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La victoria de Obama

La presión de Estados Unidos logró que Al Assad cediera. La falta de audacia de los que critican al imperialismo sin cuestionar el uso de armas químicas.

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Los sucesos en torno a la crisis siria y las tomas de posición que se sucedieron son un ejemplo excepcional acerca del funcionamiento de las relaciones mundiales, de la cobardía de los líderes políticos y del oportunismo de gran parte de los que hablaron y hablan de este tema.
Cuando Barack Obama anunció la represalia militar contra Bashar al Assad, una lluvia de críticas se desplomó sobre el presidente de los Estados Unidos.

Había quienes advertían sobre las consecuencias mundiales del ataque, quienes clamaban por el diálogo con el tirano sirio (el papa Francisco incluido) y, en general, casi todos ponían en la misma bolsa este caso con la larga historia de intervenciones imperiales de los Estados Unidos. Los que habían callado cuando el gobierno de George W. Bush, mintiendo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, desencadenó la feroz invasión en Irak, que costó más de 700 mil muertos, ahora reprobaban la amenaza de acción contra un gobierno que acababa de utilizar armas químicas contra su población.

Los llamados a la paz eran en verdad llamados a la inacción, a la aceptación pasiva de un antecedente que hacía peligrar la verdadera paz del mundo: la propagación del uso de armas químicas.

Las armas químicas son la bomba atómica de los pobres. Cualquiera puede obtenerlas y su uso puede generar un desequilibrio mayor en el mundo y cientos de miles de muertos. Sobre esta cuestión no debería existir ninguna duda, el que las usa o amenaza con usarlas debe ser detenido (si es necesario con el uso de la fuerza) inmediatamente. Tolerar el uso de estas armas es el mayor peligro que enfrenta la seguridad del planeta.

Se escucharon voces (muchas de ellas habían sido favorables a las intervenciones de Bush) reclamando la plena vigencia del derecho internacional y sosteniendo que una intervención unilateral violaba el sistema jurídico mundial. Habría sido útil que explicaran con alguna mayor precisión de qué derecho internacional estaban hablando. En materia de guerra y paz, el único sistema parecido a una referencia jurídica son las acciones punitivas que decide el Consejo de Seguridad. Pero, como es sabido, si uno de los cinco miembros permanentes se opone, el Consejo queda paralizado.

Esto es exactamente lo que había sucedido hasta ahora. Con la negativa de Rusia y China, no quedaba ninguna “acción legal” para responder a Al Assad.

Entonces, ¿cuál debía ser el camino a seguir? No había ninguno, excepto la amenaza unilateral por parte de los Estados Unidos y Francia de usar la fuerza.

Si se hubiese seguido a la mayoría de las opiniones públicas, a la posición adoptada por gran parte de los medios y la adoptada por los gobiernos, Al Assad habría salido triunfador, el uso de armas químicas se habría tolerado y la paz global estaría en peligro.

El señor Vladimir Putin, cuyo país tiene su única base militar extranjera en Siria, amenazó con los peores pronósticos. El dictador sirio aseguró mil represalias y el incendio del Medio Oriente, y muchos sugirieron que el paso anunciado por los Estados Unidos desencadenaría la tercera guerra mundial.

En este coro de grillos no había ninguna uniformidad ideológica: derecha e izquierda convergían en la crítica a Obama y su decisión.

La señora Angela Merkel se escabulló, los conservadores británicos se tornaron militantes antiimperialistas, y como dije, el Papa reclamaba un diálogo, que había fracasado durante los dos últimos años.

Finalmente, este fin de semana la historia se aclara. El señor Putin, que amenazó con represalias, llega a un acuerdo con los Estados Unidos para el control y destrucción del arsenal químico sirio. Nunca Putin habría dado marcha atrás si no mediaba la decisión de Obama de amenazar con una intervención y estar dispuesto a llevarla adelante.

El presidente de los Estados Unidos quedó solo, contra su opinión pública y contra la mayoría de los líderes del mundo (excepto François Hollande). Porque lo hizo, Putin negoció y cedió y Al Assad tendrá que desarmarse.

En 1938 tuvo lugar el encuentro de Munich entre Hitler, el señor Chamberlain, primer ministro británico, y el señor Daladier, primer ministro francés. El resultado fue la concesión total de ambos ignorando (u ocultando) la amenaza de Hitler. Creían preservar la paz y dieron la luz verde para la guerra. De hecho, convencieron a Hitler de que podría dominar Europa. El alemán comentó entre sus colaboradores, luego del encuentro, su gran sorpresa por la debilidad de los otros, sobre todo cuando, según él, en ese momento una posición de fuerza de Francia e Inglaterra se habría impuesto en términos militares. La debilidad de estos dos grandes demócratas, su oportunismo frente a sus opiniones públicas, abrió paso a una guerra que terminaría con la vida de 60 millones de personas.

Afortunadamente, Siria no fue Munich y Obama tiene audacia, que se ha convertido en el bien más escaso entre los políticos del mundo.

Este éxito no lava ni resuelve las intervenciones de Estados Unidos que fueron hechas en nombre y en defensa exclusiva de sus intereses imperiales. Pero inversamente, lo que ha sucedido esta semana requería un análisis un poco más serio que el de meter en el mismo paquete de los actos imperiales la política que llevó adelante Obama.

Putin cedió porque hubo amenaza y no podía permitir que se comprobara en la práctica su incapacidad militar para bloquear a los Estados Unidos. Siempre supo que si no había acuerdo, habría intervención. Ayer el secretario general de las Naciones Unidas, cuyo estremecedor silencio recorrió el mundo estas semanas, acusó a Bashar al Assad de crímenes contra la humanidad.

De todo lo sucedido, lo más impactante fue la facilidad con la cual tanta gente terminó aceptando la impunidad de Al Assad y el peligro del uso difundido de armas químicas. Esta falta de audacia, de la mayoría de los dirigentes cuyas decisiones cuentan, es en realidad uno de los verdaderos peligros para la paz y la seguridad internacional.



Dante Caputo