COLUMNISTAS FILMS

Las alas del dinero

Hay dos escenas en particular en la notable Alanís, de Anahí Berneri.

Portal Perfil.com
Portal Perfil.com Foto:Perfil.com

Hay dos escenas en particular en la notable Alanís, de Anahí Berneri. Dos escenas crudas, brutales, tan exactas y desoladoras como puede llegar a serlo la propia película. Una sucede en un auto, con un viejo deprimente y arisco; la otra, en una pieza de hotel, con un tipo agresivo y oscuro. Alanís da cuenta acabadamente de lo horrible que puede llegar a ser el sexo sin deseo. No ya el sexo sin amor, que es otro asunto; sino el sexo sin deseo. Alanís es prostituta, tiene que acostarse con hombres a los que no elige, que no necesariamente le gustan, que no necesariamente la atraen. Pero lo hace porque precisa el dinero. El dinero, que es del orden de la necesidad, ocupa así el lugar del deseo, que es vector de libertades. Nadie está más lejos de la libertad sexual que Alanís, que una y otra vez tiene que acostarse con quienes en verdad no quiere. Nadie está más lejos de la libertad que Alanís, sumida por completo en el apremio de la falta de plata, el peor de los condicionamientos.

El dinero usurpa así el lugar del deseo, y lo aniquila. Para ella, que tiene sexo con tipos a los que no desea; y para los tipos, que resuelven con la prepotencia del dinero el riesgo de no ser deseados. Hay que sentir mucho fervor por el dinero para suponer que hay libertad para Alanís. Hay que creer con devoción en la libertad del libre mercado. Sin eso, lo que transita es el puro sometimiento. Que lo elija voluntariamente no atenúa su desgracia:

la voluntad no es lo mismo que el deseo, y hasta puede ser su antítesis.