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El viernes de la semana pasada me desperté con la noticia de que había muerto Jacques Rivette, lo que me sumergió en una nube de melancolía. Horas más tarde, una revista online me pidió un obituario que aún no termino, sumergido como estoy en una maratón de sus películas, apasionantes y muy poco conocidas fuera de un núcleo durísimo de cinéfilos.
Ese día teníamos visitas en casa: Hernán Vanoli y Lolita Copacabana vinieron desde Villa Gesell a almorzar. Son dos jóvenes escritores y editores a los que apenas conocía. Había leído Aleksandr Solzhenityn, de Copacabana, y Cataratas, de Vanoli, dos novelas singulares que incursionan en mundos cercanos pero ocultos para la literatura argentina. El libro de Vanoli es un policial negro futurista protagonizado por investigadores y becarios en Ciencias Sociales del Conicet, que expande hasta la tragedia apocalíptica las tensiones de vidas estériles y rencorosas. El de Copacabana usa un dispositivo similar y mira con detalle los efectos de otra burocracia, la que en la Ciudad de Buenos Aires castiga a los detenidos por manejar alcoholizados. Si Cataratas logra extraer de un mundo gris 450 páginas de acción sin pausa, Aleksandr Solzhenityn convierte los castigos municipales en una interrogación profunda sobre la Justicia. Ambos libros bautizan a sus personajes con nombres tomados del espectáculo y la política. Los de Copacabana se llaman Lindsay Lohan o La madre de Elle Fanning; los de Vanoli, Marcos Osatinsky o Ignacio Rucci. El sistema, según explican los autores, viene de la alt-lit, un grupo de escritores americanos de los que Vanoli y Copacabana editaron una antología.
Me interesaba saber por qué ambos dedicaban su tiempo, su energía y su destreza a dos libros que de ningún modo serían best-sellers, que incluso presentan dificultades para los lectores ajenos a cierto ambiente y a ciertas convenciones. La respuesta me sorprendió un poco: Vanoli dijo “para construir una obra”. Copacabana: “para la posteridad”. Había una gran convicción en sus respuestas.
Después de una muy agradable conversación, se fueron los invitados y volví a Rivette. Me puse a ver un hermoso documental de Claire Denis que se llama Jacques Rivette, le Veilleur (1990), donde colabora Serge Daney, tal vez el único crítico con el que el hermético Rivette se comunicaba con soltura en esos años. En un momento surge el tema de la posteridad y Rivette lee un pasaje de Suréna, la última obra de Corneille, escrita en 1675 cuando el autor tenía setenta años (más o menos la edad de Rivette entonces). El héroe dice: “Que todo muera conmigo, señora: qué me importa...” Y Rivette lee cuatro versos a los que califica de extraordinarios y que (mal traducidos) dicen así: “Cuando perdemos el día que nos ilumina/ la vida se vuelve completamente imaginaria/ y el más pequeño instante de la felicidad deseada/ vale más que esa eternidad tan fría y vana”.  Y luego agrega de su parte que “Corneille le dice a la posteridad lo que merece escuchar: que no espera nada de ella”.
Me pregunto si Rivette pensaba lo mismo cuando tenía 35 años, como hoy tienen Copacabana y Vanoli. Y si ellos, a los 70, invocarán o no al viejo Pierre Corneille. Tal vez sean preguntas más importantes que saber qué pensará la posteridad de cada uno. Finalmente, los obituarios son una impostura.

qquintin