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La "tragedia griega" de Hurban y la pelea política que se esconde en la Justicia

La disputa entre Servini de Cubría y Estela de Carlotto no se trata de una noticia de índole puramente judicial sino sustancialmente política con gruesos ribetes éticos.

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Foto:Cedoc
Pocos temas son tan difíciles de abordar como los referidos a la sangrienta década de los años setenta en la Argentina. Terrorismo, represión, muerte, secuestros, padecimientos de una ancha franja de argentinos… todo se nos presenta nuevamente, una y otra vez, a cada paso, con el empecinamiento de los grandes temas sin resolver.

La dificultad se refuerza, además, para quienes no estamos de acuerdo, en aspectos sustanciales, con la versión de los hechos que se ha impuesto en los últimos años al influjo de las ideas que emana el actual gobierno.

Son varias las aristas ominosas incluidas en aquel legado tenebroso. No son pocos los políticos y periodistas que evitan cualquier referencia a ese pasado. Una de las razones que explican esta precaución extrema proviene, probablemente, del temor a que cualquier disonancia con la versión oficial alinee a quien la expone con el bando represor.

Ayer pudo saberse que la jueza Servini de Cubría ha recobrado la posibilidad de continuar actuando en el expediente del reciente y resonante caso de la aparición del nieto biológico de Estela de Carlotto, el joven Ignacio Hurban. No se trata de una noticia, ciertamente, de índole puramente judicial sino sustancialmente política con gruesos ribetes éticos.

En días previos a este giro judicial, la jueza Servini hizo saber su voluntad de continuar con la causa iniciada en su juzgado y, a la vez, manifestó su punto de vista en el sentido de poner la lupa sobre la actuación de los padres adoptivos del joven que se reencontró con su identidad.

Días atrás la jueza declaró que“si los llamo a los padres de crianza (de Ignacio) va a haber problemas, para mí son apropiadores hasta que se demuestre lo contrario”. Además, Servini dijo que en los casos en que fueron convocados a declarar, los padres adoptivos de causas similares, terminaron presos.

Por su parte, el propio Ignacio y su abuela biológica Estela de Carlotto expresaron su punto de vista favorable a que los padres adoptivos, Clemente y Juana Hurban, no sean involucrados en la causa. La jueza, rechazó ese reclamo y lo tomó como un intento de entorpecer la acción de la justicia.

Ahora, con la causa nuevamente a su disposición, Servini cambió su carátula anterior por la de “Hurban Clemente, Rodríguez Juana María, Sacher Julio Luis Alberto s/sustracción de menores de diez años, supresión del estado civil. Querellante: Barnes de Carlotto Enriqueta Estela, damnificado: Hurban Ignacio”. Y la polémica vuelve a abrirse.

Un drama descomunalLa entrega de los hijos de guerrilleros ejecutados en cautiverio a padres adoptivos es una de las secuelas más terribles que dejaron aquellos años de horror.

Uno de los protagonistas de aquel tiempo fue Héctor Ricardo Leis, que integró el grupo terrorista Montoneros y que luego realizó un duro cuestionamiento a las acciones del agrupamiento en varias notas periodísticas y en dos libros clave: Un testamento de los años 70 y Memorias en fuga, una catarsis del pasado para sanar el presente. Sus ideas críticas también fueron expuestas en El diálogo, una película documental en la que Leis conversa con Graciela Fernández Meijide.

El pensamiento de Leis es sumamente crítico hacia la guerrilla argentina pero, además de eso, el autor no esquiva el abordaje de los temas más complejos, como el del destino de los hijos de los desaparecidos.

Dice Leis: “Cuando el peligro catastrófico se anuncia en cualquier de sus formas (tortura, prisión, terremoto, enfermedad terminal, etc.), pocas cosas permanecen firmes; la familia es una. Es terrible y lamentable que la modernidad haya puesto en marcha una exitosa desconstrucción nihilista de esta institución. Para explicar mejor recordemos una de las escenas más violentas de la película La caída, que retrataba los últimos días de Hitler en su búnker de Berlín. Allí puede verse a Magda Goebbels matar a sus hijos con pastillas de cianuro para que no sobrevivan a la derrota del nazismo.”

Tras esta introducción, Leis va al centro de la cuestión con palabras muy duras: “Por suerte, el nihilismo de los fundamentalismos de los setenta no llegó hasta ese punto. Ni el nuestro ni el delos militares, que eran capaces de matar y desaparecer prisioneros, pero nunca a sus niños. Las guerrilleras embarazadas querían tener a sus hijos antes que llegara su destino de muerte, y los militares salvaron a los niños de la única forma que podían en ese contexto: dándolos en adopción ilegal”.

Y sigue Leis: “Paradójicamente, ese rescate de la vida en medio de la muerte fue el único delito no contemplado por la ley de autoamnistía de la dictadura. A pesar de que ellos no eran infanticidas, como Magda Goebbels, la substracción de esos bebés de las familias biológicas constituyó su primera condena por ‘crímenes contra la humanidad’”.

El caso HurbanComo puede verse, la opinión de Leis es dura y va contra el pensamiento convencional sobre este tema. En forma audaz y con gran valentía intelectual y personal, Leis rescata –en medio del horror del contexto sangriento- la decisión de los verdugos de la madre, de salvar la vida de los hijos tenidos en cautiverio.

En el caso Hurban, lo que está en discusión no es ya la acción de los militares sino la de los propios padres adoptivos, a quienes tanto Estela de Carlotto como el joven Ignacio Hurban quieren preservar de la acción de la jueza Servini, que actúa aplicando la ley vigente, que hasta ayer nomás a todos parecía justa.

Lo cierto es que Clemente Hurban y su mujer Juana, según los testimonios de su propio hijo adoptivo como de Carlotto, criaron a Ignacio con dedicación y amor probablemente ignorando su verdadero origen. Si quisiéramos continuar con el razonamiento de Leis, podríamos decir que la cadena de voluntades a la que debe su vida Ignacio Hurban estuvo constituida por la decisión de los militares que decidieron que conservara su vida, la persona que fue el nexo entre ellos y los padres adoptivos y éstos, Clemente y Juana Hurban, que lo recibieron y criaron durante largos años.

Es el milagro de la vida en medio del horror de la sangre. Lo que decimos no es más que una constatación objetiva sobre un hecho concreto: los asesinos de la madre, salvaron la vida del hijo. Pero en este caso el tema ético (y jurídico, desde ya) en discusión no es la acción militar sino la conducta de los padres adoptivos, que le dieron casa, amor y apellido a un niño cuyos padres estaban desaparecidos.

Más allá del texto de la ley y de la interpretación de la jueza, más allá de la voluntad de Carlotto e Ignacio (o Guido, conforme al nombre elegido por su madre biológica), la situación es propia de una tragedia griega, con fuerte invasión de los sentimientos y la ética por encima del gélido texto legal que ahora se vuelve vengativamente contra la voluntad y los deseos de quienes lo promovieron.

Para reencontrarse con su historia, Ignacio (Guido) ha oficiado, más allá de su voluntad, como la pieza esencial de un engranaje que puede llevar a sus propios padres –devenidos ahora ante él como adoptivos- a rendir cuentas ante una ley que puede condenarlos porque el acto de adoptar a un niño durante décadas está incluido en una ley que parece reprocharles un acto de amor indudable, en razón de que este hecho ocurrió en medio de una guerra de la que ellos no participaron de ningún modo, salvo acogiendo a una de sus víctimas.

(*) Especial para Perfil.com.



Daniel V. González