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Las dos Paulinas

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En 1960 se estrenó La patota, una película con Mirtha Legrand dirigida por Daniel Tinayre y escrita por Eduardo Borrás, ex anarquista español, lector de Ortega y Gasset y especialista en dramas filosóficos. La idea de Borrás era interesante: Paulina es una profesora de familia burguesa que da clases en un barrio bajo. Al confundirla con otra mujer, un grupo de sus alumnos la ataca y la viola. Paulina toma tres decisiones crecientemente audaces: seguir trabajando en el colegio, no acusar a los culpables y tener el hijo del violador. La idea se transformó en una buena película que tuvo un director competente, las actuaciones un tanto declamatorias del viejo cine argentino, un guión que envuelve los dilemas de Paulina en una parábola cívico-cristiana y un final tranquilizador. Más allá de la moraleja, el personaje de Legrand transmite una ambigüedad plenamente cinematográfica: en su figura se mezclan la fragilidad con la fortaleza y la locura con la lucidez. En última instancia, la conducta de Paulina tiene algo de inexplicable y hasta un matiz de ironía buñueliana, pero también una misteriosa coherencia. Algunos de los que hacían cine en 1960 conocían la técnica narrativa y la economía de esfuerzos que les permite a las películas transmitir emociones complejas.

Medio siglo más tarde se estrena una remake de La patota. La acción se traslada a una escuela rural de Misiones, Paulina (ahora Dolores Fonzi) ya no es virgen y no enseña psicología filosófica prefreudiana sino un “taller de formación política” ante una clase que no está dispuesta a escucharla porque la profesora “les tiene miedo o les tiene compasión”. Un problema que no tenía Legrand pero que ahora no sólo es de Fonzi sino también de Santiago Mitre y Mariano Llinás, los guionistas: es muy difícil que una coproducción suntuosa, donde marginales que hablan en guaraní violan a una profesora blanca, no sea racista, condescendiente o las dos cosas. Hay tanta corrección política vigilando la libertad creativa que un tal film está condenado a perderse en el debate ideológico a pesar (o más bien a causa) de las precauciones que tome el guión. Por otra parte, está tan olvidada la función del cine y de la escuela como formadores de ciudadanía que la vocación educadora de Paulina suena menos paradójica que ridícula. Tampoco la religión católica les sirve como contención de los dramas humanos a cineastas que se encomiendan al Gauchito Gil.

Imposibilitada de usar el anacronismo a su favor, necesitada de modernidad a toda costa, la película pone en juego el ostentoso arsenal contemporáneo: actuaciones naturalistas y recargadas, exhibicionismos de la cámara, caprichos de la edición, dramaturgia psicologista, diálogos mortalmente explicativos. El resultado es más bien torpe. En la nueva versión de La patota, la idea original pugna por abrirse camino entre una bruma de consignas y una puesta en escena despistada. Paulina sigue siendo una mujer dispuesta a convertirse en heroína de una causa secreta (una especie de Emma Zunz en negativo) y quiere dar a luz a la criatura del violador como único modo de trascender las diferencias sociales. El problema es que esa buena idea literaria está oculta por una tecnología cinematográfica que la aplasta y la hace inocua. No está mal La patota, lo que está mal es el cine.



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