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Lo que nadie vio

Como Carrió, los empresarios salieron a hacer denuncias, pero de cosas que antes apoyaban.


Foto:PABLO TEMES

Algunos miran, pero no ven. Otros, impunemente, se tapan los ojos con las manos. También hay quienes no escuchan o, si escuchan,  no entienden. O enmascaran el entendimiento. Y no faltan, en el éxtasis de la distracción, quienes se prescinden como testigos o partícipes necesarios de los acontecimientos que observan. Formas cínicas de supervivencia en la historia reciente, quizás como las que encontraba el cristinista José López –el de los US$ 9 millones non sanctos descubiertos en un monasterio de General  Rodríguez–, quien en su propia casa albergaba amuletos religiosos, figuras y piezas cristianas, cruces y emblemas católicos, réplicas de mártires, vestales y, lo más singular, una copia del Libro del Eclesiástico, Libro de la sabiduría de Jesús o de la Iglesia, extenso cuerpo con máximas que el ex funcionario hoy preso había depositado para la lectura en un atril de su living. Se nutría al parecer con esa guía espiritual que, curiosamente, estaba abierta en uno de los capítulos que aconsejaba conductas para el ejercicio público de la función.

Ciertamente, parece difícil saber si López consultaba ese minucioso texto cuando distribuía obras entre empresas, intendentes y gobernadores durante los gobiernos K o si, más tarde, emprendió su lectura hasta producirle algún efecto alucinógeno que lo hizo apersonarse con  bolsos repletos de dinero en un convento que preside una anciana monja sacralizada por el papa Benedicto, la madre Alba, sanadora de almas como la de Julio De Vido o colaboradora espiritual de Alicia Kirchner para que su hija pudiera procrear. Tal vez, si no le alcanzaba a López para ese acto lo que manda el refugio del Eclesiástico que repasaba en su casa, se habrá asistido con alguna sustancia en el agua bendita. Nadie lo sabe y poco importa, incluso si es engañosa esta versión posterior al allanamiento, ya que la impostura gobernaba sus actos, incluso el mandamiento del punto 17, capítulo uno, cuando alude a “les colma la casa de bienes preciosos y con sus joroductos llena sus graneros”. Aunque estuvo poco atento, el  hombre que se encerrró solo en un calabozo, casi sin intervención de la Justicia, ya debió advertir otra observación en el mismo libro aparecida en el versículo 22, que precisa: “Un arrebato indebido no puede justificarse porque el ímpetu de la pasión lleva a la propia ruina”. Si a veces hay ojos que no quieren ver, también hay libros que se poseen y no se leen –aunque presidan la biblioteca o un atril– o, si se los lee, ese ejercicio no garantiza comprender la sabiduría de su mensaje.

Hay otros ejemplos menos escandalosos que la peripecia de López. Otros, recientes, que la sociedad y los medios fingen no advertir.

En un singular fenómeno colectivo de silenciosa complicidad, nadie señaló que la denuncia de Elisa Carrió contra el jefe de la Policía Bonaerense Pablo Bressi –cuya suerte se torna sellada–, imputándolo por favorecer a los narcos o involucrándose con ellos, en rigor implicaba otro juicio de mayor alcance y apuntaba no sólo al entourage de la gobernadora María Eugenia Vidal: se dirigió contra el propio Mauricio Macri, contra su familia y especialmente contra su primo Jorge Macri, miembro del gobierno provincial e intendente de Vicente López. Y postulante ya revelado del Presidente para las elecciones de medio término del año próximo. A él también lo acusó, en su campaña redentora, de hacer la vista gorda o estar inmerso en ese sórdido mundo del narcotráfico. Carrió lo dijo con exactitud, nadie del Gobierno –ni el propio aludido– le respondió, como si proteger a Bressi hubiera sido más importante que defender a un pariente presidencial. Algunos cínicos, claro, atribuyen ese juicio de la dama controversial a la necesidad política de ella para desmontar la candidatura de un competidor. Si así fuera, ese cálculo –al margen de la humillación más calamitosa para un hombre– supera cualquier límite ético, supone una vergonzante osadía de la tercera socia del oficialismo. Entonces, mejor no hablar, no contestar, proceder como si esa manifestación no hubiera ocurrido.

Empresarios. Otra particularidad la ofrece el universo empresarial, el mismo que aplaudió al matrimonio sureño, lo halagó durante 12 años, se sometió a sus vanos caprichos y, en simultáneo, se beneficiaba con tajadas obvias. Menos expuestos que Lázaro Báez u otros dilectos de la pareja, naturalmente. Un caso, la Cámara de la Construcción, casi un apéndice del Gobierno, la fluctuante Unión Industrial Argentina y el Cicyp, esa Cámara de Comercio presuntamente interesada en la libertad de comercio que se convirtió en el 6,7,8 del Gobierno en pro del estatismo. Basta ver el breviario de su colección de actos. Como se exaltan a sí mismos despreciando al Eclesiástico (“no sea que caigas y atraigas sobre ti el deshonor”), muchos de sus dirigentes descubrieron en la nueva etapa del país la conveniencia de denunciar anomalías y delitos del pasado, mencionarlos en público y luego no sostenerlo ante la probanza de un tribunal. Pasó con los prebendarios de la construcción, de los industriales (“Todos sabíamos lo que pasaba”, o “se cobraba el 15% de mordida, como el movicom”) y hace pocos días lo completó el Cicyp, cuando Adrián Werthein se golpeó el pecho, se arrepintió de la connivencia y la permisividad con el régimen anterior. Casi todos, como si no hubieran multiplicado sus negocios, patrimonios y ventajas, ofreciendo asados, reuniones, asociándose, convocando magistrados por si los tiempos cambian.

A Werthein, a quienes algunos ven como crítico de su antecesor Eduardo Eurnekian, la familia Saguier de La Nación lo calificó de “hipócrita” por su arrepentimiento repentino y, en el editorial, se olvidó de señalar que en ese almuerzo de contrición se homenajeaba al embajador de los Estados Unidos, Noah Mamet, quien no ha cesado de propiciar todo tipo de subvencion estatal para “las inversiones que van a venir” en el rubro energías renovables, en particular para General Electric, incluyendo en el ejercicio un perdón específico en el futuro blanqueo para aquellos que exterioricen fondos no declarados en ese sector.

Hablaba Werthein frente al diplomático, consentían ambos y el resto de los participantes en el aplaudido mea culpa, junto a un invisible en ocasiones empresario favorito de la embajada, consultor asiduo de Carlos Zannini y socio aún en no menos de una docena de proyectos formales con Jorge Chueco, el hacedor de sociedades de Báez. Otro que por sus desvaríos de conciencia o terrores a la Justicia está preso por su propia cuenta al huir casi sin que nadie lo persiga.

Nadie vio, nadie escuchó, nadie participó. Como los monitos. Aunque todos siguen en lo mismo.



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