COLUMNISTAS CASO CENTURIÓN

La villa y el mal de Vladimir Ilich

Si Henry Miller fue un patriota del distrito 14º de Brooklyn, donde se crió, René Houseman lo era de la villa del Bajo Belgrano, arrasada por culpa del Mundial que lo consagró en 1978, gorra, muerte y autopistas.

Centurión. Tras muchos conflictos, su ex novia lo denunció por violencia.
Centurión. Tras muchos conflictos, su ex novia lo denunció por violencia. Foto:fotobaires

“El individuo a corregir es un fenómeno corriente. Tan corriente que representa –y ésa es su primera paradoja– la característica de ser, en cierto modo, regular en su irregularidad.”

Michel Foucault (1926-1984); Cours du Collège de France, clase del 22 de enero de 1975: “Los anormales”.


Si Henry Miller fue un patriota del distrito 14º de Brooklyn, donde se crió, René Houseman lo era de la villa del Bajo Belgrano, arrasada por culpa del Mundial que lo consagró en 1978, gorra, muerte y autopistas. En la cancha recibía siempre el mismo insulto: “¡Villero!”. Entre pobres, los que vivían en una villa miseria eran lo peor. Vagos que no querían trabajar, sacar a su familia de ahí, levantar su casa de material, progresar.

En los años 90, cuando la movilidad social se invirtió y fueron más los que llegaban al barrio marginal que los que podían irse, sucedió un fenómeno único. Como los negros radicales que enfrentaron el racismo en Estados Unidos reivindicando su color –“Black is beautiful!”–, nuestros villeros crearon una forma, un lenguaje y una música propia: la cumbia villera. Una desgracia estética para mis oídos, sí, pero también la primera manifestación cultural de clase en setenta años, desde la aparición del tango prostibulario. Letras explícitas de fuerte contenido sexual, relatos de la vida patibularia, el delito, las drogas.

Ricardo Centurión tiene físico de mediano y la mirada del boxeador que intimida rivales y los obliga a mirar la lona o las luces, allá arriba, mientras el árbitro da las últimas instrucciones. Agresivo y veloz, encara, pasa, pica, frena, la pisa, arranca, choca, le pega. Más hábil que inteligente, dicen los expertos. En un caso como el suyo, destacar el instinto por sobre cualquier elaboración intelectual es una tentación enorme.

Nació el 19 de enero de 1993, con Menem, Cavallo y el uno a uno, en el barrio bravo de Villa Corina, Avellaneda. Es parte de una generación que creció en la marginalidad, consciente de que el valor de sus vidas era igual a cero. Su paso por las inferiores de Racing fue conflictivo –alcohol, fotos con armas, peleas, impuntualidad, lo mismo que hoy se viraliza–, y más de una vez pensaron en dejarlo libre. Fue Luis Zubeldía el que le dio la chance de entrenar con la Primera. No la desaprovechó.

“En los torneos relámpago que jugaba de chico, la primera patada iba al pecho”, recordó en 2012, ya titular. Después del debut recibió una carta de Brian Risso Patrón, ex compañero de la categoría 92, condenado a 11 años por homicidio. “Le pedí que cambiara de junta, que se fuera del barrio; él es crack, pero si sigue por ese camino no durará mucho en el fútbol grande”, contó desde el Penal de Florencio Varela.

Los problemas seguían, así que fue vendido al Genoa, donde jugó poco. Como los genoveses no pagaban, volvió. Tuvo suerte. Cocca lo puso y su gol de cabeza le dio el campeonato 2014 a Racing. La dirigencia no perdió el tiempo y aceptó la oferta del San Pablo. Allí participó más, pero vivía encerrado. No se adaptaba. El préstamo a Boca fue una apuesta arriesgada del técnico Willy the Twin.

Su seguidilla de incidentes –choque múltiple al alba con huida incluida, peleas, videos bailando borracho, mujeres, fotos triple X– fue tolerada mientras su rendimiento en la cancha crecía. Pero el chico no es Superman. Pronto aparecieron las lesiones, luxación de hombro, esguince de rodilla, ruptura fibrilar.

Nada tan grave ni más doloroso que la denuncia por violencia de género que presentó en su contra Melisa Tozzi, su ex novia. La bomba explotó justo en la recta final del torneo, cuando el club debía, además, decidir si pagaba o no los seis millones de dólares que cuesta su pase.

Semana difícil para Defensores de Macri. The president Mauri, el artillero de Los Abrojos, se descompensó en Quito, durante la asunción de Lenin Moreno, por culpa de la altura o del aún inexplorado mal de Vladímir Ilich Uliánov. Al chief Rodríguez Larreta le bajó la presión en pleno Tedeum del 25 de Mayo mientras el arzobispo porteño Mario Poli bombardeaba: “No hay nada que festejar cuando buena parte del pueblo carece de lo necesario para tener una vida digna”. Para completarla, Danyel Angel Easy y Willy the Twin sufrieron una bruta taquicardia al ver a RC10 adornando todos los programas de chimentos. Oh, no.

Los principistas no quieren verlo más con sus colores. Los políticamente correctos adhieren, para no dañar la imagen de la institución. Ricardo La Volpe, líder de los neolombrosianos, advierte: “Puede contagiar a otros”. Qué curioso. Porque en 2014 don Ricardo, al mes de haber llegado, fue despedido de las Chivas de Guadalajara por “conducta inapropiada”. Belén Coronado, la podóloga del club, lo denunció por acoso sexual. “Masajéame aquí, más arriba…”, declaró la señora que le habría pedido el entrenador nativo. Que lo parió.

Los pragmáticos están divididos. Algunos piensan que, en tanto empleado del club, debe jugar lo que queda y partir, a menos que la rompa y mejore su cotización. La mayoría cree que con semejante prontuario, juegue como juegue, será imposible colocarlo en un mercado serio.

¿Qué creo yo? Dos cosas. Una: si Centurión golpeó a su ex novia tendrá que hacerse cargo y cumplir con la Justicia. Dos: se irá; pero si juega mal, se deprime o ambas cosas, a nadie le importará, tal como sucedía antes de que saliera en los medios.

Gracias a su virtud con la pelota, ganó y desperdició demasiadas chances. Así y todo ya tiene más de lo que en diez vidas podrían juntar sus amigos de Villa Corina y los demás barrios marginales del país. La furia pudo más, lo que es tan imperdonable como lógico. Una misma historia, mil veces contada.

Su imagen es la síntesis perfecta de lo que los biempensantes de hoy temen y rechazan. No despierta piedad. A él, se nota, le da igual. Ni la pide ni la necesita –piensa–, no quiere saber nada con ésos, los otros.