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Libros nuevos

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Me viene ahora a la cabeza una entrevista a María Moreno en Ñ, hace un par de semanas, en la que dijo una frase que me dejó pensativo: “Lo que se ve en lo que escribo es una heterogeneidad (…) que te da la librería de viejo”. Es una gran frase, de la que no me siento en nada ajeno. La idea de que las lecturas estén sólo marcadas por las novedades del mercado editorial, o por las bibliotecas académicas (que no se guían por la actualidad sino por otros modos de legitimidad en apariencia más interesantes: modos con los que sin embargo, siempre, una y otra vez, hay que discutir, sin caer jamás en ningún populismo antiintelectual), me es insoportable. Pero si la frase me dejó pensativo (pensativo sobre mí, jamás sobre María Moreno, que encarna la idea misma de la juventud literaria: la curiosidad sin fin), es porque la librería de viejos, o mejor dicho los libros son una forma de experimentar el paso del tiempo, de envejecer. Viene a mi casa una amiga jovencita (egresada de Puan, en busca de pensar tema para su doctorado, creo) y ve en mi biblioteca Ficción y reflexión, de José Bianco, en la edición de Fondo de Cultura Económica de 1988, y dice: “Lo vengo buscando desde hace mucho, está agotado”. ¿Agotado? Si yo lo compré en Hernández cuando salió. Y después vi que lo reeditaron, ¿pero cuándo? ¿Hace mucho o poco? ¿Realmente no se consigue? No puedo creerlo. Otro día pasa por casa un joven escritor (a devolverme plata que le había prestado) y encuentra Lo ingenuo es lo sentimental y otros ensayos, de Peter Szondi, traducido por Murena para la editorial Sur en 1974, y dice “qué linda edición”. ¿Cómo? ¿Hay otras ediciones? ¿Españolas? Yo lo compré en una librería de viejos que ya no existe más en la Avenida de Mayo también en los 80. Y hoy a la mañana –horario raro en mí– me visita un joven ensayista (tiene el proyecto de sacar una revista que desmitifique a los poetas de los 90) y ve La filosofía como institución, de Jacques Derrida, publicado por Juan Gránica Ediciones, Barcelona, 1984, en una edición a cargo de Víctor Gómez Pin, libro que en realidad no existe en francés y que reúne una serie de conferencias en la Universidad del País Vasco (español), y dice: “No conocía ese libro”. ¿Cómo que no lo conocía, si tiene el mejor ensayo que yo haya leído sobre Ante la ley, de Kafka? Lo compré en la liquidación por cierre de la librería Española, en la calle Florida, donde después estuvo el ICI y ahora el Cceba.
El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. Y, de repente, me dieron ganas de releer el libro de Bianco, en especial su Crónica mexicana de 1967, que comienza con una deliciosa anécdota con Elena Garro y Carlos Pellicer, y termina con la descripción de un maravilloso viaje a Oaxaca, donde D.H. Lawrence escribió La serpiente emplumada, ciudad en la que precisamente estuve la semana pasada. Y allí fui a cenar a casa de un editor (al que le pedí prestada la computadora para levantar mails) y en su biblioteca me encuentro con La gran transformación, de Karl Polanyi, en una edición de Juan Pablos Editor, México, 2009. Y le digo: “No conocía esa edición. Yo tengo la del Fondo de Cultura Económica”. Y él me dice: “Esta toma exactamente la edición de 1947, de la editorial Claridad, de Buenos Aires, qué raro que no la conozcas”. Lo miré, sonreí, y me sentí eternamente joven.



Damián Tabarovsky