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Locura y liviandad del poder

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En En el poder y en la enfermedad y en The Hubris Syndrome: Bush, Blair and the Intoxication of Power, David Owen analiza los comportamientos de líderes que se endiosan con el poder, olvidan que es efímero y toman decisiones torpes que los llevan a la perdición. La “enfermedad del poder” se agudiza cuando estos políticos creen en mitos que justifican sus excesos. Las ideologías promovieron en el siglo pasado las peores masacres de la historia. Decenas de millones de personas murieron por delirios de nazis, comunistas, revolucionarios y contrarrevolucionarios que en el afán de construir un paraíso, llevaron al infierno a muchos seres humanos. En ese entonces los ciudadanos teníamos poca información, creíamos lo que nos decían y obedecíamos a nuestros padres, maestros, sacerdotes, empleadores o sindicatos. Pero la ciencia y las comunicaciones han evolucionado en Occidente, la democracia se amplió y hoy cada persona opina lo que quiere. En el camino, países totalitarios como los del este europeo vivieron guerras atroces. México, en cambio, llegó a la alternancia mediante un proceso ejemplar que culminó en el año 2000. El PRI supo perder, pudo renovarse y luego volver al poder. Por algo México es la única democracia presidencialista que, con los Estados Unidos, ha mantenido la alternancia y la continuidad democrática desde 1920.

En la Argentina vivimos un proceso semejante, empañado por el hubris de la Presidenta, el de algunos de sus colaboradores y el despropósito de sectores de la sociedad. A nivel internacional asombra que el Congreso saliente, en un acto de obediencia vergonzosa, apruebe decenas de leyes en un solo día, con la complicidad de grupos que perecían más dignos. El kirchnerismo aplica la estrategia de la tierra arrasada: emplea en el Estado a miles de seguidores para boicotear al futuro presidente, aprueba gastos de todo tipo y dilapida los fondos estatales, sabiendo que con sus malos manejos deja una economía debilitada. Y esto no es todo: la Corte Suprema de Justicia aprueba la entrega de decenas de millones de pesos con una sentencia que estuvo archivada mucho tiempo, y muchos irresponsables a quienes nadie eligió para nada salen a ordenar lo que debe hacer un gobierno que todavía no empieza.
Me encuentro participando de un seminario internacional en Washington y me es difícil explicar lo que ocurre en la Argentina. Algunos que gozaron del poder muchos años confundieron la cosa pública con su patrimonio personal y, en la derrota, quieren destruir lo que sienten que ya no es de su propiedad. Es absurdo que en la Argentina de Cortázar, Borges, Piazzolla, Arlt y Marechal, el país latinoamericano que más premios Nobel tiene en su haber, se haya instalado una mentalidad profundamente reaccionaria que conservando ciertas formas democráticas mantiene lo peor del populismo.
En el colmo de la locura, algunos tratan de empañar la ceremonia de transmisión del mando enfrentando a las autoridades elegidas. Mientras la mayoría de los argentinos está contenta con una ceremonia con la que la Argentina da un primer paso para recuperar su lugar en el mundo, unos pocos quieren que sigamos apareciendo en la sección de ridiculeces de la prensa mundial, como cuando la Presidenta pronunció su histriónico discurso en Angola, o aquel otro lleno de fantasías en la sala semivacía de la ONU. Insisten en la defensa del acuerdo con Irán, que el propio régimen de los ayatollah botó a la basura antes de aprobar. Las actitudes de la Presidenta tienen coro: el ministro de Economía acusa de la inflación que él mismo provocó al nuevo presidente y la fiscal de la causa de las escuchas en contra de Macri manda mensajes cínicos en los que se lamenta por el fracaso de su maniobra cuando el pueblo eligió a “un procesado”. Coincidiendo con ella, un oscuro personaje de la comunidad, que armó la causa en contra de Macri en connivencia con un agente de la SIDE, insiste en perseguir al presidente electo con esa ridiculez. Personaje peculiar, ya que defiende el convenio con Irán y pretendió opacar la marcha por la investigación de la muerte de Nisman tomándose una foto con el Papa. En medio de tanta ridiculez, sólo falta que el canciller saliente aparezca en el aeropuerto con su desarmador, amenazando a las delegaciones de los países que cree imperialistas. Tal vez llegó la hora de que se embarquen en la Stultifera Navis que llevaron a Angola y den una vuelta al mundo soñando que su poder es eterno.
En el peronismo, seguramente las cosas tomarán otro rumbo. Cuando se libren de la carga de los que enloquecieron en el poder, hay muchos peronistas capaces que mirarán al futuro, para renovarse y seguir participando en la historia como lo hizo el PRI mexicano.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.



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