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Las sorpresas del Bafici

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El mundo está hecho de casualidades. Terminado el Bafici, fui a la Feria del Libro. Allí me encontré con el director de fotografía Javier Miquelez, quien me presentó a João Paulo Cuenca, cuyo nombre me había despertado curiosidad al leer el catálogo. Carioca, nacido en 1978, Cuenca fue jurado de la sección internacional del festival, pero también presentó una película en la competencia Vanguardia y Género bajo el título La muerte de J.P. Cuenca, donde actúa João Paulo Cuenca, cuya biografía indica que es también escritor, autor de cuatro novelas traducidas a ocho idiomas, además de periodista, director de teatro y de series de televisión. Un personaje tan multifacético llamaba la atención, pero en el fárrago del festival no pude conocerlo, ni ver la película ni tuve tiempo para hacerme de alguno de sus libros en castellano, que son dos. De uno de ellos, Cuerpo presente, había leído una reseña favorable.

Cuenca resultó un petiso simpático e hiperactivo, dispuesto a hablar de su trabajo en el jurado, cuyas deliberaciones describió como muy cordiales. Me dio la impresión de que no le habían gustado mucho mis favoritas, la palestina A magical substance flows into me, ni la portuguesa John From. Pero, en cambio estaba orgulloso de que por primera vez en la historia del Bafici, dos películas argentinas hubieran ganado los premios principales (no entendí exactamente qué mérito sería ése). Y así nos pusimos a hablar de La noche, que se llevó el premio especial del jurado y fue uno de los puntos notables del festival con su alto impacto sobre los espectadores. Su director, Edgardo Castro, es conocido como actor y aquí es también el protagonista, un personaje que sale cada noche a participar de episodios de sexo gay y drogas en una progresión que va de un encuentro cariñoso con un taxi boy a situaciones cada vez más sórdidas y peligrosas. Las escenas sexuales de La noche son múltiples y variadas en cuanto al número de los participantes, pero tienen la fellatio en el centro: en ese sentido, hay sexo explícito pero no hay penetraciones ni eyaculaciones (y casi tampoco erecciones). Pero el film sólo es marginalmente un documental sobre cierto submundo y la búsqueda de sexo resulta más bien un síntoma de angustia y soledad, tanto del personaje como de su entrañable amiga travesti Dolores Guadalupe Olivares.

Coincidíamos en estas apreciaciones con Cuenca, de quien, en ese momento, no había visto la película ni leído el libro. Pero el verdadero erotómano del Bafici resultó él. En Cuerpo presente, el narrador se desdobla en alguien llamado Alberto y expone sus recuerdos sexuales con distintas mujeres en una que muta bajo el nombre de Carmen. La novela es una elegante, intensa catarata mental de pulsiones y fluidos corporales que recorren del nacimiento a la muerte. En la película, con una excusa policial, Cuenca (otra vez con gran elegancia expositiva) muestra un Río de Janeiro en permanente destrucción edilicia mientras va aumentando progresivamente la importancia de la misteriosa y espléndida Ana Flavia Cavalcanti a la que, en la última escena, le practica el cunnilingus más inesperado y ostensible que se haya visto en la pantalla grande. Mientras Castro usa el sexo para hacer cine, Cuenca usa el cine para hacer sexo. O algo así.



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