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Lo que no tiene perdón

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Perdonar no es una obligación. Hay hechos imperdonables. ¿Cuál sería el valor del perdón si fuera obligatorio? ¿No resultaría una ventaja para el ofensor? Lastimo, hiero, ofendo y a continuación pido perdón. Si no se me concede paso a considerarme ofendido. Negocio redondo. La obligación de conceder perdón es un pasaje directo a la impunidad. ¿Puede haber mejor noticia para un violador, un asesino, un abusador, un pedófilo o un corrupto que la imposición del perdón?
Para el herido, el ofendido, el maltratado, el abusado, el perdón es una opción. Pero para el ofensor es una obligación. Una obligación moral. Y más cuando la herida está a la vista, es inocultable, sangra a los ojos de todos. Negar la existencia de esa herida, negar el dolor del otro, negarse a reconocer el daño cometido no sólo es inmoral. Y una suprema muestra de irresponsabilidad. Puede ser también un rasgo psicopático (el psicópata no distingue el bien del mal y no registra el dolor ajeno).
El miércoles 30 de marzo, Silvio Guillermo Martinero, un abogado y militar retirado, asesinó de un tiro en pleno centro de Buenos Aires al cerrajero Daniel Fernando De Negris, un hombre que como tantos caminaba por la calle Maipú mientras ejercía su oficio. El asesino adujo como excusa la “defensa propia”. Dos motochorros, dijo, le habían intentado robar una mochila con dólares. El cerrajero no era un motochorro, sino un transeúnte más entre los cientos que a las 9 de la mañana transitan por el lugar. Martinero llevaba una pistola Glock 9 mm. Quien porta un arma de ese calibre sabe lo que hace, sabe que puede matar, se prepara para ello. Las armas no están hechas para acariciar. El asesino tiró a matar. Se equivocó de blanco, mostró su torpeza, su falta de puntería, su irresponsabilidad, su desprecio por la vida de los otros, los que no tenían nada que ver. Pero confirmó la eficacia del arma. Quien, además, portaba con un permiso que, según fuentes de la investigación confiaron a la prensa, había vencido en 2012. Así como estaba dispuesto a matar debía saber que, si se daba el caso, lo haría fuera de la ley.
De Negris tenía 55 años y una hija de 11, ahora huérfana. Según sus vecinos de Berazategui era un buen hombre, servicial, colaborador. Resulta siempre doloroso que muera uno de los buenos, sobre todo cuando es silencioso y casi anónimo. Pero incluso podría no haberlo sido y el crimen no resultaría menos aberrante ni menos imperdonable.
Sin embargo, un día después del asesinato la mujer de Martinero afirmaba que no pediría perdón a la familia destruida de la víctima. “Fue un hecho fortuito”, adujo. Fortuito es que un rayo mate a una persona, que un tsunami arrase con la vida de miles en una playa, que se desprenda la rueda de un vehículo en marcha e impacte en una persona. Pero que alguien lleve una poderosa Glock 9 mm encima en plena ciudad sin estar en servicio en ninguna fuerza de seguridad es imprudente, es irresponsable y, llegado el momento, puede ser, como lo fue, criminal. Y no pedir perdón por la consecuencia trágica de esa acción es un acto inmoral.
La terapeuta y escritora vienesa Elisabeth Lukas (discípula dilecta de Víktor Frankl) sostiene en su trabajo Felicidad en la familia: “Lo más difícil es perdonar cuando el otro no muestra arrepentimiento o prosigue comportándose de manera ofensiva”. Es ofensivo negarse a pedir perdón cuando se ha segado una vida de una manera inadmisible e intemperante. Y aun si se lo hubiera pedido, es posible imaginar la dificultad de la familia De Negris para perdonar. Una dificultad entendible. “Perdonar no es olvidar, dice Lukas, porque entonces no se sabría qué se perdonó”. Sólo se puede perdonar (aun no siendo obligatorio) cuando se comprenden los abismos del alma humana, agrega la autora. Aunque, a la luz de los hechos, hay abismos incomprensibles.
La actitud del asesino y la indiferencia posterior de su mujer no son, sin embargo, más que síntomas. Estremecerán durante unos días, después los ecos se apagarán y, con buenas influencias, hasta es posible que todo termine en una condena leve. No sería la primera vez. Y confirmaría el grado de enfermedad de una sociedad en donde la vida no vale nada y casi uno de cada diez habitantes (hay 3,4 millones de armas en negro, según la Red Argentina para el Desarme) es un asesino potencial que sólo espera su oportunidad.

*Escritor.



Sergio Sinay