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Lenguajes desbocados

La salida que eligió Cristina define su gestión, casi tanto como comprometen a Macri sus primeros gestos.

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Foto:Pablo Temes

Esta semana fue pródiga en desbordes verbales reñidos con el más elemental respeto por el futuro de la convivencia política. Reñidos con la sencilla y saludable temperancia que debe primar entre quienes detentan funciones públicas. Porque los desbordes que se producen desde el poder político se deslizan como una bola de nieve sobre el conjunto de los ciudadanos. Son varias las frases pronunciadas que quedarán grabadas en la historia política. “Estamos en libertad condicional” es una de ellas; los “intentos de golpes destituyentes” es otra. Ambas fueron pronunciadas por la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner durante su último discurso en Plaza de Mayo. Encendida, como siempre, defendió su gestión y la de su esposo en un tono que se asemejaba a una arenga de campaña y no a una despedida de sus seguidores. Aseguró que ya existía una “agenda que nos imponen desde afuera” y alertó que quienes llegaban “siempre acataron” a los poderes internacionales.

Cristina se retiró resentida, denunciando que había sido víctima de conspiraciones jamás vistas en 32 años de democracia. El partido judicial, las corporaciones económicas y financieras, el “aleteo de los buitres”, los “medios hegemónicos”, todos los enemigos de un gobierno nacional y popular castigado por agentes foráneos y locales. La multitud de jóvenes que la acompañó en la plaza respondió con una consigna que atrasa medio siglo: “Patria sí, colonia no”.

Horas antes, Oscar Parrilli y Eduardo “Wado” De Pedro compararon la presentación de una medida cautelar con un “golpe de Estado”. En realidad, toda esa verba incendiaria se había iniciado cuando Mauricio Macri quedó como candidato para disputar el ballottage junto con Daniel Scioli. Allí se desbordó el lenguaje que bien puede calificarse de terrorista: Macri nazi, antipatria, golpista, aliado de Videla, amigo del imperialismo, los epítetos fueron subiendo de tono hasta el punto de convocar a la “resistencia”, como si el triunfo del candidato reviviera el golpe de 1955.

Las cosas le han salido mal a la ex presidenta: creyendo que al no asistir al traspaso humillaba a su sucesor, en realidad irritó a los argentinos que hubieran preferido la ceremonia tradicional. Pero, a la vez, la trascendencia que tuvo su gesto en los medios de comunicación del mundo, le costará el desprestigio internacional, que tirará por tierra las escasas simpatías que cosechó durante su gestión.

No obstante, hay que reconocer que Cristina logró sortear el síndrome del “pato rengo”, que condena a los presidentes que transitan el último año con un poder debilitado. Nada de eso sucedió. Mediante el uso de la cadena nacional, dando órdenes de mando a sus subordinados, firmando cientos de decretos, inaugurando decenas de obras –algunas risueñamente diminutas–, se colocó en el centro de la escena e impidió que su elegido asomara el rostro. Fue un mérito y a la vez un error grave: perdió uno de los bastiones más poderosos del peronismo, que es la provincia de Buenos Aires. A eso hay que agregar su boicot al gobierno entrante, que se manifestó en medidas tomadas de apuro que comprometen la gestión económica futura.

Cristina se comportó como una niña caprichosa que no quiere devolver el juguete que le prestaron y mucho menos a quien considera como un representante de los poderes fácticos. Le cuesta entender que “el juguete” (bastón de mando y banda presidencial) no le pertenece; son símbolos que representan la autoridad de quien ha sido elegido por el voto ciudadano. Pero está claro que al peronismo le resulta intolerable que lo derroten en las urnas; cuando Raúl Alfonsín lo logró en 1983, fue acusado de ser un representante de Coca-Cola y apenas nueve meses después de haber asumido, con una democracia todavía frágil, Saúl Ubaldini, jefe de la CGT, llamó a una huelga nacional para “que se vaya”. Afortunadamente, algunas cosas han cambiado. En estos últimos tiempos, y particularmente en la última semana, la sociedad ha advertido que existen dirigentes del justicialismo que tomaron distancia de la conducta de Cristina y apuestan a convivir democráticamente con un gobierno de signo diferente. Saben que sus votantes los eligieron para ejercer una oposición responsable y no para una aventura de “resistencia”. Varios legisladores del FpV desobedecieron la orden de su jefa y asistieron al Congreso. Ahora está por verse si el presidente Macri tiene la capacidad y el equipo para dirigir un país tan –pero tan– difícil. Por lo pronto, las invitaciones de ayer a Daniel Scioli, Sergio Massa, Margarita Stolbizer, Adolfo Rodríguez Saá y Nicolás del Caño, sus competidores, es una buena señal luego de tantos años de intransigencia dogmática. Salvo este último, todos entendieron que el país necesitará diálogos y acuerdos.

En el discurso del jueves se comprometió a combatir la corrupción y el narcotráfico, a tener una Justicia independiente, a no engañar con datos falsos y alcanzar el objetivo de pobreza cero. Esto último no es poca cosa: el gobierno saliente ha dejado las arcas vacías, dos mil villas miseria y millones de argentinos en condiciones de pobreza. Esperemos que lo logre en un plazo razonable, que seguramente no se mide en meses. Evitó un tema espinoso: la Justicia y los delitos de lesa humanidad. Deberá ser cuidadoso con esa cuestión; una buena porción de la sociedad apoyó al gobierno saliente debido a los juicios a los represores. Deben ser los tribunales los que terminen de una vez por todas con lo que empezaron, sin injerencia del Poder Ejecutivo.

El Presidente va a recibir presiones: el editorial de La Nación fue la primera, y ahora vendrán pedidos de indultos, amnistías, perdones y resignificación histórica de los años de dictadura. Pero estas demandas ultramontanas no deberían ser escuchadas. Lo que debe recuperarse es el diálogo y el pluralismo democrático en una sociedad inútilmente fracturada en bandos desde hace doce años.

(*) Coautor de Perón y la Triple A, las 20 advertencias a Montoneros.  



Sergio Bufano (*)