COLUMNISTAS TEORIA DEL METODO

“Lo pasado, pisado”

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Memoria. El desfile del pasado 25 de Mayo generó más polémica que participación.
Memoria. El desfile del pasado 25 de Mayo generó más polémica que participación. Foto:Telam
El desfile militar del 25 de Mayo plasmó un pasado que el Gobierno se empecina en convertir en presente. La marcialidad de las Fuerzas Armadas marchando por la avenida más opulenta de Buenos Aires trajo reminiscencias simbólicas acerca de los verdaderos protagonistas del poder y quienes les sirven. La apelación a la “memoria colectiva” también forma parte de la desmemoria. El grosero error de la bandera que recubría el palco con un inefable “25 de Mayo 1816-2017” habla, por sí mismo, de desconocimiento y liviandad de una fuerza política que recorta, trastoca y subestima la historia que nos construye y constituye. Pero, sobre todo, de su percepción del pasado como un presente continuo.

   En el pensamiento binario en el que se autositúa el PRO como artífice de la política del siglo XXI, al pasado se le asigna el rol de encarnar todos los males que hoy acechan. Ese trazo requiere un relato histórico esquelético, despojado de gestas, ideales, héroes y heroísmos y, sobre todo, acciones, valores y compromisos colectivos. De allí el intento, ya esbozado por Nicolás Maquiavelo, de separar política e ideología. O, en su versión actual, de reemplazar “ideología por metodología”. No se trata de un juego de palabras. El método refiere al medio utilizado para llegar a un fin.  De separar el “ser del deber ser”.

   Cuando a principios de los 90 la ola neoliberal salpicaba el pensamiento de Occidente, el politólogo estadounidense de origen japonés, Francis Fukuyama, encorsetó la historia y declaró su fin. Si el motor del cambio ha sido para Marx la lucha de clases, la caída del Muro y por lo tanto del comunismo, significaba el fin de las ideologías y la consolidación de un pensamiento único. El correlato local durante el menemismo fue el “posibilismo”: hacer lo que se puede en un mundo globalizado y sin matices.

  El PRO, por el contrario, tiene aspiraciones mucho más ambiciosas. Cree que puede moldear a su imagen y semejanza una sociedad “condenada por su pasado”, y atada a dogmas que le impiden proyectar un futuro venturoso. Esta matriz, de alta densidad ideológica en su correlato de objetivos e intereses, debe ser en su acción política porosa y flexible. Si el curso de acción lo guían encuestas y algoritmos, y en el que las convicciones y promesas son casi un menú a la carta, lo mejor es viajar ligero de equipaje.

   Trasladar los criterios del mundo de los negocios a la gestión política tiene consecuencias que sobrepasan, por mucho, el ensayo y error o el “si me equivoco pido disculpas”.

Presupone comprimir la historia y el futuro del país a los vaivenes de un presente errático, que no logra encontrarse a sí mismo. La construcción de la modernización prometida no pareciera ser un proyecto de Nación colectivo y soberano, sino la suma de “emprendedores” en la búsqueda individual de su propio beneficio, que en caso de ser exitosos derramarán algunas migas. Algo similar ocurre con las responsabilidades cuando la ideología intenta escudarse tras la “metodología”. Todo se reduce a un error de cálculos, los hechos son independientes y aislados, las consecuencias se desdibujan. Gestionar el Estado desde una cultura tecno-gerencial significa que las “metas” reemplazan políticas, que los equívocos son resultados de la innovación que siempre generan incertidumbres, que la gente es un número que sólo se vuelve corpóreo si obstaculiza, que no se rinden cuentas ante los gobernados sino sólo ante el jefe.

  Las responsabilidad de los liderazgos corporativos, según los manuales que los formatea, es impulsar una cultura que genere y dé forma a emociones. Y desde la emoción es como se construyen visiones comunes, comportamientos y valores que redundarán en los buenos resultados. El manual trasladado a la política, significa que los votantes no deben ser tratados como sujetos racionales sino emocionales. No importa cómo estemos sino cómo nos percibimos. Y cuando las percepciones cambian opera la maquinaria política. Como decía Maquiavelo, “quien desee éxito constante debe cambiar su conducta con los tiempos”.

 **/**Expertos en Medios, Contenidos y Comunicación. *Politóloga. **Sociólogo.


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