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Las dos muertes K y la psicosis social

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La idea de las dos muertes viene de Sade: la muerte natural o biológica de todo proceso que cumple su ciclo y la muerte absoluta o simbolizada. También el gobierno kirchnerista tendría su muerte natural el 10 de diciembre de 2015, cuando le entregue el poder a su sucesor, y su muerte simbólica, que podría haber sido muy anterior, en un período incierto que iría entre los meses previos a perder las elecciones de medio turno, en octubre de 2012, y la devaluación de enero de 2013. En esos meses, el kirchnerismo pudo haber extraviado definitivamente su alma expresada en forma de relato o modelo, pero aun así siempre le habría quedado el cuerpo, los recursos materiales del uso del poder, que no dejan de ser importantes. En la mayoría de los países, menos apasionados que el nuestro, los gobiernos son organizaciones burocráticas carentes de una superestructura que precise para su funcionamiento de una épica o componentes metafísicos especiales.

De allí la confusión respecto de la suerte del kirchnerismo: ¿está muerto?, ¿resucita?, ¿vuelve a estar muerto?, ¿vuelve a resucitar? En realidad, lo que se debate es si el kirchnerismo como apasionada religión política ha muerto, como creen muchos, hace algún tiempo. Pero, en cualquiera de los casos, el gobierno de Cristina Kirchner continúa con razonable autosuficiencia y capacidad de acción.

La no diferenciación entre la muerte simbólica y la biológica ha acarreado errores políticos a muchos actores importantes a lo largo de los últimos años.

Para Sartre, en la tensión entre lo espiritual y lo material, se puede llegar a morir psicológicamente antes que biológicamente.

Todo ser es “cesable”, y el kirchnerismo va a acabar, como todo. La discusión se centra en cómo será esa forma de muerte porque en ella se resignificará el sentido de lo que ha sido.

Cuando desde el kirchnerismo se dice que hay sectores que están operando para una salida anticipada del Gobierno, de lo que se está hablando es de la segunda muerte, la del aniquilamiento, la muerte absoluta, la del borramiento.

Por ser la finitud la característica esencial de la existencia, Martin Heidegger definió al ser humano como un ser para la muerte, porque la angustia frente a la muerte es la que estructura la vida: en unos, en la búsqueda de calmarla con placeres y distracciones, y en otros, precisamente por la gravedad de la muerte, viviendo cada día dedicados a dar sentido a su existencia. Para algunos, probablemente ésa fue la elección de Néstor Kirchner, pero, sea cual haya sido, resta saber cuál será finalmente la de Cristina Kirchner.

Si fuera cierta la frase sobre Tinelli: “Se creyó que tiene más poder que yo”, se podría suponer una Presidenta que prefiere terminar su mandato guerreando, no retirándose antes ni pausterizándose más allá de lo imprescindiblemente necesario.

Pero lucha contra un factor mucho más poderoso que la más temible corporación que ella pueda imaginar: la psicosis social de una generación a la que, habiendo sufrido en 1989 y 2001 la repetición de dos colapsos económicos, no le cuesta mucho deducir frente a algunas señales que, inexorablemente, a lo Sísifo, cada doce años una hecatombe la arrastra en una regresión socioeconómica que le hace perder todo lo avanzado, como una forma de eterno castigo que los dioses descargan sobre los argentinos por malgastar la enorme cantidad de riquezas naturales que les concedieron. Mitos preexistentes que tanto ayudaron al kirchnerismo a construir su relato azuzando el miedo de monstruos pasados se vuelven en su contra con igual irracionalidad.

Es la falta de un límite lo que arroja a las personas al pánico social. Si el precio del dólar no para de aumentar, es comprensible que se piense que tampoco parará en el futuro, por más que se explique que en abril comenzará a liquidarse una cosecha récord de soja con 20% más de toneladas que el año pasado.

Lo mismo vale para las paritarias, donde, entre dos escenarios de posible inflación futura, cada gremio elegirá siempre el mayor para cubrirse, aunque retroalimente el problema.

El horror como fenómeno colectivo se espiraliza por propagación instantánea, casi eléctricamente. Basta ver qué sucede en cualquier conjunto de animales frente a una amenaza cuando todos los integrantes huyen en estampida al unísono como si fueran un solo cuerpo. En masa, para bien y para mal, los individuos se excitan unos a otros. Y el pánico es altamente contagioso cuando cruza el umbral de activar el nervio atávico de la supervivencia.

Estos son los dos principales actores que dirimen sus fuerzas de aquí a 2015: el ser para la muerte de Cristina Kirchner y la psicosis social argentina. En la confrontación, todo es posible: que el Gobierno vaya controlando espasmos sociales y llegue a 2015 con empeoramientos progresivos (cada año 5% más de inflación y un menor crecimiento del producto bruto), o que la Presidenta se rebele a su decadencia y, tratando de mantener la creatividad y la iniciativa, caiga en disparates cada vez mayores fruto de la clásica prisa paranoica multiplicadora de tragedias.

La semana económica que pasó el Gobierno consiguió algo de oxígeno en su plan para llegar a abril con un dólar estable que empalme con la liquidación de los sojadólares. Pero todo puede salirse de control ante el aleteo de un mariposa porque el volátil equilibrio depende del humor de dos actores: la Presidenta y la sociedad.

Semana a semana irán midiendo sus fuerzas. Por el bien de todos, ojalá cada uno de estos dos protagonistas mantenga controlada su parte irracional.



Jorge Fontevecchia