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Las acusaciones no son de fondo

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Pocos analistas asumen que vivimos en la sociedad post internet. Creen que lo importante para manejar la política es hacer política de manera elitista, conseguir acuerdos con partidos y dirigentes, a espaldas de la gente.

Hace unas semanas dialogamos con periodistas y políticos de Brasil que veían difícil que Dilma Rousseff fuera llevada a juicio político. El foco de sus análisis estaba en la política, los medios y el círculo rojo, sin tomar en cuenta que la coalición que respaldaba a Dilma se desmoronaría si le iba mal en las encuestas. El porcentaje de ciudadanos que quieren su salida ha crecido a un ritmo de 4 puntos semanales, y llega al 80%. Con esos números fugarán los aliados.

Las acusaciones en contra de la presidenta no son de fondo. Dicen que la mandataria habría alterado el presupuesto y habría demorado la entrega de recursos del Estado a bancos públicos para ocultar el déficit fiscal. Un hecho que parecería insignificante para ciudadanos que han vivido en países con organismos como el Indec, manipulados por gobiernos autoritarios.

Es malo juzgar a una presidenta por las decisiones políticas que tomó en su gobierno, porque eso abre las puertas a todo tipo de juicios absurdos, pero eso no les importa a quienes están luchando por el poder. La gente común está confundida con tanto escándalo, no conoce las razones de la interpelación y mezcla un proceso estrictamente político con la corrupción de Petrobras y la crisis económica.

Los políticos siguen acusándose mutuamente, dejan ver sus ambiciones y hacen un grave daño al país. Repiten lo que hicieron los políticos venezolanos, ecuatorianos, peruanos y bolivianos, de tanto atacarse entre ellos, convencieron a la gente de que todos eran corruptos, malos y enemigos de las causas nobles. La gente terminó pidiendo que se vayan todos. Esa película termina siempre de la misma forma: después de la masacre general se desmorona la institucionalidad, de-saparecen los partidos, vienen gobiernos improvisados y el Estado se vuelve más corrupto. Después del mani pulite se aclama a Berlusconi.

La Cámara, integrada por 513 diputados, votará hoy. Y si 342 de ellos aprueban el juicio político, en dos días la causa pasará al Senado. Si 42 senadores aprueban el juicio, Dilma deberá dejar de inmediato la presidencia mientras prosigue un complicado proceso que durará 180 días, que decidirá finalmente su destitución o su absolución. Mientras tanto, ejercerá la presidencia el vicepresidente Michel Temer, del PMDB. En Brasil es usual que el partido de gobierno no tenga mayoría en las cámaras: por ejemplo, el PT apenas si tiene 79 diputados, la sexta parte de la Cámara. Los demás pertenecen a otros partidos, algunos relativamente grandes como el PMDB, el PSDB y el PP, y muchos otros a organizaciones más pequeñas que tienen representación. En las dos cámaras existen los votos necesarios para que triunfe el impeachment, y cuando pasa eso, siempre aparecen algunos más.

Lo que sigue no es fácil. El PT se defenderá. Está en un momento de debilidad, pero Lula anunció que encabezará la protesta en las calles. Temer asume el poder con problemas. Se abrió un proceso en el Tribunal Superior Electoral investigando si el binomio Rousseff - Temer recibió contribuciones económicas ilegales para su campaña. Si el Tribunal dictamina que fue así, se anularían las elecciones presidenciales y se llamará a una nueva elección en 90 días. Algunos dirán que los plazos para que eso ocurra son largos, pero pueden acortarse por magnitud de la crisis y la presión de la opinión pública. El escándalo del Lava Jato sigue su curso, la mitad de los diputados, muchos gobernadores y políticos de casi todos los partidos aparecen envueltos en esta trama, dirigida por grandes empresas constructoras. Lo lamentable es que el país está en una crisis económica que se agravará con el deterioro político. Como están las cosas, lo más probable es que el próximo octubre Brasil elija un nuevo presidente.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.



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