COLUMNISTAS SIN PLANES A LA VISTA

La última devaluación o la próxima

Una depreciación de la moneda tiene éxito cuando se registra un cambio de tendencia y comienzan a ingresar divisas a la economía. Por qué no lo encara el Gobierno.

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Empiezo por el final. En la macroeconomía argentina de hoy, la única devaluación que sirve es la última.

Me explico. Una devaluación es “la última” cuando, a partir de ella, las expectativas de devaluación en un horizonte de tiempo razonable bajan a cero. A partir de allí, las “leyes de la economía” funcionan con cierta normalidad, los flujos financieros se regularizan y el instrumento tasa de interés resulta operativo. Pasado al castellano antiguo, la última devaluación es aquella que genera ingreso de capitales a ese precio del dólar, es decir que hace que las empresas y los particulares tengan más ganas de “vender” que de “comprar” dólares.

Toda otra devaluación no sirve porque, si bien por un rato las expectativas de devaluación bajan a cero, no bajan por un lapso lo suficientemente extenso como para crear reacciones positivas de magnitud en el ingreso de capitales a tasas de interés aceptables, para el desempeño de la economía y el crédito.

Dicho esto, la pregunta inmediata es: ¿qué hace falta para que una devaluación sea percibida como la última?  Básicamente, un programa que convenza a los ciudadanos y empresas de que el nuevo tipo de cambio es consistente con la tasa de inflación esperada, la que, a su vez, depende de las condiciones fiscales y monetarias. Otra vez, traducido al castellano antiguo, para que una devaluación sea percibida como la última hace falta que las expectativas de devaluación hacia adelante sean compatibles con las expectativas de inflación, y las tasas de interés tienen que poder arbitrar entre ambas expectativas.

Obviamente, las minidevaluaciones del año pasado, el salto devaluatorio de enero y las minidevaluaciones posteriores no cumplen con las condiciones necesarias para ser percibidas como “la última”. Fueron/son devaluaciones sin programa.

En ese contexto, las expectativas de devaluación han crecido de la mano de las expectativas de inflación y de tasas de interés que no arbitran. De hecho, la tasa de interés que “equilibra” las expectativas es tan alta que resultaría insostenible.

Y las expectativas de inflación siguen altas porque el descontrol fiscal, financiado con emisión del Banco Central, se amplió en estos meses.
No es de extrañar, entonces, que la brecha entre los dólares “libres” y el dólar oficial se haya ampliado a más del 70%. Seguramente, esta es una brecha exagerada, al menos en el corto plazo. Pero con una tasa de inflación en torno al 35/40% anual, tasa de interés en pesos negativa, y la perspectiva de emisión monetaria futura y de menor oferta de dólares por la caída de los precios de exportación de la Argentina y la menor demanda brasileña, no es un número “descabellado” pensando en el mediano plazo, en particular si, después de enero, o antes, con intervención de un privado, no hay acuerdo para levantar el fallo adverso de la Justicia norteamericana.

Un imposible. El Gobierno no quiere devaluar, y hace bien. Sin un programa monetario y fiscal creíble (y no lo tiene), la devaluación no sería la última, duraría menos que la anterior, y sólo generaría más descontrol inflacionario.
Por lo tanto, y como lo anticipáramos, está tratando de bajar la brecha “a golpe de policía”, obligando a los que puede obligar a que vendan sus títulos en dólares y presionando a los que puede presionar, para que no haya operaciones o no aumenten los precios en el blue.

Mientras tanto, busca administrar las reservas, tratando de obtener “crédito comercial”. Es decir, pidiendo a las exportadoras que adelanten fondos a la espera de que los productores, finalmente, vendan su soja, y pidiéndoles a los importadores que consigan crédito de sus casas matrices, o sus proveedores, y entregando reservas a cuentagotas. Es decir, está “pulseando” contra el mercado para convencerlo de que la devaluación que pasó no fue la última, pero que tiene dólares suficientes para “aguantar” sin devaluar.

El punto, entonces, es: ¿cuántos dólares son suficientes, dados los pesos que “sobran” y dados, como se dijo, la caída del precio internacional de la soja, y el menor crecimiento de Brasil, o el precio futuro del real?

Obviamente, no tengo la respuesta. Y si bien hay algún margen de maniobra, renovando parte de la deuda que vence y siguiendo con este esquema de “forzar” oferta y postergar demanda, intuyo que, sin nueva deuda, la “próxima” devaluación será difícil de evitar.



eszewach