COLUMNISTAS

La verdadera tomografía

Una mirada a la utilización del espacio público en la Ciudad de Buenos Aires. 

Confieso que durante muchos años de extensa trayectoria profesional, al igual que muchos otros, yo era un convencido que las grandes verdades se explicaban y se justificaban racionalmente a través de los trazos fuertes de la historia: la economía, la política, los movimientos sociales, particularmente las fechas o acontecimientos gruesos, que marcan a fuego una etapa de la vida del país.

En gran medida sigue siendo así: es imposible aproximarse con éxito relativo a la peripecia de la historia si uno no advierte esas grandes corrientes, esos grandes acontecimientos, las situaciones centrales. Sin embargo, hace ya muchos años que se acentúa en mi condición cotidiana de observador de nuestra existencia, la tendencia a mirar al revés lo que pasa en mi país y en el mundo. Para decirlo de una manera muy simple: ir de lo pequeño a lo grande, no de lo grande a lo pequeño. No fatigarnos con el superávit comercial, el déficit fiscal y el índice de pobreza, no porque no sean importantes. Son datos absolutamente decisivos para comprender en dónde estamos, para diagnosticar en qué estamos. Pero pienso que esto no termina de plasmarse, no coagula, si no lo acompañamos de una mirada minuciosa, detallista, y sobre todo, muy prolija de lo que sucede en la vida cotidiana.

Quizás sorprenda la observación que hice esta mañana, imagino que muchos pensarán que se trata de una pequeñez sin importancia, para explicar los grandes acontecimientos nacionales. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires está haciendo un esfuerzo muy meritorio que yo acompaño como periodista, por tratar de reeducar nuestra actitud para con el espacio público. El espacio público es, en la ciudad de Buenos Aires, esencialmente una cloaca a cielo abierto, agravado con la tendencia que se viene observando hace mucho tiempo, de que cada vez más gente esté usando la calle para hacer aliviarse de sus necesidades personales.

El esfuerzo del Gobierno de la Ciudad por poner en orden y en valor ese espacio público implica, entre otras cosas, enseñar y castigar. El espacio público es público porque no es de nadie. Es de todos porque no es de nadie en particular. En consecuencia, por ejemplo, si cada emprendimiento privado (plomeros, tarotistas, psicoanalistas, maestras que preparan chicos, tapiceros, etcétera), considera que pueden a anunciarse colgando un cartelito de una columna de electricidad o uno de los soportes del espacio público, sin pagar impuestos, y en donde está prohibido hacerlo, esto demuestra que para muchos el espacio público no existe.

Esta mañana, caminando por la vereda que da al Departamento central de Policía, avenida Belgrano entre Virrey Cevallos y San José, observé –pasmado- que las columnas de alumbrado y otros servicios tecnológicos que bordean la jefatura de la Policía Federal Argentina están cubiertos con avisos comerciales privados. Ni siquiera en un entorno custodiado por policías armados existe la noción de que hay cosas que no se pueden hacer en la Argentina. Porque si un cartel fue atado con alambre a 10/15 metros de altura, es porque vino una camioneta y una persona subió y lo ató con alambre, a la vista y a la paciencia de los policías.

Para muchos esta observación es tamaño muy reducido, una micro realidad; sin embargo, creo que lo pequeño se incluye y adelanta lo grande. He llegado a la conclusión de que el espacio público es la tomografía de nuestra vida civil. Lo que vemos y hacemos en y con la calle, lo que pasó aquí mismo, a pocos metros del predio de La Rural, el viernes 2 de mayo, con el recital de Violetta, lo que la gente dejó tiradas, treinta toneladas de basura, expresa mejor que ninguna encuesta de opinión lo que somos como sociedad y qué nivel de importancia le damos a las cosas que se pueden y que no se pueden hacer.

La ciudad funciona como un mueble ofrecido al uso irrestricto y libre de los habitantes. No son ciudadanos, son simplemente habitantes. El personaje promedio que merodea la ciudad de Buenos Aires es un individuo que solo se vale de la ciudad. Hay, desde luego, una minoría de personas, que consideramos que la ciudad no es un bien a ser usado sin límites, sino que nos pertenece a condición de que lo cuidemos. Usarlo, pero cuidándolo. Cuidarlo, para poder usarlo.

Pero no piensa así la mayoría. No me hago ese sentido ninguna ilusión. Pienso que, por el contrario, la mayoría se sirve de la ciudad como algo que le ha sido dado. Es la vieja filosofía del room service, el servicio de habitación: el individuo llama desde el piso 28 del hotel y ordena un sándwich. A él no le importa quiénes lo están haciendo, cuánto gana de sueldo la persona que lo prepara y con qué problemas se está enfrentando. Lo que pide es su sándwich, lo ordena y lo quiere en su habitación. El habitante, o la persona que pasa por Buenos Aires, que a menudo es la mitad de los que aquí vivimos, porque gran parte de la gente viene y se va, se sirve de la ciudad, de sus espacios. ¿Esto libera de responsabilidades al Gobierno de la Ciudad? No, no lo libera.

El Gobierno de la Ciudad debería reflexionar seriamente y además, tomar medidas contundentes para darse cuenta de que mientras sigan colocando mobiliario urbano para que siga siendo utilizado desaprensivamente por los habitantes de esta ciudad, la ciudad estará cada vez más neurótica, más enferma, más aturdida, rumbo a una psicosis ciudadana. Nueve de cada diez personas confiesan estar aturdidas, confundidas y preocupadas por el nivel de locura cotidiana de Buenos Aires. ¿Ha pensado el Gobierno de la Ciudad que parte de ese nivel de locura tiene que ver con la proliferación prácticamente sin límites de artefactos publicitarios que una vez instalados son automáticamente tapados por otras propagandas?

Las pantallas publicitarias luminosas que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires licitó para instalar en toda la ciudad son una catástrofe, además de una estafa para los anunciantes que invierten en ellas. El anunciante que gasta un peso en pretender hacer publicidad de sus productos en esas pantallas luminosas debería saber que todas ellas cubiertas escrupulosamente permanentemente por carteles ilegales. Así sucede al menos en mi barrio, que no es ciertamente uno de los más suntuosos de Buenos Aires, porque las pantallas son rasqueteadas y limpiadas solo en las zonas que ven los funcionarios: Recoleta, Barrio Parque, un poco de Barrio Norte y nada más.

Los contenedores de basura, un intento razonable y sensato de solución para que los vecinos tuviesen en dónde dejar los residuos, también ya han sido tapados por carteles de propaganda. Con los carteles, sucede el famoso fenómeno de las ventanas rotas. Es  un ejemplo que aparece en muchos libros de sociología y que se detectó en Nueva York, durante la crisis de la década del 70, especialmente en el Bronx, uno de los cinco condados de Nueva York. Si una casa abandonada, permanece intacta  nadie sabe si está realmente desocupada. El individuo que arroja una primera piedra y rompe el vidrio,  y al día siguiente advierte que nadie ha reaccionado, sabe que la propiedad puede ser intrusada. Con los carteles pasa lo mismo. Pegan un afiche en un contenedor, no lo sacan, y al día siguiente hay tres carteles más.

El crecimiento del enchastramiento de Buenos Aires es exponencial, y la responsabilidad del Ministerio de Espacio y Ambiente Público es advertir que cuanto más mobiliario urbano coloquen sobre la calle para explotar el negocio de la publicidad, más sucia y loca va a lucir ciudad.

En definitiva, esto convalida y acredita una vieja verdad: el transgresor alega que ignora la letra chica porque la letra grande igualmente es ignorada y porque prácticamente nadie paga por sus delitos y los grandes hechos de corrupción se van desactivando, por lo cual las transgresiones son  pecados veniales nunca demasiado importantes.

El espacio público es, en consecuencia, una tomografía de nuestra indigencia civil. La situación cambiaría, y nosotros podríamos cambiar con ella, si consideramos que desde lo pequeño a lo grande se puede revertir esta tendencia tan impresionante al deterioro de nuestra vida como comunidad.

(*)Emitido en Radio Mitre, el miércoles  7 de mayo de 2014. 



Pepe Eliaschev