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Lanafobia

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El año pasado comenzó a surgir un grupo de personas que criticaban con igual dureza a Jorge Lanata que a Cristina Kirchner. Fenómeno que retomó impulso tras el debut del primer programa de 2014. Le reprochan tanto el gusto y la calidad de los guiones de la parte humorística de Periodismo para todos como cierta carencia de límites técnicos o éticos en determinadas investigaciones.

 La envidia del éxito ajeno fue siempre la mayor fábrica de críticas. Pero los reproches que recibe Lanata exceden a los del grupo de los celosos o pro K.

Gran parte de la controversia es categorial: Lanata ya es más que un periodista, pero por el nombre de su programa se lo juzga dentro de los parámetros periodísticos. Responder a la exigencia de hacer uno de los ciclos más vistos del país obliga a combinar distintos géneros. Si no tuviera humor, si no tuviera show, no tendría veinte puntos de rating.

Si fuera un programa dominical de humor con show como el clásico de Tato Bores de hace décadas, o un monólogo humorístico en un teatro de revistas como el mismo Lanata hizo en el teatro Maipo, gran parte de las críticas que hoy recibe perderían sentido. E igualmente con el humor y la ficción se influye sobre la opinión pública. En política, la metáfora puede ser más destructora e incisiva que la información. En un contexto donde todos simulan (como el de los políticos), los simuladores profesionales (los hacedores de ficción) pueden aportar una mayor cuota de verdad que los periodistas y resultar más verosímiles.

Antropología. Siempre lo desconocido generó ansiedad. Satisfechas las necesidades materiales básicas, la primera demanda del ser humano es por significación. La supervivencia siempre demandó algo que ayude a entender qué es lo que está pasando. Los primeros constructores de sentido de la humanidad fueron los poetas. Luego se sumaron los sacerdotes, y más tarde la ciencia. Pero lo racional nunca alcanzó para construir todo el sentido que precisa la vida, por eso los poetas y los sacerdotes mantienen su vigencia. La necesidad humana de significación menos podrá ser colmada por los periodistas. Los hechos no son siempre lo determinante para formar creencias, como bien lo demostró –mientras le duró– el kirchnerismo con su relato, que se apoyó en lo emocional tergiversando sin pudor los acontecimientos.

Lanata es un constructor de sentido, un gran significador, que como todo genio se sale del molde y –consciente o no– integra mito, metafísica y episteme. La hibridez de género no es una característica exclusiva de Periodismo para todos. Massa lanzó su campaña electoral en el programa de Fantino, la última entrevista a Cristina Kirchner fue de Rial, y D’Elía produjo esta semana un escándalo en el programa que conduce Del Moro. Que haya tantos periodistas deportivos y de espectáculos entrevistando a políticos no habla del periodismo sino de la política, que desde hace tiempo se guía por los códigos del show (en 1967 Guy Debord escribió su célebre La société du spectacle). En el año sabático de Tinelli, y a falta de artistas, toda la programación de América con su estilo kitsch creció en audiencia entrevistando políticos en programas de espectáculos. Que sea Luis Ventura adversario televisivo de Lanata pareciera confirmar la idea freudiana sobre que el destino de la pulsión es convertirse en su inverso.

El periodismo militante de Diego Gvirtz no milita como lo hacían Sarmiento o el diario La Vanguardia del Partido Socialista, dirigido por Juan B. Justo. Fiel a una estética actual, Gvirtz mezcla desembozadamente ficción y humor con golpes de sonido dramatizantes de los policiales en la serie La ley y el orden de Universal, con la voz acusmática de un locutor de kermés que pareciera reírse de lo que narra. “Este es el show”, intenta indicar.

Lanata produce para esta televisión y para este público. No podría ser el mismo Lanata que escribe columnas y notas en gráfica.
No es una casualidad que la Academia Nacional de Periodismo no tenga entre sus miembros periodistas nativos de medios audiovisuales que no hayan escrito regularmente para un diario. La televisión abierta tiene otros códigos, pero como Lanata fundó dos diarios se lo juzga con el manual de una redacción de papel. La web es otro ejemplo de relajamiento de los parámetros profesionales. Los mismos diarios que en papel asumen posicionamientos explícitamente formales o serios, en la web son populares porque les toca satisfacer digitalmente a audiencias más amplias. Y ni qué hablar de los comentarios de los lectores, a quienes en el diario en papel se les pide fotocopia del documento para publicar una opinión en el Correo de Lectores, mientras que en internet insultan desde el anonimato con la aceptación pasiva de todos los medios.

Lanata enoja con su lenguaje poblado de malas palabras a los periodistas clásicos, pero a la vez los insultos de las redes sociales y los comentarios anónimos lo enojan a él. Hay un equivalente a un salto generacional entre el lenguaje de los diarios, el de la televisión y el de internet.

Un destacado filósofo del Círculo de Viena, Rudolf Carnap, explicaba la intolerancia semántica y los problemas de incomunicación entre distintos campos lingüísticos como consecuencia de no compartir un marco conceptual común.

A Lanata lo validan su tremendo éxito y los millones de personas que lo siguen, cantidades que ningún medio periodístico puede exhibir ni cercanamente. El programa de Lanata no está dirigido a los periodistas ni a los lectores de diarios, sino al gran público que casualmente no sabe casi nada de política y se divierte con las imitaciones de los políticos, de la misma forma en que se reirá con similares imitaciones del programa de Tinelli, que también construye significación, pero a quien nadie le pide ajustarse a cánones periodísticos, a pesar de que Tinelli también era periodista, profesión que viene formando un colectivo cada vez más borroso.



Jorge Fontevecchia