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La vida de los otros

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Antes que atender la demanda de María Belén Rodríguez a Google por supuesta violación de intimidad,  la convocatoria de la Corte a una audiencia pública pareció priorizar el cumplimiento de un requisito indispensable para legitimar cualquier gestión institucional: hacer visibles las acciones para estimular el interés de los noticiarios, ganarse un lugar en esa agenda e incidir en la percepción de la opinión pública.
Excepto el de la originalidad, la causa de la ex modelo cordobesa reúne los ingredientes necesarios para montar un road show. Es abundante la jurisprudencia y antecedentes de casos similares que se iniciaron en los estrados, pero adquirieron una dimensión filosófica al renovar el debate sobre los condicionamientos que el avance tecnológico impone a la política.

Discusión particularmente intensa en aquellos países de Europa donde la vida dentro del sistema democrático acumula un historial sobre un modelo de pensar y  vivir en torno a las leyes en tensión permanente con la globalización. Indetenible en la promoción de un clima de negocios que  tiene como know how estratégico la eliminación de barreras. Sean límites fronterizos, culturales, ideológicos, jurídicos o arancelarios.

El falso igualitarismo que postula una equivalencia ficticia entre libertad política y libertad económica es su punto de partida, pero también el trasfondo de la cuestión ventilada en el Viejo Continente. Reacio a aceptar la primacía de los mercados sobre derechos individuales a los que defiende haciendo hincapié en su carácter de inalienables, aún con un horizonte de dificultades económicas con la falta de inversiones y el desempleo como manifestación más evidente.

El halo de inocencia virtual atribuido a las máquinas por la presunta garantía de neutralidad fundada en su carácter inanimado se desmorona en este terreno para dejar al desnudo, cuanto menos, la viscosa opacidad que cubre a quienes tercerizan decisiones valiéndose de ellas.

Una forma de sentar posición, aunque se procure eludir ese enunciado y se apele a otro más conveniente y sensibilizador de conciencias como el de las restricciones a la libertad de expresión   implícitas en regulaciones que humanicen la práctica robótica de la búsqueda incesante de la obtención de resultados.

Eco en sordina de aquel debate, la voz de los especialistas locales llamados a opinar puso en palabras el persuasivo efecto de esta revolución en que algunos depositan la fe de un futuro promisorio. Sin reparar en los riesgos de los potenciales accidentes que entraña la aceleración impresa a los acontecimientos en la voracidad por alcanzarlo.

“Si sacáramos estos datos de internet es como si fuésemos a las bibliotecas y arrancáramos las páginas de los libros”, el aserto de uno de ellos debería bastar como ejemplo. ¿Es lo mismo que la foto de Rodríguez aparezca sin su consentimiento en un sitio de oferta de sexo que  quemar en una pira los ejemplares de El arte de amar, de Erich Fromm? Tan arbitraria como la otra, la comparación parte de lo que se postula ahora como enigma inquietante. Si es la velocidad o la reflexión el principio del saber que debe guiar la verbalización de un juicio.

La ampliación del espacio de lo público gracias a las pantallas y el hecho que en ese medio la sociedad haya resuelto entregarse a sí misma  como espectáculo, volviendo algo corriente la escenificación de temas que antes se abordaban en ámbitos más resguardados, acaso sea el origen de estos dilemas. En pareja y con una hija, Rodríguez advierte con su demanda que no por eso debe convalidarse como práctica extendida y socialmente aceptada.

Se trata, antes que nada, de poner a disposición del público aspectos íntimos de las personas. Algo a lo que tal vez no accederían tan fácilmente quienes integran las plateas consumidoras de estos materiales que alimentan pullas tan insípidas como apasionantes mientras el entretenimiento lo constituya siempre la vida de los otros.
 
* Titular de la cátedra Planificación Comunicacional, UNLZ.



Daniel Bilotta