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La Tota y el poder

Por Daniel V. González (*) | Ni los socialistas, tan respetuosos de las formas democráticas, pudieron contenerse ante la perentoria tentación de enrostrar a Del Sel su condición de cómico.

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Foto:cedoc

Cada vez que en el horizonte se insinúa como triunfador alguien ajeno al medio político, ocurre algo increíble: los mismos que se quejan todo el tiempo de los vicios de la clase política argentina, son los primeros en rechazar al recién llegado adjudicándole, principalmente, ausencia de versación en la nueva actividad. 

Los outsiders son mirados, inevitablemente, con desconfianza. Se les atribuye desconocimiento del mundo de la política, ignorancia de los vericuetos y pasadizos secretos del poder, ingenuidad. Y a veces, también, falta de preocupación por los problemas de la provincia o el país, falta de experiencia y una actitud frívola hacia los grandes temas.

Al parecer, en el imaginario colectivo, especialmente en el de la clase media ilustrada, existe una suerte de derrotero que debe seguir un aspirante a cargos ejecutivos de índole electiva: militancia universitaria, pegatina de afiches, pintura de consignas, con aerosol, en paredes, etc. Y luego, el escalafón: concejal, diputado provincial y así hasta llegar, si tiene suerte, a una postulación mayor, a las Grandes Ligas.

¡Ni hablemos de los setentistas setentones! Ellos son más exigentes al momento del casting de candidatos. Son auténticos paladares negros. Un buen candidato, para ellos, tiene que haber pasado por alguna instancia de la lucha en aquellos años de plomo y sangre. Pero éste es un antecedente que se puede saltear. Y perdonar. Por ejemplo, si en esos años uno se dedicó simplemente a hacer plata sin mirar hacia los costados, alcanza con que ahora sea fanático de los DDHH. Y si puede distribuir cargos entre los antiguos militantes antiimperialistas… pues bien, eso ya es una prueba definitiva de su condición de luchador popular. Para estos confortables combatientes, llegar a tener una cuota de poder por una vía que no haya transitado el tortuoso camino de la pasión (y eludido la crucifixión, claro), es sencillamente despreciable.

Además, el camino hacia el poder incluye, como escalón inevitable, la Facultad de Derecho. Todos los presidentes desde 1983 hacia aquí, han sido abogados.

La Tota y sus pretensiones

El caso de Miguel Torres Del Sel ha despertado un cierto furor crítico que se expresó a partir de la misma noche de su victoria, en las redes sociales. Las críticas, muy despectivas hacia sus atributos para ejercer el poder en la provincia de Santa Fe, provinieron principalmente desde las filas del oficialismo. Tanta furia es comprensible: el domingo pasado el gobierno recibió malas noticias desde las dos elecciones PASO realizadas.

Pero hay un hecho curioso: el pre candidato a presidente más fuerte que ofrece el oficialismo, aunque lo haga sin convicción y a regañadientes, es Daniel Scioli, alguien que fue cooptado a la política por Carlos Menem en la odiada década de los noventa. Scioli no proviene de ninguna trinchera heroica sino de la motonáutica. Su brazo no es una herida cobrada en batalla alguna, como no sea la de una lancha contra el agua. Sin embargo, pese a no recorrer el derrotero pensado por los bravíos combatientes kirchneristas, y muy a pesar de ellos, Daniel Scioli describe una trayectoria inobjetable desde varios puntos de vista que lo llevará, muy probablemente, a la presidencia de la Nación; hoy es el candidato al que se le asignan más chances.

El oficialismo peronista, además, exhibe siempre con genuino orgullo a Eva Perón proveniente, en todo caso, de un medio tan frívolo como el de Miguel Del Sel: el mundo del espectáculo. Su incorporación a la política, se sabe, fue casi producto del azar. Y del amor, claro. A la sombra protectora de Perón construyó un vínculo especial con un amplio sector de los pobres de la Argentina.
Tampoco a Carlos Reutemann y a Ramón Palito Ortega les fue mal en sus respectivas gobernaciones. Las burlas y el desprecio hacia los que llegan a la política provenientes de actividades ajenas al canon estipulado tienen una larga historia. Uno de los casos más significativos quizá haya sido el de Ronald Reagan, que gobernó Estados Unidos entre 1981 y 1989. Su pasado como actor poco destacado era motivo de mofa entre la intelectualidad “civilizada” de la muchos países de Occidente sin excluir a los Estados Unidos. Se lo comparaba con un cowboy de torpes movimientos y carente de entendederas. Su presunta opacidad, sin embargo, no fue un impedimento para que comprendiera como nadie el momento histórico que le tocó como presidente del país más poderoso del mundo. Fue él quien contribuyó como nadie al derrumbe de la Unión Soviética, más allá de los propios méritos que acumuló durante décadas el sistema socialista.

Ni los pulcros socialistas, tan respetuosos de las formas democráticas, pudieron contenerse ante la perentoria tentación de enrostrar a Del Sel su condición de cómico

Cuando pronunció la frase “Tear down this wall, Mr. Gorbachov!” (Tire abajo este muro, Sr. Gorbachov), frente a la puerta de Brandeburgo, los académicos y diplomáticos de todo el mundo (y muy especialmente los de Estados Unidos) se tiraban los pelos al ver lo que pensaban era un exceso de rusticidad en las relaciones internacionales. Pero no se trataba de torpeza sino de fina percepción del momento histórico.

Los que llegan

El advenedizo no recorre el camino tradicional hacia el poder. Utiliza la fama adquirida en alguna actividad ajena a la política y capitaliza, desviándolo, su vínculo con el público. Su lenguaje, normalmente evita los alambiques construidos a fuerza de palabras trilladas y obviedades. Construye un nuevo lenguaje, más directo y despojado de condimentos ideológicos excesivos, tan gratos éstos a la clase media semi ilustrada.

En tal sentido, el outsider se gana la desconfianza –si no el odio inmediato- de los intelectuales que no soportan modos de acceso al poder que salteen la lectura minuciosa y el apego a los libros de los estudiosos de la materia, de Niccolo Machiavelli a Laclau.

Ni los pulcros socialistas de Santa Fe, tan respetuosos ellos de las formas democráticas, pudieron contenerse ante la perentoria tentación de enrostrar a Del Sel su condición de cómico y, en consecuencia, su ineptitud para ejercer el gobierno de Santa Fe. Este concepto supone que para gobernar una provincia o un país, es preciso revistar en determinadas profesiones y que otras quedan excluidas por ser consideradas poco afines a la política.

Finalmente, resulta gracioso que un gobierno que miente descaradamente los datos centrales de la economía, que acoge y defiende a alguien como Amado Boudou, un gobierno que no puede explicar la muerte de un fiscal que acusó a la presidenta, ahora analice con lupa severa el pedigrí político de un candidato de la oposición.

(*) Especial para Perfil.com.



Daniel V. González (*)