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La velocidad de 2014

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La velocidad de las transformaciones que experimentó la política argentina en los últimos seis meses da vértigo, tanto que las elecciones legislativas de medio término quedaron casi en el olvido. Un ejercicio de memoria indicaría que el día después de los comicios de octubre pasado mostraba como ganador a Sergio Massa, pero con la certeza de que el Gobierno había sido el más votado y mantenía la mayoría en las dos cámaras. Y mientras emergían posibles candidatos presidenciales de cara a 2015, el jueves de esa misma semana, para confirmar la sensación triunfal kirchnerista, se conoció el fallo de la Corte Suprema que declaró la constitucionalidad de la Ley de Medios. El final de año trajo al primer jefe de Gabinete con autonomía desde la reforma constitucional: Jorge Capitanich. Su estilo le inyectó un rápido giro a la estrategia de comunicación del Gobierno y todo iba a una velocidad sideral hasta que estalló la crisis de las policías provinciales y luego los cortes de luz. Llegamos a fin de 2013 agotados.

Pero así fueron los años del kirchnerismo con Néstor y Cristina. Uno puede darle más o menos crédito a él o ella, pero la capacidad de desplazar la atención entre arenas y asuntos políticos ha sido una de las continuidades, paradójicamente, de esta coalición política que, al mismo tiempo, fue cambiando y mutando su integración y las proporciones de poder de sus integrantes. Si uno compara el gabinete del primer kirchnerismo con el del último tramo del gobierno de Cristina Fernández notará los cambios cualitativos. No me refiero a la calidad de sus miembros, sobre la cual cada quien tendrá sus opiniones, sino a los desplazamientos de grupos y sectores.

Voy al asunto: la tensión entre el PJ de los gobernadores, el peronismo de los sindicatos y el kirchnerismo no pejotista siempre estuvo latente, y en el actual escenario la forma en que se resuelva afectará las condiciones de la continuidad, en el corto plazo, y de rendimiento electoral, en el mediano tiempo.

Las restricciones económicas para los movimientos políticos son severas, y tampoco son exógenas a las decisiones que el propio Gobierno ha venido tomando o dejando de tomar. Pero si bien no es infinito el margen de maniobra tampoco está reducido a una única opción posible. Hay margen para la política y allí reside la incógnita acerca de cómo se resolverá, al interior del gabinete, la puja política entre los diferentes grupos y sus respectivos aliados económicos y sociales. Nunca un gobierno es una organización monolítica de voluntades e intereses por más disciplinados que los pueda tener un presidente o jefe político. Pero en la medida que ese jefe político comienza a perder su capital político y electoral la heterogeneidad se hace visible y comienzan las pujas. No hay resultados determinados de antemano por más que la historia reciente del país nos muestre finales de ciclos similares. Insisto: el modo en que se resuelva la puja entre el PJ y el kirchnerismo y, una vez resuelta esta puja, el tipo de vínculo que el Gobierno establezca con los actores económicos y sociales, serán clave para pensar qué nuevos escenarios se pueden plantear; desde los más catastróficos pesimistas opositores hasta los más optimistas creyentes oficialistas. De modo que para tener una hoja de ruta ordenada de aquí a 2015 habrá que resolver la relación de fuerza al interior del Gobierno, en primer lugar, y de lo que allí suceda sabremos cuánto resto político le queda. De esa resolución dependerá el tipo de vínculo y comunicación con los actores organizados, económicos y sociales, y las posibilidades de un acuerdo que introduzca un poco de certezas para los agentes económicos. Si la Presidenta reconoce la nueva ecuación y entiende cómo resolverla, demostrará que no en vano fue reelecta. A favor cuenta con que el kirchnerismo durante los últimos diez años ha sabido mutar y corregir, aunque a veces a destiempo. Si no registra la nueva ecuación, o no decide emprender su resolución, entonces la velocidad de la política quizá siga aumentando al punto tal que 2014 termine siendo 2015.


*Profesor de la Universidad de San Andrés y doctor en Ciencia Política, Flacso, México.



Diego Reynoso