COLUMNISTAS DISCURSO POLITICO

Las palabras cuentan y mucho

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El Presidente termina casi todos sus discursos con una enfática apología de “la verdad” y de los poderes de la misma. Los componentes del “equipo” la imitan al pie de la letra cuando les toca hablar. Nadie se aparta del libreto. Hay, sin embargo, palabras que, llevadas al discurso político, terminan por no significar nada o, peor, por poner un telón opaco en donde prometen transparencia. Tomemos tres típicas del vocabulario del actual oficialismo. Verdad, todos y juntos. El gobierno anterior abusaba de pueblo, patria y proyecto, entre otras que operaban de tapadera para sus operaciones de corrupción a costas del Estado (y el pueblo, ya que estamos).

Verdad, todos y juntos son abstracciones. Empecemos por la primera. ¿Qué es la verdad? ¿Cuál es? ¿Quién la tiene? ¿El Presidente? ¿Entonces todo lo que no sale de su boca o la de su equipo es mentira? Cabe suponer que aquí verdad significa no mentir, porque no hay una única verdad ni un propietario de la misma. Este es un antiguo y siempre vigente tema ético y filosófico. Se trataría, entonces, de un compromiso. El de ser veraz. Y una sola mentira u ocultamiento mostraría que la verdad está en otra parte.

Usar la palabra verdad como compromiso de transmitir información certera es algo que se agradece. Y obliga a no olvidar que se trata de un pacto moral. No es un juego, no es algo que se puede muñequear según las circunstancias. En su conferencia de prensa de esta semana, cuando un periodista platense le enumeró una serie de temas poco claros y poco aclarados de su gestión, la respuesta presidencial, en tono levemente sobrador, fue: “Veo que no estás bien informado”. Quizás el periodista preguntó en un tono más de asamblea estudiantil que de conferencia de prensa, pero estaba bien informado. Habría merecido una respuesta más alineada con la promesa de verdad.

Cuando se dice que todos los argentinos quieren tal cosa o demostraron tal otra, frase que se repite con demasiada soltura en los momentos de euforia pre o poselectoral, se sugiere que hay una sola verdad, que la posee el que habla y que no admite disenso. De ese modo no se le da el suficiente valor a los que coinciden con el orador, sino que se ningunea a los que disienten. Ellos también existen y acaso quieran otra cosa. Es una versión aligerada de lo que hace el populismo cuando invoca al pueblo y a la patria para imponer su autoritarismo como una lápida. Tampoco se respeta así la diversidad que tanto se suele alabar. Una función básica de la democracia, como apuntaba Karl Popper (1902-1994), uno de los pensadores del siglo XX, es mantener y hacer respetar la sana tensión entre mayorías y minorías, impidiendo que la imposición de las primeras deje sin voz y sin presencia a las segundas. Se puede decir que una gran parte de la sociedad expresó algo con su actitud o con su voto y decirlo ya es una prueba de inteligencia política y emocional. Pero hacer de una parte el todo es siempre peligroso y un tanto soberbio.

En cuanto a “juntos”, es válido preguntar quiénes y para qué. Puede haber coincidencias entre personas que tienen perspectivas, ideas y propósitos distintos. Invocar un fin no justifica los medios. Los valores personales cuentan y puede también haber diferencias profundas que hagan que alguien no quiera juntarse con otro u otros, más allá de la razón por las que son convocados. A los que ganan elecciones los votan personas honestas y deshonestas, fanáticas y reflexivas, creyentes y agnósticas, vagas y laburantes, machistas y empáticos, prejuiciosos y aceptadores. Juntos es una vaguedad que elimina la diversidad si no dice quiénes, para qué, cómo y cuáles son los límites y las condiciones. Liderar no es arrear.

Incluso el vocablo cambio merece ser algo más que un eslogan. Y una manera de preñarla de significado podría consistir en trabajar para que los discursos sean algo más que consignas aprendidas de memoria y sean repetidas mientras rindan en las encuestas y en las urnas.

*Periodista y escritor.