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La tristeza brasileña

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A veces me pregunto por qué, dado que la Argentina es cada vez más un apéndice industrial de Brasil, no lo es también en materia literaria. Es cierto que allá escriben en otro idioma, pero igual me llama la atención que la literatura brasileña tenga tan poca penetración a este lado de la frontera. En los últimos años, en buena medida gracias a la ayuda a la publicación del Ministério da Cultura, numerosos autores han sido traducidos al castellano (con la bendición de no pasar antes por España) y no pasan seis meses sin que una larga nota en un suplemento cultural hable de la pujanza de los nuevos escritores brasileños y la excelencia de los viejos, de Machado de Assis a João Gilberto Noll, de Guimarães Rosa a Sérgio Sant’Anna, de Clarice Lispector a Dalton Trevisan. En la extensa lista no faltan próceres ni promesas, no faltan narradores populares ni poetas exquisitos. Tampoco faltan seminarios de traductores y académicos ni viajes al sur de los escritores: cada año se los encuentra en la Feria del Libro o en el Filba. Me dirán que éste es un proceso de difusión paulatino que recién comienza a dar sus frutos, pero no estoy convencido de que la circulación (sobre todo de los nuevos autores) exceda demasiado los círculos profesionales, aunque es cierto que ése es un problema de la literatura en general.

El libro de los mandarines es la quinta novela de Ricardo Lísias (San Pablo, 1975), uno de los autores que vinieron a la Feria este año. Paulo es un ejecutivo bancario de San Pablo, víctima de una seria y desopilante psicosis, que inspirado por la personalidad intelectual de Fernando Henrique Cardoso descubre la afinidad entre el pensamiento del ex presidente y la cultura china desde Confucio hasta Mao. Enviado por el banco al increíblemente corrupto Sudán, Paulo imagina que está en China; a la vuelta escribe un libro con sus experiencias (en China) y funda un centro de asesoramiento para ejecutivos cuya verdadera atracción (sin que él llegue a entenderlo) son unas prostitutas sudanesas a las que el clítoris les ha sido ritualmente extirpado. Leí las 450 páginas de la novela con cierto asombro por el rigor profesional de Lísias, por la eficacia de sus procedimientos: el libro recrea el clima de agobio, despersonalización y homogeneidad en el mundo corporativo potenciado en la mente obsesiva y paranoica de Paulo gracias a la repetición de frases, a llamar Paulo, Paula, Paul... a todos los personajes o a la presencia de una mente que vigila la narración como un Gran Hermano.

Novela sobre la obsesión profesional, es a su vez un perfecto ejemplo de obsesión literaria. Basta ver la página final de agradecimientos a quienes contribuyeron a la verosimilitud del libro en temas diplomáticos, médicos, financieros, geográficos, lingüísticos. Más impresionante es que la última frase del libro sea ésta: “Durante el tramo final de la última redacción del libro, mi gran amigo André Silva, que había discutido conmigo los primeros manuscritos, decidió quitarse la vida. A él, por último, mi homenaje”. Lísias resulta tan visceralmente meticuloso como Pablo y parece tan convencido como él de que la tarea debe terminarse con celo y eficiencia. Creo que los argentinos no somos tan aplicados ni tan tristes y, en el fondo, Brasil nos da miedo. Tal vez por eso...



Quintín