COLUMNISTAS NACIONALISMO

Llegar al desacuerdo

PERFIL COMPLETO

La Cordillera de los Andes es rotunda, y al serlo nos ayuda a entender que conformen un país distinto los que habitan allende sus cumbres. Los brasileños hablan otra lengua, lo que es prueba concluyente de una verificable otredad. Una guerra digna, pero perdida, la guerra en el Alto Perú, que emprendieron sucesivamente Balcarce, Belgrano y Rondeau, nos habituó a la idea de que Bolivia es otra patria. Otra guerra, ganada pero indigna, la de la Triple Alianza, señaló una verdad semejante a propósito de Paraguay.

Los uruguayos, por su parte, ¿por qué no son argentinos? No lo son porque no quisieron. En su hora prefirieron escindirse y armarse un país por su lado. Lastimaron de ese modo, en su origen y por su origen, las vehemencias más expansivas del orgullo nacional argentino: el que supone que ser argentino es simplemente genial, el mejor de los destinos posibles, lo que medio mundo ambiciona; el que consagra nuestra condición privilegiada, la bendición de los cuatro climas, un destino de grandeza impar, un pedazo de Europa en Sudamérica.

Los uruguayos prefirieron no serlo. Se quedaron con sus climas, que serán dos o tres a lo sumo, pero nunca cuatro; desistieron de nuestras escalas grandiosas y eligieron una formulación más sencilla; del sueño europeo a lo sumo les habrá tocado ser Suiza, pero en vez de tener por capital una copia perfecta de París, se resignaron a una copia de esa copia, nada más. La sola existencia del Uruguay, su germinal desentendimiento, les pone un límite sensato a las ínfulas de la argentinidad, a la vanidad que tan a menudo ejercemos, a la certeza que solemos presumir de ser colosales: motivo de envidia.

Lo que digan los uruguayos (y los presidentes uruguayos) acerca de los argentinos (y de los presidentes argentinos) podrá ser en cada caso verdad o mentira. Lo que dice el Uruguay, en cambio, como tal y de por sí, sobre la Argentina, es siempre básicamente verdad. Esa clase de verdad que, por gusto de ufanarnos, los argentinos no admitiríamos ni siquiera con micrófono cerrado. Que somos apenas un país entre tantos otros. Ninguna cosa especial.



Martín Kohan