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La vida después de la deuda

Varias economías en particular, no sólo las etiquetadas de emergentes, experimentaron un considerable número de crisis en los últimos 30 años. La reciente gran recesión mundial de fines de 2000, que sigue abierta en la Zona Euro, demostró que las economías centrales desarrolladas también pueden ser vulnerables a las perturbaciones macroeconómicas relacionadas con la deuda.

Una reflexión sobre este escenario requiere de marcos teóricos que no descartan como cuestión de principio los mismos fenómenos que se estudian. Las crisis ponen en duda la pertinencia de los modelos que suponen que los mecanismos de autoequilibrio funcionan de forma automática en la economía y que las decisiones económicas se basan siempre, y en todas partes, en una correcta percepción de las propiedades del medio ambiente, aunque posiblemente sujeto a perturbaciones aleatorias “exógenas”.

Solemos hablar de los episodios latinoamericanos de la década del 80 o las crisis de Asia en los diez años posteriores. Estas similitudes pueden reflejar características estructurales comunes que hacen que las economías en conjunto sean sensibles a alguna clase de impulsos internacionales y “efectos de contagio”, o interdependencias directas por medio del comercio o de los canales financieros. Sin embargo, los casos tienen su propia idiosincrasia. El conjunto de episodios que se pueden clasificar fácilmente como las crisis de deuda muestran diversas características en una variedad de dimensiones.

Una distinción crítica que se hace a menudo es entre las crisis que se inician en el sector público –con la incapacidad de los gobiernos para pagar lo que deben y para refinanciar sus deudas– y las que comienzan en el sector privado.  Argentina y Grecia, por ejemplo, pertenecen a la primera categoría. Pero la distinción no siempre es clara: una crisis en el sector privado puede transformarse fácilmente en un problema del sector público cuando hay socialización de deudas privadas, como sucedió en las crisis del Este de Asia y Estados Unidos. Hay, sin embargo, una diferencia importante entre las crisis provocadas por la incapacidad del sector privado y el sector público para pagar las deudas. En el primer caso, no existe un marco jurídico claro de lo que debe suceder cuando una empresa no puede (o no está dispuesta) a pagar lo que debe. Hay, por supuesto, problemas más complejos que surgen cuando se trata de una crisis sistémica, es decir un gran número de empresas en quiebra. Sin embargo, en el caso de que un país caiga en un default la situación es más ambigua. No existe un marco jurídico claro y no es fácil determinar si un país podría pagar si quisiera, por ejemplo, aumentando suficientemente sus impuestos. Otra distinción refiere que la incapacidad de afrontar una deuda tiene relación con una cuestión de  liquidez o de solvencia. Es decir, si alguien fuera solvente probablemente un tercero le entregaría  un préstamo. Por lo general, el deudor no puede acceder a los fondos porque nadie tiene confianza en que puede pagar. Por supuesto, el prestatario puede creer que él es solvente, y sólo se enfrenta a un problema temporal. Sin embargo, el prestatario se enfrenta a un problema de liquidez porque no hay potenciales prestamistas que lo miren con optimismo. Sin embargo, la provisión de liquidez por parte de un prestamista de “última instancia” puede favorecer que el deudor obtenga otros préstamos y el prestatario experimente un crecimiento económico.

Las crisis de deuda plantean graves y, a veces, dramáticos problemas políticos. No es una tarea fácil diagnosticar las vulnerabilidades macroeconómicas, el diseño de medidas preventivas, la exploración de maneras de manejar los trastornos críticos y propiciar una buena vida después de la deuda.

*Premio Nobel de Economía.
** Profesor de la Universidad de San Andrés. Fragmento en español del libro “La vida después de la deuda”.



Redacción de Perfil.com