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La vuelta del militarismo

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Buena parte del debate político latinoamericano es arcaica. Muchos periodistas y políticos se dedican a discutir sobre supersticiones propias del siglo pasado y sobre los atributos de los héroes y villanos de una historia que imaginan.
No se exige a los candidatos que se definan frente a ideas concretas, para saber si quieren acabar con las viejas taras o poner un parche, para que las mismas personas sigan haciendo lo de siempre, aparentando ser opositoras.
En el siglo XXI es ocioso discutir si los países del Este quieren volver al comunismo o si las Fuerzas Armadas deben intervenir en política porque su jefe es buena persona. El tema de fondo es: ¿queremos una democracia tutelada por militares o una democracia abierta?
Las Fuerzas Armadas están para defender a la nación, no para intervenir en luchas partidistas. Sería ridículo que el jefe del Ejército norteamericano se declarara partidario de Obama y atacara a los republicanos o que cualquier comandante europeo adhiriera al partido que gobierna su país.
Lo mismo pasa en la mayoría de los países latinoamericanos en los que es impensable la participación militar en la política. Desde 1920 México construyó paulatinamente una democracia que lo convirtió en uno de los pocos países del mundo en los que, durante un siglo, se alternaron en el poder presidentes que respetaron la institucionalidad, nunca fueron reelegidos ni buscaron el apoyo militar para perpetuarse en el poder.
En Colombia todos los presidentes han sido elegidos, sólo hubo un gobierno militar de cuatro años, el del general Rojas Pinilla. En Costa Rica los civiles gobernaron siempre, y luego de un amago de golpe el presidente Ydígoras disolvió las Fuerzas Armadas en 1957.
Ecuador, Perú y Brasil padecieron dictaduras periódicamente, pero la mayor parte de sus presidentes no dependieron de militares. Paraguay y Bolivia tuvieron gobiernos inestables y frecuentes golpes de Estado, como ocurrió con Venezuela hasta que se firmó el Pacto de Obligado que dio paso a una república ordenada que duró de 1959 a 1999.
Los uruguayos vivieron una democracia estable cimentada en su sentido común, con gobiernos colegiados que vacunaron a sus mandatarios de delirios de grandeza. Esta tradición se interrumpió entre 1973 y 1985, cuando se instaló una dictadura castrense encubierta detrás de presidentes civiles.
En los 70, el último enfrentamiento de la Guerra Fría entre Rusia y Estados Unidos provocó choques entre grupos guerrilleros y fuerzas armadas en casi toda América latina. Proliferaron dictaduras militares, se desató la brutalidad de la guerra y países con tradición democrática como Chile y Uruguay terminaron gobernados por dictaduras avaladas por Estados Unidos.
Algunos que criticábamos a la “democracia burguesa” entendimos que ni el mesianismo de Sendero Luminoso, de las FARC, los Montoneros, los Tupamaros o de cualquier otro grupo armado ni la brutalidad de la represión militar llevaban a ningún lado.
Terminó la pesadilla cuando la política norteamericana giró exigiendo que se respetara la democracia formal. Súbitamente maduró el continente y todos los países eligieron a sus presidentes y desaparecieron los golpes de Estado, pero el militarismo reapareció agazapado detrás de caudillos mesiánicos, que se reeligen indefinidamente, combaten la libertad de prensa y atropellan a la oposición.
El modelo es Venezuela, donde las empresas estatizadas, los siete ministerios más poderosos y once gobernaciones están directamente en manos militares. Caracas es la ciudad más insegura del mundo, pero permanece como ministro del Interior el general Miguel Rodríguez, porque su ocupación no es dar seguridad a los venezolanos sino espiar a la oposición. Maduro en los primeros meses de su gobierno nombró a 682 oficiales para nuevos cargos importantes. El capitán Diosdado Cabello preside la Asamblea Nacional, el teniente Pedro Carreño dirige el bloque oficialista, el canal estrella del gobierno es Tvfanb (Televisión de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana).
Algunos países vivieron casi todo el siglo XX dominados por los militares. Los casos extremos fueron Guatemala, gobernada por generales desde su fundación hasta la instauración de la democracia americana, y la Argentina. Quienes vivimos la violencia de los 70 creímos que no volvería el militarismo, que sólo trajo desgracias a nuestros pueblos. Algunos estamos seguros de que toda dictadura es mala, otros sueñan todavía con militares revolucionarios. Involucionan en nombre de la revolución.

*Profesor de la George Washington University.



Jaime Duran Barba