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La verdadera cara de Macri

El Presidente muestra que no oculta problemas ni revela cómo los resolverá. Falta conocer cómo jugará en la política electoral.

BLUE EYES, Mauricio Macri.
BLUE EYES, Mauricio Macri. Foto:Pablo Temes
Hace diez meses, la sociedad votó y eligió a un presidente a quien conocía poco. Gradualmente lo va reconociendo y, en ese proceso, va confirmando sus presunciones: es lo que se suponía, con sus atributos buenos y los no tan buenos. Si podrá o no resolver los múltiples problemas que aquejan al país todavía está por verse; también ésa era una gran incógnita a la hora de definir el voto. El Gobierno insiste mucho en que los problemas actuales son producto de los desaciertos del gobierno anterior y en que, en parte, los problemas actuales se magnifican porque bajo el gobierno anterior estaban disimulados. Esa historia es creíble para gran parte de la sociedad, pero no ayuda a digerir los malos tragos del presente. Al Gobierno no lo corre la sombra de un kirchnerismo con posibilidades de volver, lo corren los problemas reales del país real.

De todos esos problemas, el que muestra la cara más dramática y problemática de la verdadera argentina es el que el Indec acaba de mostrar: un tercio de la población de nuestro país vive en la pobreza. No es que no lo sabíamos: ningún argentino creyó ni por un instante que en la Argentina hay menos pobres que en Alemania, como se dijo desde el gobierno anterior no hace mucho tiempo; ninguno se mostró especialmente sorprendido cuando desde el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica año a año se nos presentaban datos que confirmaban esa realidad. Pero el “de eso no se habla” que muchos compartían ayudaba a seguir de largo sin mirar lo que estaba sucediendo. Lo nuevo no es el dato sino que ahora es un dato oficial, que es el Gobierno el que comunica esa realidad y que el presidente de la Argentina, haciéndose cargo de esos números, acepta que su gestión sea juzgada con esa vara. El discurso oficial, que ya no es más el de los relatos pretenciosos, no negará que somos una sociedad con más de un treinta por ciento de habitantes que viven en la pobreza y casi siete por ciento de indigentes.

Claro, se dice, admitirlo es importante pero más importante es resolverlo. En ese plano, es el Gobierno el que tiene que definir los enfoques para empezar a revertir la situación. Sin duda, hay muchas cosas que pueden hacerse a escala micro: asistencia, ayuda, urbanización de villas, integración de áreas marginales con el mundo de los incluidos. Pero es imprescindible entender la causalidad en el plano macrosocial: política de empleo –que hoy escasea–, de inversiones –para que se generen oportunidades de empleo–, de educación –para que los jóvenes califiquen para los empleos del mundo actual–, creación de oportunidades –para promover valores emprendedores y modificar actitudes– y estímulos a la actividad productiva.

Estos días se han suscitado algunos debates interesantes en torno a ejercicios intelectuales que procuran caracterizar al actual gobierno. Algunos hablan de un gobierno de “derecha” –o de “centroderecha”, a la usanza argentina–, llevando la discusión a un plano semántico, ciertamente debatible, posiblemente poco conducente. ¿Qué, o quién, es de “derecha”: el Gobierno, el contenido de sus políticas, sus votantes?

Más provocativa, al menos por salir de lo convencional, es la idea del historiador económico Pablo Gerchunoff, quien en un reportaje periodístico lanzó la caracterización de un gobierno que cultiva el “populismo de largo plazo”. Esto es, un gobierno que no sólo no quiere sino que sobre todo no debe aspirar a una reducción inmediata del nivel del gasto público, por lo menos hasta no asegurarse el triunfo en las elecciones parciales del año que viene.

Interrogante. La gran pregunta no es qué pensamos quienes podemos sentirnos tentados de entrar en ese tipo de debates, sino qué piensan los inversores a quienes el Gobierno busca atraer. Este gobierno de perfil indefinido, que despierta buenas expectativas en una sociedad descreída y malhumorada, que es visto con simpatía por casi todo el resto del mundo –excepto en los enclaves bolivarianos que aun quedan en América Latina–, elige no explicitar sus estrategias para atacar los problemas más complejos. Avanza caso por caso, por ensayo y error, cuando un enfoque no funciona prueba con otro, se muestra proclive al diálogo.

Una cara del verdadero presidente Macri, el que día a día se va develando, es la de quien no oculta los problemas, no trata de manipular las estadísticas, no niega la realidad ni inventa otra. Es el que prefiere buscar soluciones graduales a políticas de shock. Detrás de los rasgos que subraya, con gracia, su imitador televisivo, hay un presidente que no se disfraza detrás de relatos fantasiosos, que no busca explotar ese costado tan típico de la sociedad argentina, proclive a enamorarse de líderes que enarbolan grandes discursos y promesas providenciales, un presidente que prefiere llamar a las cosas por su nombre y que trata de conectarse con votantes normales, de carne y hueso, de ser humano a ser humano. Ese parece ser el núcleo esencial del enfoque de la comunicación que adopta este gobierno; no es una opción teórica por los medios interactivos por sobre los medios tradicionales, como suele decirse; es una opción pragmática por sintonizar con el lado más fresco y simple del ser humano con el cual se habla. Posiblemente funcione, porque los argentinos de hoy estamos preparados para ese estilo de comunicación.

La otra cara del verdadero presidente Macri es la que aun está por develarse: cómo jugará en la cancha de la política electoral si, cuando llegue el momento, dentro de pocos meses, los indicadores del país siguen siendo malos, las inversiones no llegan y el humor social continúa deteriorándose. Si este “populismo de largo plazo” termina siendo, efectivamente, una nueva variante de populismo, y se empieza a ver claro, sobre la superficie, lo que algunos creen ver debajo de las aguas: un país que no sale adelante porque no encara con suficiente resolución sus problemas más serios, porque sus políticos, avalados por la sociedad, siguen aplicando “políticas de parche”. Entonces se sabrá si, bajo el rostro de un presidente amigable, tenemos también un estadista.