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Las múltiples entonaciones del nacionalismo

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El  vínculo de los argentinos con el nacionalismo suele ser ambivalente y espasmódico. A veces exultante, otras vergonzante. A veces apasionado, otras indiferente. Como ocurre con las religiones, el nacionalismo convoca a un bien, pero también es el motor de no pocas discordias.
En política, como en la vida, el nacionalismo marca la divisoria entre lo propio y lo ajeno. Entre nosotros y los otros. A veces, impulsa a aventuras; legítimas y de las otras: Braden o Perón; Patria o muerte; ¡Vivir en libertad o morir con gloria!; ¡Que traigan al principito!; Patria o buitres.
Como con otras cosas, puede hacerse uso, mal uso y abuso del nacionalismo. En manos de los oficialismos de turno, puede ser un talismán para cometer cualquier desatino. En nombre de la Patria. Como ante el crucifijo del que se vale el exorcista, cualquier opositor tiende a ceder ante la estocada de nacionalismo con que los gobiernos ineptos pretenden contrarrestar sus errores.
La diputada pontifica: “¡Tontos, tontos; no caigan en la trampa!”. Si no fuera tan evidente que está tirando agua para su molino, quizá tendría alguna razón. ¿Cómo ser opositor sin que a uno no lo acusen de cipayo entreguista? El nacionalismo se convierte entonces en un arma retórica para acorralar conciencias frágiles. ¡Había que tener entereza para oponerse a esa plaza exultante convocada por aquel general trasnochado!
La vida suele volver a dar oportunidades. Para un gobierno herido de muerte, el sobrevuelo de buitres puede resultar una ocasión para salir del ostracismo. Recuperar la agenda, dicen.
Para instaurar una épica hacen faltan enemigos y héroes. Si hay una pareja heroica, mucho mejor. Para tales menesteres, Cristina y Kicillof representan un binomio estelar. Ambos son bellos, fuertes, audaces, ambiciosos. Tienen sed de gloria.
No hay recetas magistrales para los males de siempre. Las falsas dicotomías sólo reclaman una inteligencia superadora. La que le faltó al Gobierno para evitar conducirnos a este estadio de bancarrota inminente. El problema es que la inteligencia constructiva es demasiado austera y apunta al largo plazo. Para un gobierno chapucero e inmediatista es más fácil hacer zapping hasta encontrar su agenda mejor. Aunque esté inspirado en la regla final del maquiavelismo moderno: “El príncipe deberá hacer cualquier cosa para conservar el poder. Si todo fracasa, siempre queda el recurso del nacionalismo”.
El nacionalismo debería ser un valor que inspira un rumbo en salvaguarda de los intereses de la Patria. Nunca una estratagema beligerante que se aplica cuando todo parece perdido.
Nacionalismo verdadero o nacionalismo falso. Nacionalismo inteligente o nacionalismo torpe. Ya lo decía algún sabio griego: a veces el bien y la razón son la misma virtud. Lástima que por acá no abundan.

*Director de González Valladares Consultores.



Federico Gonzales