COLUMNISTAS ENSAYO

Liderar con el ejemplo

En El liderazgo de Francisco (Ediciones B), el experto en management Bernardo Bárcena define al Papa como un referente que “dice lo que piensa y hace lo que dice”, que comunica con obras, con sentido del humor, que pregunta y escucha, y sirve en lugar de pretender ser servido. La lista incluye estas y otras características que pueden –deberían– aplicarse a las organizaciones modernas, donde los número uno deben indicar el camino.

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Dice Francisco: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos. En lugar de ser solamente una Iglesia que acoge y recibe, manteniendo sus puertas abiertas, busquemos más bien ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos, capaz de salir de sí misma yendo hacia el que no la frecuenta, hacia el que se marchó de ella, hacia el indiferente. El que abandonó la Iglesia a veces lo hizo por razones que, si se entienden y valoran bien, pueden ser el inicio de un retorno. Pero es necesario tener audacia y valor”.

Agrega Francisco: “El jesuita debe ser persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto”. “Entonces, Santo Padre, para la vida de una persona es importante la creatividad?”, pregunta el padre Spadaro. Se ríe y le responde: “¡Para un jesuita es enormemente importante! Un jesuita debe ser creativo”. (…)

Ante las distintas situaciones que vivimos podemos asumir dos roles opuestos: el rol de víctima o el rol de protagonista. A veces elegimos uno y otras veces el otro. Nadie es siempre víctima ni siempre protagonista, sino que las personas tenemos mayor propensión a asumir uno u otro rol, a ubicarnos en uno u otro lugar ante las distintas circunstancias que se nos presentan en nuestra vida cotidiana. ¿Cómo somos cuando elegimos el rol de víctima? Pensamos: “Lo que me pasa” y, como siempre, nuestra manera de pensar se refleja en nuestro lenguaje, nuestro modo de comunicar eso que pensamos. Algunos ejemplos: “Me agarró un congestionamiento de tránsito”, “No me copiaron en el mail”, “Me chocaron”, “Me aplazaron en el examen”, “Me agarró la lluvia”, “El nene no me come”, “No me valoran en el trabajo”, “No me paró el colectivo”. Para la víctima, siempre está afuera la causa de todos sus males. Son los demás siempre los responsables de los infortunios que la aquejan. Cuando algo no funciona como ella quisiera, busca responsables: su socio, su vecino, su ex marido/mujer, su jefe, el gobierno, las nuevas generaciones, etc. El grave riesgo de esta búsqueda es que la víctima siempre encontrará allí todo lo que necesite para poder explicar sus infortunios y justificarlos. De modo que caerá en una famosa trampa: encontrar culpables y más culpables que la justifiquen y la alienten a seguir depositando siempre en los demás, y nunca en ella misma, la responsabilidad. Y esto conduce a la inmovilidad, porque si no nos implicamos e intentamos cuestionarnos buscando en nosotros mismos las causas de aquello que nos está de algún modo entorpeciendo, nunca cambiaremos y la vida para nosotros siempre será igual: estará ensañada en obstaculizar nuestro camino a la fama… tenemos mala suerte, siempre nos pasan cosas malas, son injustos con nosotros, etc.

La víctima cree estar, por lo tanto, en un estado de perfección en el que todo lo hace bien pero en el que los demás la atacan permanentemente. Las explicaciones que da a los demás (y que se da a sí misma) se denominan explicaciones tranquilizadoras, debido a que le permiten vivir con la tranquilidad de saber que no es ella quien debe cambiar algo en su vida. Es el clásico caso de quien llega a una reunión treinta minutos tarde y con un gesto apacible y desentendido dispara: “Buenas tardes, salí de mi casa con suficiente anticipación, pero me agarró un corte en la avenida”.

Trabajar sobre los objetivos modifica nuestra experiencia. Configuramos nuestra vida de manera consciente y reducimos el peligro de sentirnos víctimas. A todos nos gusta ese papel, mucho más de lo que advertimos. El signo exterior es lamentarse. En tanto víctimas, somos inocentes; los otros son los malos y nosotros somos impotentes, quedamos expuestos, vulnerables frente a esa maldad. Creemos entonces que el jefe, los colaboradores, el Estado, el cliente, nuestros padres, nuestra pareja, la coyuntura, etc., deberían cambiar. En el momento concreto el sentimiento de “inocencia”, de no poder hacer nada frente a una sucesión de hechos que nos traspasan, resulta cómodo y sencillo. Pero al cabo de un breve lapso estos sentimientos son sobrepasados por el desagrado y el enojo. Con esta postura no hacemos más que autoboicotearnos. Quien se siente víctima es incapaz de actuar. Debemos cruzar al otro lado: pasar de la desvinculación a la participación activa, a involucrarnos, comprometernos con nuestro entorno. Sucede en todos los casos a pesar de los riesgos. Quien actúa comete errores, pero también sin duda experimenta el éxito. Halla resistencia, pues se expone a la crítica de los demás, pero también entusiasmo. El otro rol que podemos elegir ante las distintas situaciones de nuestra vida es el de protagonista. A diferencia de la víctima, el protagonista no piensa “lo que me pasa” sino que reflexiona: “Esto es lo que pasa, y a partir de allí yo decido actuar en consecuencia”. La palabra clave dejó de ser me y pasó a ser yo. Como protagonistas, debemos abandonar nuestra zona de confort, el ámbito que nos es familiar y donde nos sentimos seguros y cómodos. Es justamente esta la característica psicológica de la satisfacción y de la sensación de felicidad, como lo afirman de manera sostenida los investigadores sobre el tema Mihaly Csikszentmihalyi y Ed Diener, entre otros. Sólo una vez que nos exponemos a los riesgos y nos esforzamos podemos experimentar junto al éxito también la sensación de felicidad. De ahí una estrategia simple pero muy efectiva: ¡actuar en lugar de lamentarse!

El coraje empresarial de los colaboradores favorece una buena cultura del error y un clima libre de temores. Los fracasos son concomitantes naturales de los éxitos y debemos darles la bienvenida tanto como a aquellos. El éxito del liderazgo depende más de la disposición del líder a aprender más y a desarrollar la propia personalidad que del hecho de poseer determinadas aptitudes o destrezas. Citando nuevamente a Anselm Grün y Friedrich Assländer: “Los diplomas y certificados sugieren que hemos alcanzado algo, que arribamos a la meta. Cuando dirigimos personas no estamos jamás en la meta, sino en camino; aprendemos constantemente cómo hacerlo, más a menudo a partir de los errores que cometemos”.
Cuando las cosas no se dan como el protagonista las había planeado, su primera reacción no es salir a buscar culpables, lo que busca es aprender. Se pregunta: “¿Qué podría haber hecho yo de otro modo?”, “¿qué podría no haber hecho para que esto no sucediera?”, “¿qué aprendí con esto que ocurrió?”, “¿qué haré en el futuro de otra manera para que esto no pase nuevamente?”

El protagonista no cree que él sea una especie de ser perfecto y que todos los demás están equivocados sino que se considera un aprendiz permanente y sabe que es él mismo quien tiene el poder de cambiar la realidad cuando ésta no es de su agrado. Lejos de ser tranquilizadoras, las explicaciones que da son generativas, ya que generan un cambio y un aprendizaje.

Un ejemplo muy simple que ilustra claramente los diferentes roles es el de la lluvia: un día lluvioso dos compañeros de trabajo llegan a la oficina totalmente mojados. Su jefe, sorprendido, le pregunta al primero: “¿Qué te pasó que estás empapado?”, a lo que el empleado contesta: “Estaba llegando a la oficina y me agarró una tormenta”. Mira al segundo y le pregunta lo mismo. El empleado responde: “Lo que sucede es que salí sin paraguas”.

La situación es la misma: dos empleados llegan mojados al trabajo, pero mientras que el primero da una explicación tranquilizadora culpando a la tormenta, el segundo piensa qué podría haber hecho él de otro modo, qué aprendió a partir de esa situación. Cada vez que llueva, la tormenta va a “agarrar” a la víctima, mientras que el protagonista llegará seco a la oficina porque aprendió algo. Una frase que siempre acompaña al protagonista es: “Desde mí y a pesar de”. Sabe muy bien que no puede cambiar el curso del viento, pero sí que podrá acomodar las velas.

*MBA en Administración de Empresas y docente universitario.



Bernardo Barcena