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La tierra es la que trabaja

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La tierra es de quien la trabaja”, escribía Emiliano Zapata en noviembre de 1911, hace más de un siglo, lo que es decir en otro mundo. El revolucionario mexicano aspiraba a la concreción de una reforma agraria que devolviera a los campesinos la propiedad de los terrenos que habían poseído, para ponerlos a producir en un sistema socialista. En el siglo XXI, tras décadas de crisis constantes en toda la región, América Latina halla la raíz de sus problemas en una curiosa inversión de esta máxima: aquí, “la tierra es la que trabaja”. En tanto, el valioso capital humano languidece por falta de dirección y estímulo.

La dependencia de la tierra no es un problema menor. Es la clave del atraso económico en que toda la región se ha visto sumida durante buena parte de su historia, y de los a veces violentos ciclos de crecimiento y desaceleración económicos. Podría pensarse que contar con grandes riquezas naturales es una bendición para cualquier país, pero la experiencia latinoamericana muestra que cifrar el destino de las cuentas nacionales en estas riquezas es una receta para el fracaso. Apoyarse exclusivamente en el petróleo, la banana, la soja, el cobre o el maíz es atar la suerte del país a una fuente de ingresos extremadamente volátil. Entretanto, algunos de los países que han registrado un notable crecimiento en los últimos años no tienen grandes recursos naturales.

La reciente desaceleración de China, cuyas inauditas tasas de crecimiento habían sostenido a nuestra región durante largos años, pone en evidencia el desacierto. La reconversión del gigante asiático, que ha decidido cambiar de rumbo para encarar la próxima etapa de su desarrollo, es un dolor de cabeza para Latinoamérica, que durante tanto tiempo se había apoyado en el meteórico ascenso chino para financiarse y crecer a su vez.

No es, claro, culpa de China, sino de cierta falta de previsión o de audacia de nuestra parte. Tenía razón Zapata en poner el énfasis en el trabajo, que es y será siempre la clave del desarrollo económico. Pero en América Latina, paradójicamente, se trabaja poco. Más bien se pone a trabajar la tierra y se administra lo que ella produce. Con excepción de México, un caso notable que analizaremos con cierto detalle, todos los países del subcontinente viven de lo que les da la tierra y dejan sin explotar su recurso natural más importante, que es la mano de obra. Y la commodity más importante y abundante, pero menos explotada de todas, es la cabeza, en la forma de ideas, tecnología, patentes. Cuando hay abundancia de recursos naturales, pero carencia de ideas, el crecimiento sostenido no aparece.

Se impone, por lo tanto, buscar otro modelo. Los líderes de la región lo saben hace tiempo; por eso, en las dos últimas décadas se han dado dos oleadas de reformas peyorativamente referidas como “neoliberales”, que les permitieron a prácticamente todos los países alcanzar la estabilidad económica que hasta entonces les había resultado esquiva. América Latina logró así derrotar las crisis económicas y conquistar a la inflación, que eran dos fenómenos recurrentes. En casi todo el subcontinente la estabilidad es la norma. Eso, que es básico y fundamental, ya está hecho.

Pero lo cierto es que esas reformas se han quedado a mitad de camino. A lo largo y a lo ancho de Latinoamérica campea el desencanto porque en los últimos años (tras la extinción del boom de las commodities) se ha dejado de crecer, en buena parte gracias al viraje chino. Al momento de escribir esto se registra la mayor caída en el comercio regional desde la crisis mundial de 2008-2009, los precios de las materias primas llevan meses abajo y, como consecuencia, las economías locales se enfrían cada vez más.

Aun con las reformas que se han concretado en la región, para darle solidez y estabilizar la economía, toda Latinoamérica sigue dependiendo aún de los recursos naturales y, por lo tanto, de la demanda de estos recursos por parte de otras naciones. Al caer esa demanda, la región se perjudica. Y esta caída de la demanda se focaliza para nosotros, esencialmente, en un solo país: el gigante asiático, que sostuvo casi por sí solo el boom del que gozó América Latina en las últimas décadas.

Habiendo conquistado la estabilidad económica, el desafío ahora es transformar esa estabilidad en crecimiento. Pero estoy hablando de crecimiento no sólo fuerte, sino sólido y sostenido, que es la única manera posible para alcanzar el desarrollo.

Pero con el modelo actual eso será imposible. Las economías latinoamericanas siguen dependiendo casi exclusivamente de los regalos de la naturaleza, y hace falta una serie de cambios profundos que impulsen el desarrollo a partir de la explotación de lo más valioso que tienen los países: su gente.

Procurar la formación de trabajadores especializados, impulsar la creatividad y la iniciativa empresarial, fomentar el crédito y dar las condiciones para que la inclinación emprendedora del ser humano florezca y prospere es el camino que le permitirá al subcontinente deshacerse de las cadenas que aún lo atan al pasado e integrarse definitivamente en la marcha hacia adelante del mundo desarrollado.

Este libro es una propuesta para pensar juntos las reformas que hacen falta. No lo escribo desde la certidumbre del técnico, ya que no soy economista, pero sí desde mi posición como testigo privilegiado: como periodista, me he pasado casi veinte años viajando una y otra vez por toda la región, desde México hasta la Argentina, desde Ecuador hasta Puerto Rico, conociendo sus características, sus problemas, sus líderes políticos, empresarios y sociales. A su gente. (...)

La hipótesis central que me propongo avanzar es que casi todos los países latinoamericanos necesitan diversificar sus economías y liberarse del abrazo de oso de las commodities. Para ello, deberán implementar una tercera serie de reformas que vayan más allá de las dos oleadas de cambios que tuvieron lugar en los 80 y 90, y que le permitan a América Latina adaptar su perfil a las estrategias exitosas del mundo desarrollado. Es decir, incorporarse al Primer Mundo.

*Periodista. Fragmento del libro El continente dormido, editorial Debate.

Alberto Padilla