COLUMNISTAS HORRORES

Las pausas de la historia

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No; no he encontrado las palabras para lo que ocurre en Palestina. La abrumadora explosión de falsas excusas disfrazadas de explicación, las idas y vueltas sobre el origen de una historia que se deforma a sí misma me hacen temblar de silencio: es el holocausto de otro pueblo. Y esta vez todos somos testigos. ¿Qué palabra le cabe a este momento?

Tal vez no quepan palabras, pero sí otras cosas. Tashweesh es un tema del disco Floodplain (2009), en el que el Kronos Quartet se inspira en culturas asentadas en zonas rodeadas de agua, expuestas a inundaciones catastróficas. “Las zonas inundables experimentarán vida nueva después de una catástrofe, así como las culturas en dificultad extrema experimentarán una gran fertilidad creativa”.

Tashweesh significa “interferencia”. Es una colaboración con el grupo palestino Ramallah Underground. El Kronos, tal como puede verse en sus videos, interpreta con precisión aterradora una superposición de cuerdas, mezcladas sobre un semimar de interferencias. Escúchenla. Si un extraterrestre que no supiera del origen de esta guerra llegara al planeta, le bastaría escuchar esta canción para comprender toda la tristeza del mundo. Mientras que las fotos de Israel (otra tierra desgarrada) suelen mostrar en clave publicitaria un desierto reconvertido en otra cosa, una especie de Suiza mecanizada por ejércitos, una Disneylandia de progreso y capital, esta melodía palestina nos retrata en cambio la ardua geografía, hoy teñida de sangre sin que nadie haga nada útil por detener la catastrófica inundación.

Los Estados observan con horror. O se abstienen –como Europa– de imponer un alto el fuego. Claro, los estados (con sus límites, colonias y banderas) se establecieron hace un siglo. Siempre sobre la idea de una masacre. Pero eso ya ha pasado. Las últimas fronteras inestables, los Balcanes, se repartieron con regla y compás europeos hace dos décadas. Ahora sólo queda este horror en medio de un desierto. El Kronos hace una pausa antes de arremeter con el final: en ese silencio escalofriante, que es un alto el fuego, cabe sólo una pregunta: ¿cómo explicaré a mi hijo de dos años qué era, qué fue, ese lugar llamado Palestina, cuando la historia del imperialismo y sus acólitos acaben de borrarla por completo?

Porque la historia tiene sus artilugios y secuaces para hacer estas cosas. Pero esta melodía sin texto sonará para siempre y preservará esta pregunta. Y se la regalará a la humanidad, como esperanza y como horror.



Rafael Spregelburd