COLUMNISTAS

Leyes simplemente humanas

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En la mañana del 15 de octubre de 1977, Jorge Rafael Videla salió de la Municipalidad de Junín, me vio, me abrazó y me besó. La razón de ese intimismo ligeramente pedófilo se explica por el hecho de que, sencillamente, yo estaba allí. Tenía 12 años. Era uno de los abanderados de las escuelas que formábamos escuadra en su honor en medio de una verdadera fiesta cívica. Que empezó allí y terminó en la Sociedad Rural, o al revés (mi ciencia no es la cronología).

El regreso a casa fue un viaje a la indiferencia de mi viejo, que no descorchó nada en honor a mi encuentro con el “presidente”. Cuando entré, con la euforia que me había dado el roce histórico del que venía, me saludó como si hubiera salido del baño.  En esa ambigüedad –la de dejar que me luciera con la bandera argentina pero sin rebajarse a la felicitación– me pareció ver, muchos años más tarde, cuando uno puede entender más o menos los recuerdos, una sombra compuesta de generosidad paterna y temor personal.  

Uno de esos años, los alumnos de varias escuelas de Junín también fuimos obligados a recibir el helicóptero que trajo al “gobernador” ibérico Saint Jean a la guarnición militar de la ciudad. Estábamos permanentemente movilizados. Saint Jean bajó casi de madrugada de ese aparatoso ventilador horizontal, en medio de la neblina del invierno, y nos fue descongelando, tanto a sus soldados como a nosotros –sus soldados de reserva–, con el insufrible canto de ópera que caracteriza el “buenos días” de los oficiales y suboficiales argentinos. ¿Qué les pasa que gritan como locutores desquiciados? ¿Son sordos? ¿No saben que existe algo que se llama micrófono?

Junto con ese estilo operístico se fue filtrando en los profesores el rigor de cuartel –la afeitada, el peinado–, el abuso de autoridad y la pasión por el desfile cívico-militar. Varias semanas antes de alguna fecha patria salíamos a la calle a entrenar las coreografías, versiones hardcore de los pasos del Folies Bergere que introdujeron en mi cabeza la idea de que el militarismo es  un tipo de homosexualismo. La sociedad, por supuesto, acompañaba con una felicidad genuina esos despliegues que ahora caen tan mal si suceden en Corea del Norte. Era la misma felicidad que experimenta la familia Romano en La experiencia sensible, la novela de Fogwill en la que la dictadura, gracias al desinterés burgués por la suerte de los demás, es algo de lo que se puede disfrutar.

Pero debería quedar claro que Videla no fue un loco suelto, y que no es justo que el daño industrial de la dictadura se concentre en su figura satánica para deslindar complicidades en todas las escalas que la sostuvieron. Una dictadura no es la obra de un solista, es un sistema de encastres donde conviven halcones y palomas (los que arrastran y los arrastrados). Videla sólo es la “Marca Dictadura”. Es, al mismo tiempo cerebro del plan y  chivo expiatorio. Por debajo de su sombra terrorífica se mueven las comunidades masivas de la falsa inocencia, el idiotismo y la obediencia. Hoy mismo, con el resultado puesto –con Videla “desaparecido”– muchos ex colaboradores y admiradores secretos, que por fortuna ya no son tantos, se deben estar preguntando, como se preguntó Adolf Eichmann cuando murió Hitler: “¿Y ahora quién me va a mandar?”.


*Escritor.



Juan José Becerra