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Liberté, égalité, mamarraché

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Vi Francofonía, la última de Sokurov. Cuanto más pienso en la película, más me parece un mamarracho. Sokurov es uno de los directores que integran el panteón del “gran arte” y parece una boutade decir que hace papelones. En estos días compré un librito de entrevistas a Harvey Pekar, leyenda del cómic americano. Se titula Tolstoi era un charlatán y lo compré por eso: me parece refrescante atentar contra los íconos culturales. Esta semana les toca el turno a los rusos.

Francofonía está centrada en la historia de Jacques Jaujard, un funcionario francés que supuso que las obras del Louvre podían correr peligro ante la inminencia de la Segunda Guerra y entonces las sacó del museo y las distribuyó en los sótanos de los viejos castillos. Cuando los nazis entraron en París, el Louvre estaba cerrado y prácticamente vacío (sólo quedaron algunas estatuas imposibles de transportar), pero el conde Franz Wolff-Metternich, el oficial a cargo de los museos, colaboró con las intenciones de Jaujard y evitó que los cuadros cayeran en manos de Hitler (cuyo sueño era llevar los más famosos a un gran museo a construirse en Linz) y de Goering (que ejerció la rapiña personal a gran escala). Jaujard fue un personaje misterioso. De su novelesca actuación habla un entretenido documental de la televisión francesa llamado Illustre et inconnu. Comment Jacques Jaujard a sauvé le Louvre, narrado por Mathieu Amalric. Pero la ambición de Sokurov no es informar ni entretener, sino discursear, aprovechando una voz solemne con la que sólo Godard puede competir.

Francofonía es un film de tesis, que emplea algunos dispositivos desagradables. Aparece, por ejemplo, Marianne, la figura alegórica de la Revolución Francesa, que pasea por el Louvre repitiendo “Liberté, égalité, fraternité”. Sokurov recrea con actores las entrevistas entre Jaujard y Wolff-Metternich, pero simula que son una vieja película, y las alterna con una serie de imágenes sobre un carguero holandés que transporta cuadros por un mar embravecido, alegoría de las complicaciones que tiene el arte para llegar a buen puerto o de alguna otra cosa, porque así son las alegorías.

Y así llegamos a la tesis: los nazis respetaban a los franceses y querían preservar su cultura, pero en los proyectos hitlerianos a los rusos les tocaba otra suerte: el de ser arrasados con arte y todo. No es falso lo que proclama Sokurov, pero en su afán por victimizar a sus compatriotas incurre en un par de excesos. Por ejemplo, el de omitir toda referencia a los judíos (y, en particular, al saqueo de las colecciones privadas de los deportados). Como también omite que los alemanes quemaron en el Museo de la Orangerie seiscientos ejemplos del famoso “arte degenerado”. Cuando se menciona la costosa defensa de la patria soviética ante los alemanes, una gran imagen de Stalin ocupa la pantalla. Es un momento de enorme ambigüedad, y no precisamente una condena. Pero Sokurov tiene debilidad por las gigantografías de los habitantes del Kremlin, como las que se ven en una de las dos películas que dedicó a Boris Yeltsin. La referencia actual de Sokurov, sin embargo, no parece el liberal Yeltsin, sino el nacionalista Putin. Es su régimen lo que asoma detrás de la acusación que hace el cineasta contra los actuales socios de la Unión Europea.



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