COLUMNISTAS REFLEXIONES


Las musas trabajan

Tengo un amigo que hace precisamente esto mismo que hago yo. Bueno, no exactamente esto pero casi. Para empezar él no escribe en un diario sino en un periódico, ah sí, porque no vive en este país sino en otro de por aquí nomás. Y para seguir no es en una página destinada a escritores sino que cada tanto, no me acuerdo de qué tanto, entrega un artículo sobre temas “de actualidad” y cada vez, como me sucede a mí, le indican una cantidad equis de caracteres, espacios y todo eso. Bastante parecido, ¿no? Además a él suele pasarle lo que nos pasa a muchos, yo incluida, es decir “ay, sobre qué escribo, de qué hablo, qué tema, qué digo, ay”. Y entonces me manda un mail que no es precisamente un pedido de auxilio sino una queja existencial desesperada en busca de un hombro sobre el cual sollozar amargamente. Después se le pasa, por suerte, y se pone a escribir su artículo.
A veces me compadezco y lo ayudo. Escribí sobre fantasmas, le arrimo. Vos estás loca, contesta, y escribe sobre cualquier cosa. Escribí sobre nombres, le dije la otra vez. ¿Queeeee?, dijo él. A lo cual yo contesté dándole maravillosas ideas sobre los nombres ridículos que se ponen de moda y sobre cómo es posible deducir cuántos años tiene un tipo que se llama Ciriaco o Romualdo o Nelson, vamos. No le gustó nada la idea así que la he adoptado y en cualquier momento, querida señora, me lo escribo yo y espero que usted no se llame Vanesa ni Lorena, Dios nos libre. Es que no hay como los nombres tradicionales, vea. Cuando Kennedy era presidente de los Estados Unidos y su mujer una mina que figuraba en las revistas cursis, un amigo, otro, que era juez de paz en un pueblo de por aquí, recibió el pedido de una pareja joven que vivía en la zona rural y que quería ponerle a la nena recién nacida el nombre de Jaqueline. Oigan, les dijo él, mi amigo el juez de paz, oigan, ¿por
qué no le ponen Margarita que es un nombre precioso? Creo que le costó convencerlos pero al final le pusieron Magdalena que no está mal pero creo que lo de Margarita era más acertado. Otra vez le sugerí a mi amigo que escribiera sobre  la paz. No me dijo nada, nada, ni sí ni no ni qué te creés ni cosa por el estilo, pero eso sí, nunca escribió sobre la paz. Creo que
hizo mal: es un tema rico porque una puede hablar de varios tipos de paz. Usted me entiende, estimado señor, la paz hogareña, la paz de los sepulcros, la paz forzada, la paz irreverente, la paz recatada, en fin, se podrían escribir varios volúmenes sobre eso. Vea lo que se perdió mi amigo. Una vez me hizo caso y fue cuando le sugerí que escribiera precisamente sobre los lazos familiares, los impuestos quiero decir, no los que se van creando a fuerza de cariño o lo opuesto que viene a ser no digamos que el odio pero por lo menos la antipatía. Tuvo un éxito fenomenal.
Los lectores y sobre todo las lectoras, así me dijo, escribían al diario felicitándolo, dándole palmaditas (virtuales) en la espalda, y hasta contándole lo que les pasaba allá en el fondo de sus atribulados corazones. Aia, le dije, eso a mí no me pasa. ¿Y qué me dijo él? Ah, no se puede creer. Me dijo: Lo que pasa es que a vos no se te ocurren las buenas ideas que se me ocurren a mí. Casi lo estrangulo, diga usted que está lejos, más allá de las fronteras. Pero por un tiempito no le hice más caso ni lo ayudé a encontrar  tema. A mí también se me pasó al poco tiempo porque lo quiero desde que éramos muy jóvenes cuando él vivía en Rosario, de modo que no es cuestión de pelearse con alguien tan cercano, y seguí en la tarea de tirarle un pial cuando se le secaban las ideas. Por ejemplo le dije que escribiera precisamente sobre esto, sí, esto, esto de que a una o a él no se le ocurre nada. Entonces agarró para otro lado y me habló de la inspiración, cosa que me vino espléndidamente para exhibir mis teorías acerca de la inspiración. Ahí sí nos peleamos fiero. Y sí, porque él cree en la inspiración y yo no. Más: porque yo he dedicado reflexiones, tiempo, esfuerzo y cartuchos de tinta negra para la impresora a fin de probar que la inspiración es en realidad laburo, sólo laburo, mi querido amigo.

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