COLUMNISTAS INTERPRETACIONES

Lo que pasa y lo que se dice

Cómo el conflicto en Tucumán y la muerte de un niño qom pusieron de manifiesto el desorden del país.

 

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Foto:Pablo Temes

Aveces es una foto que sintetiza una situación monstruosa; otras, un gesto que demuestra hasta dónde puede llegar la bajeza humana; otras, una frase que desnuda el descaro, la impunidad y, en última instancia, la estupidez de la especie. Las cosas pasan, y luego vienen las interpretaciones que cada uno, cada grupo, defiende según su nivel de información, de cultura, de sentido de la honestidad.

La foto del niño sirio Aylan ahogado y la del niño qom muriendo desnutrido; los videos de la periodista húngara Petra Laszlo pateando a refugiados; la crónica del gran escándalo en las elecciones tucumanas, la del miniescándalo en las huestes de Mauricio Macri –el affaire Niembro– y el cada vez más nebuloso misterio del affaire Nisman son las cosas que pasan. En el mundo y entre nosotros. Lo que cambia es el modo en que cada sociedad las encara, a partir del nivel de aceptación de los hechos y de moral social; al margen, o al cabo, de las ideologías e intereses personales.

La foto de Aylan precipitó en Europa una reacción acorde con esas sociedades. Para resumir, y sin subestimar las diferencias y conflictos entre países, incluso las miserias, que en todos lados las hay, sólo Alemania, el malo de la película, acabó por asumir la acogida de 500 mil refugiados y el gobierno decidió aumentar en 6 mil millones de euros el presupuesto para atenderlos. ¿Que eso provoca conflictos internos? Por supuesto, pero la coalición de gobierno y una parte de la oposición se pusieron de acuerdo y la mayoría de la opinión pública apoya esa política. ¿Que detrás de eso también hay un cálculo interesado? Por supuesto. La población alemana envejece. Pero ¿qué tiene esto de malo? Lo esencial es que el problema es gravísimo y de algún modo había que ponerse de acuerdo para enfrentarlo.

En Argentina, en cambio, lo de Tucumán, lo de Niembro, lo de Nisman, esas cosas que pasan, no son consideradas como tales, sino desde alguna inamovible trinchera. Sí, hubo fraude en Tucumán, pero ¿cómo lo va a hacer el oficialismo si iba ganando? Sí, hubo fraude en Tucumán, pero ¿qué otro que el oficialismo podía organizarlo? Sí, hubo fraude en Tucumán, organizado por el oficialismo porque sabía que le iba a ir mal.
O sea, todo el mundo está de acuerdo en que hubo fraude, entendiendo incluso por tal el “acarreo” de votantes, las bolsas de comida, cámaras y urnas que desaparecen, etc., pero de lo que se trata es de servirse de las enormes irregularidades –llamémoslas así– en Tucumán para restar votos al rival en las elecciones de octubre. Todo pasa por si se trata de fraude o de “irregularidades”; si fue mucho o poco; aquí o allá. Incluso, y según el aquí o allá, los mismos que dicen que hubo luego dicen que no hubo. Es como si el hecho de que hubo-fraude-en-Tucumán fuese un asunto para echarse culpas, sentar posiciones y/o sacar ventajas, antes que para ser considerado como lo que en realidad es: un problema grave, de proyecciones nacionales, que debe ser mirado de frente, porque afecta a todos y requiere una solución de conjunto.

“Afecta” en el sentido de que si “lo de Tucumán” no se aclara y rectifica, sobre el ganador de las elecciones, cualquiera que sea, planeará la sospecha de ilegitimidad. Esta semana, la oposición se retiró del escrutinio y presentó una denuncia penal. Tal como se lo está manejando, este asunto deslegitimará al próximo gobernador de la provincia.

Y en ese caso la sospecha, o un nuevo escándalo, teñirá las próximas elecciones nacionales, y el gobierno que surja de ese caos, cualquiera que sea, será esencialmente débil, cuando resulta evidente que el próximo gobierno necesitará de mucha legitimidad, teniendo en cuenta los datos económicos y sociales del país, aun los menos catastrofistas, agregados los de la preocupante situación internacional. También de un cierto nivel de acuerdo con la oposición y el conjunto de la sociedad, al menos sobre el respeto a las reglas de juego.

Los dichos. Pero eso no parece preocupar a la política argentina. Ya se ha señalado aquí (http://www.perfil.com/columnistas/Cuarenta-anos-despues-20150829-0005.html) que esta forma de encarar o, mejor, de no encarar los hechos asume formas de expresión de verdadero delirio, cuando no de esperpento y grosería. A los insultos al futbolista Carlos Tevez proferidos por una autoridad formoseña, entre otros dislates de la semana anterior, se agregan esta semana los dichos de la Presidenta, quien respecto a la tragedia de Aylan señaló: “No quiero parecerme a países que echan inmigrantes y dejan morir chicos en las playas”. El mismo día se enteró, junto al resto de nosotros, de que un niño qom había fallecido en el Chaco por problemas de desnutrición y una deficiente asistencia. El ministro de Salud de la Nación, Daniel Gollán, alegó que es dificultoso “llevar a un chico a internarse, porque la familia todavía cree en la palabra del chamán”, abonando así la teoría de Jorge Capitanich: que el chico murió por “cuestiones culturales”. El problema es que, el 2 de enero pasado, había muerto otro chico qom, Néstor Femenía, que a los 7 años pesaba 20 kilos. Y era sólo uno más. Los qom llevan meses acampando en Buenos Aires, esperando que la Presidenta los reciba. Algo tendrán para decirle.

También esta semana se anunció la inminente sentencia al maquinista Marcos Córdoba, como “el único autor”, según la querella, de lo sucedido en la tragedia de Once, “por no accionar los frenos”. El jueves pasado apareció en librerías, editado por Sudamericana, La Argentina auditada, del presidente de la Auditoría General de la Nación, Leandro Despouy. Allí puede leerse, en un informe de la AGN enviado al Congreso un año antes de la tragedia, que numerosas unidades del ferrocarril Once-Moreno presentaban, entre otras graves deficiencias, “zapatas de freno fuera de banda de rodadura o acanalada”.
“Ojos que no ven, corazón que no siente”, decían nuestras abuelas. Pero el problema, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí al abrir los ojos.

*Periodista y escritor.



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