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Libre mercado

¿Con qué dinero pagaron Lanatta, Lanatta y Schillaci su tan nutrido armamento? En una parte, al menos, lo habrán hecho con dinero que aportó mi prima Moni. Porque a mi prima Moni le fascina ir a bailar, hundirse en el punchi punchi, saltar y saltar hasta la salida del sol. Pero no lo hace jamás sin antes pasar a cargar combustible. Y es que sin combustible parece que no le fascina tanto, que encuentra monótono el punchi punchi, que no despega los pies del piso, que no dura hasta la salida del sol.
Lo que abona por ese combustible, en un punto consabido y a un despachante consabido, va trepando distintos peldaños, va pasando de menor a mayor, va subiendo desde la changuita menuda hasta la invisible industria macroeconómica. No sé (porque ignoro por completo los precios) si en su progresiva acumulación alcanza para llegar a comprarse un FAL, o si alcanza para financiar unas cuantas de esas balas que animan los tiroteos, interrumpen las requisas camineras o resuelven los ajustes de cuentas.
Pese a eso, mi prima Moni se pasó todos estos días delante del televisor, lo mismo que medio mundo, reclamando a viva voz que atraparan a los tres fugitivos. ¿Lo hizo por puro cinismo? ¿Lo hizo por ingratitud? ¿O lo hizo por un mecanismo de disociación que es frecuente en tantas personas? Tal vez no fuera nada de eso, sino cuidar de mí tía Nelly. Porque ahí estaba mi tía Nelly, a punto de que le diera eso que ella llama el soponcio.
La tía Nelly es fanática del libre mercado: cree en eso no menos que en Dios. Justo en esto, sin embargo, que es plena oferta y demanda, justo en esto que es el reino mismo de la compra y venta, capitalismo visceral de pura cepa, se inclina con vehemencia por la regulación del Estado: apoya a rajatabla toda clase de intervencionismo.

mkohan