Eros y Thánatos.
Lucifer fue el ángel caído. Su nombre mismo habla de una luz propia, de un brillo, de un resplandor. Algunos lo llamaban Luzbel, es decir “bella luz”. Al convertirse en Satanás, se transforma en aquello que se contrapone, lo opuesto, lo contrario. Es decir, en el rey de las tinieblas.
Acaso es esa luz incierta detrás de la oscuridad la que les da a esos  “patrones del mal” ese aparente encanto, esa facilidad de palabra y de seducción, ese sortilegio que obnubila, que hechiza, que fascina y que luego será, ni más ni menos que… una atracción fatal.

*Escritora y columnista.



Alina Diaconu